Glaciares: después del Congreso, una reacción masiva que escala en la sociedad y la Justicia

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La aprobación de la reforma de la Ley de Glaciares en Diputados desató una reacción inmediata: movilizaciones en todo el país, denuncias por represión, una demanda colectiva que superó las 300 mil firmas en horas y la presentación de un amparo judicial por parte de La Pampa. El conflicto expone las tensiones entre el proceso legislativo, la participación ciudadana y la defensa del agua como recurso estratégico.

La modificación de la Ley de Glaciares aprobada en la madrugada del jueves por la Cámara de Diputados desató, en cuestión de horas, una reacción social, política y judicial que desbordó ampliamente los márgenes del debate parlamentario.

Lo que había transitado durante semanas por comisiones con participación restringida, pese a la inscripción de más de 106 mil personas en audiencias públicas, encontró, tras la votación, una respuesta inmediata que se expresó en movilizaciones, represión en las calles, una demanda colectiva récord y las primeras acciones judiciales para frenar su aplicación.

La secuencia no es lineal, pero sí elocuente: a un proceso legislativo cuestionado por su baja apertura efectiva le siguió una reacción ciudadana de una magnitud inusual, que reconfiguró el escenario y trasladó la disputa a múltiples frentes.

Un debate con participación limitada en el Congreso y una votación bajo tensión

El tratamiento del proyecto en el Congreso estuvo atravesado por cuestionamientos desde su origen. Las audiencias públicas realizadas los días 25 y 26 de marzo habían sido presentadas por el oficialismo como un hito participativo. Sin embargo, de los 106.467 inscriptos, apenas poco más de 200 pudieron exponer entre intervenciones presenciales y virtuales, mientras que otros miles quedaron reducidos a presentaciones escritas o al envío de videos.

Organizaciones socioambientales, especialistas y sectores de la oposición denunciaron que ese esquema no sólo restringió la participación, sino que además incumplió estándares establecidos en la normativa ambiental vigente y en el Acuerdo de Escazú, que garantiza el acceso a la información y la participación pública en asuntos ambientales.

Ese trasfondo marcó el clima de una sesión que se extendió durante más de once horas y que combinó discursos técnicos, denuncias políticas y fuertes cruces entre oficialismo y oposición. Finalmente, a las 2.30 de la madrugada, la Cámara de Diputados aprobó la reforma por 137 votos a favor, 111 en contra y 3 abstenciones.

La modificación introduce cambios sustanciales: redefine qué formaciones serán consideradas glaciares protegidos, limitando la tutela a aquellas que demuestren un “aporte hídrico relevante”, otorga mayor poder a las provincias para determinar esos criterios y habilita la posibilidad de excluir áreas del Inventario Nacional elaborado por el Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA).

Para sus críticos, esto abre la puerta a la expansión de proyectos mineros en zonas previamente protegidas; para el oficialismo, en cambio, se trata de dotar de “rigor técnico” a la norma y generar “seguridad jurídica” para las inversiones.

Mientras el debate se desarrollaba dentro del recinto, en las calles la escena era otra. Una movilización convocada bajo la consigna “La Ley de Glaciares no se toca” congregó a organizaciones ambientales, agrupaciones políticas y ciudadanos autoconvocados en las inmediaciones del Congreso. El operativo de seguridad represivo desplegado derivó en momentos de tensión y corridas sobre la Avenida de Mayo, en un episodio que fue denunciado como represión por parte de los manifestantes.

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La votación en Diputados se enmarcó, como en otras ocasiones, con un operativo de seguridad que teminó con represión a los manifestantes.

De la calle a las firmas: una reacción masiva en tiempo récord

Si la movilización en las calles fue la primera expresión del rechazo, la dimensión más contundente de la respuesta social se consolidó en las horas posteriores a la votación. En menos de 12 horas, la demanda colectiva impulsada por organizaciones socioambientales superó las 300 mil adhesiones, convirtiéndose en la mayor iniciativa de este tipo en defensa del agua en la historia argentina.

La convocatoria, lanzada por Greenpeace, la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), la Asociación Argentina de Abogados/as Ambientalistas (AAdeAA) y el Círculo de Políticas Ambientales, propone canalizar el rechazo ciudadano a través de una plataforma digital que permite sumar firmas sin generar obligaciones legales, pero con el objetivo de fortalecer el reclamo judicial contra la reforma.

El ritmo de adhesión no sólo superó las expectativas iniciales, sino que también triplicó la participación efectiva que había tenido la audiencia pública en el Congreso, reforzando el contraste entre un proceso institucional percibido como restrictivo y una respuesta social que encontró canales alternativos de expresión.

Las organizaciones sostienen que la reforma “pone en riesgo el acceso al agua” y advierten que implica un retroceso en términos de protección ambiental. En esa línea, remarcan que la modificación debilita los controles sobre la actividad minera, al reducir el alcance de las áreas protegidas y trasladar a las provincias facultades clave que antes estaban bajo parámetros más uniformes.

“Cientos de miles de personas se inscribieron en la audiencia pública para defender la ley y fueron ignoradas. Hoy la respuesta está en manos de todas las personas”, señalaron, en una convocatoria que apunta a sostener la participación ciudadana en una nueva etapa del conflicto.

La judicialización: La Pampa abre un frente institucional

En paralelo a la movilización social, la disputa por la Ley de Glaciares comenzó a trasladarse al terreno judicial. La provincia de La Pampa presentó un amparo colectivo ambiental ante el Juzgado Federal de Santa Rosa, con el objetivo de declarar la inconstitucionalidad de la reforma y frenar su aplicación.

El gobernador Sergio Ziliotto argumentó que la modificación “lesiona derechos ambientales colectivos” consagrados en la Constitución Nacional y en tratados internacionales, y que viola el principio de no regresión establecido en el Acuerdo de Escazú.

La presentación fue realizada en conjunto con la Universidad Nacional de La Pampa, la Fundación Chadileuvú y la Asociación por los Ríos Pampeanos.

El planteo pone el foco en el impacto concreto que podría tener la reforma en una provincia que, aunque no posee glaciares en su territorio, depende de ríos de origen glacial, en particular el río Colorado. En ese sentido, Ziliotto recordó los antecedentes de los ríos Atuel y Salado, cuyo caudal dejó de llegar a La Pampa en el marco de conflictos hídricos con Mendoza.

“La ley nos va a quitar derechos sobre el agua y va a perjudicar el ambiente”, advirtió el mandatario, subrayando que la cuestión excede el plano jurídico y se inscribe en una disputa más amplia por los recursos naturales.

La acción judicial podría escalar hasta la Corte Suprema y se suma a otras presentaciones que anticiparon organizaciones ambientalistas y sectores de la oposición, que también cuestionan tanto el contenido de la norma como el proceso mediante el cual fue aprobada.

Una disputa abierta: entre el Congreso, la calle y los tribunales

En pocos días, la reforma de la Ley de Glaciares pasó de ser un expediente legislativo a convertirse en el eje de un conflicto de múltiples dimensiones. La combinación de un debate parlamentario con participación limitada, una reacción social inmediata y masiva, y el inicio de acciones judiciales configura un escenario en el que la legitimidad de la norma queda en disputa.

La velocidad de la respuesta, expresada en movilizaciones, en cientos de miles de firmas y en presentaciones judiciales, revela no sólo la centralidad del agua como recurso estratégico, sino también la capacidad de articulación de una ciudadanía que encuentra nuevas formas de incidir cuando percibe que los canales institucionales tradicionales resultan insuficientes.

Lejos de clausurar la discusión, la sanción de la reforma parece haber inaugurado una nueva etapa. Una en la que el futuro de la Ley de Glaciares ya no dependerá únicamente de lo que ocurra en el Congreso o en el Poder Ejecutivo, sino también de lo que se dirima en las calles y en los Tribunales.


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