El 1 de abril de 2026, la Argentina tuvo un lugar en la misión espacial más ambiciosa de los últimos cincuenta años, con la puesta en órbita del satélite Atenea. Lo que el Gobierno celebró como propio fue, en verdad, un logro de las universidades, los científicos y las instituciones que sobrevivieron y sobreviven a pesar de él.
A las 19:35 del 1 de abril de 2026, la misión Artemis II de la NASA despegó desde el Centro Espacial Kennedy. Entre sus pasajeros, además de cuatro astronautas rumbo a la órbita lunar, viajaba Atenea, un microsatélite argentino tipo CubeSat de 12 unidades, el único representante de América Latina seleccionado por la NASA entre propuestas de decenas de países.
Cinco horas después del lanzamiento, fue liberado en el espacio profundo, encendió su computadora de a bordo y comenzó a transmitir.
Lo que vino después fue historia. El 2 de abril, a las 00:58, tres estaciones terrenas argentinas recibieron en simultáneo la primera telemetría de Atenea: el Centro Espacial Teófilo Tabanera, en Córdoba; la Estación Terrena Tierra del Fuego; y el Instituto Argentino de Radioastronomía (IAR), en La Plata.
En ese momento, el satélite se encontraba a más de 40.000 kilómetros de distancia. Horas después, Atenea alcanzaría su punto máximo: más de 70.000 kilómetros de la Tierra, la distancia más grande desde la que un objeto argentino ha logrado comunicarse en toda nuestra historia espacial.
- La columna de Pablo Mercau en “Raíces y Alas”, que conduce Marcelo Koenig en Somos Radio AM 530, los martes de 00:00 a 02:00.
La misión cumplió con creces sus objetivos técnicos: validó componentes electrónicos de uso comercial, midió la radiación en órbitas altas, probó fotomultiplicadores de silicio para comunicaciones de luz visible y puso a prueba receptores GNSS en condiciones extremas. Todo funcionó. Los sistemas de comunicaciones, potencia, control térmico y actitud respondieron según lo previsto. La batería permaneció cargada durante toda la ventana de visibilidad. La señal llegó.

Un logro colectivo, no gubernamental
Atenea no surgió de una iniciativa del gobierno de turno. La posibilidad de participar en Artemis II nació de los Acuerdos Artemis firmados el 27 de julio de 2023 bajo la gestión del entonces ministro de Ciencia y Tecnología, Daniel Filmus.
El proyecto fue liderado por la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) y ejecutado con la participación de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires (FIUBA), el Instituto Argentino de Radioastronomía (IAR), la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y la empresa VENG S.A.
Es decir: el sistema científico, académico y productivo nacional construyó Atenea. Lo diseñó, lo integró, lo ensayó y lo operó. Y lo hizo, según fuentes vinculadas al proyecto, con fondos adelantados por la propia Facultad de Ingeniería de la UNLP, en dólares, ante la promesa de un financiamiento estatal que nunca llegó.
Al cierre de esta nota, la universidad aún espera el reintegro.
El gobierno de Javier Milei, mientras tanto, salió a las redes a festejar el éxito como propio. La imagen es reveladora: un Estado que desfinancia la ciencia, recorta organismos y abandona proyectos estratégicos, pero no duda en apropiarse del podio cuando la foto es buena.
- Lo construyeron: la UNLP, la UBA, la UNSAM, el IAR, la CNEA y la empresa VENG. No el gobierno.
- La oportunidad la generaron los Acuerdos Artemis, firmados en 2023 bajo la gestión de Filmus.
- La UNLP adelantó fondos propios en dólares. El Estado todavía no devolvió ese dinero.
- El gobierno salió a festejar en las redes. Un logro que no financió, que no gestionó y cuya deuda todavía no pagó.
La pulsión por el espacio en Argentina: una historia que vale la pena recordar
Para entender el valor de lo que ocurrió con Atenea, conviene hacer algo de historia. Argentina tiene una vocación espacial de raíces profundas.
Desde la década de 1950, durante el gobierno de Juan Domingo Perón, la investigación se vinculó al desarrollo de cohetes.
En 1960 se creó la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE), dependiente de la Fuerza Aérea, que entre ese año y 1972 desarrolló y lanzó decenas de cohetes sonda desde la base de Chamical, en La Rioja.
El 23 de diciembre de 1969, a las 6:30 de la mañana, un mono caí llamado Juan, oriundo de la selva misionera, fue lanzado al espacio a bordo del cohete Canopus II, desarrollado íntegramente en el país bajo la conducción del ingeniero aeronáutico Aldo Zeoli.
Juan alcanzó casi 90 kilómetros de altitud, rozando el límite convencional entre la atmósfera y el espacio exterior, y regresó vivo. Con ese logro, la Argentina se convirtió en el cuarto país del mundo en enviar un ser vivo al espacio, detrás de Estados Unidos, la Unión Soviética y Francia. La cápsula puede visitarse hoy en el Museo Universitario de Tecnología Aeroespacial de Córdoba.
1. El 1 de abril, Argentina tuvo lugar en la misión más importante de la NASA en 50 años. Un microsatélite argentino viajó a 70.000 km de la Tierra. Funcionó.
— @purocontenidoOK (@purocontenidook) April 14, 2026
2. Se llama Atenea. Es un CubeSat construido en Argentina, el único de América Latina en la misión Artemis II.
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La historia siguió con el programa Cóndor, iniciado a fines de los setenta y convertido luego en un proyecto de misil balístico que terminó cancelado por presiónde Estados Unidos en 1991, y con la creación ese mismo año, por el Decreto 995/1991, de la CONAE: el único organismo nacional competente en materia espacial, de carácter civil y no militar.
Desde entonces, con más o menos presupuesto, la CONAE no dejó de operar.
Su historial incluye satélites en órbita, estaciones terrenas y misiones de cooperación internacional que posicionaron a la Argentina como un actor relevante en el escenario espacial global.
ATENEA es el último eslabón de esa cadena. Un eslabón que, lejos de romperse, llegó más lejos que ninguno.
La motosierra contra la ciencia: los números no mienten
El contraste entre el logro y el contexto en que se produjo es el verdadero escándalo político de esta historia. Mientras ATENEA viajaba a 70.000 kilómetros de la Tierra, la CONAE sufría en 2026 un presupuesto de 42.000 millones de pesos: una caída del 25% respecto al año anterior y una reducción real del 37% en términos de inversión. La planta de personal cayó un 20%, de 294 a 254 agentes.

El Proyecto Tronador II, crucial para el desarrollo de lanzadores satelitales propios, está prácticamente desactivado. Solo el satélite SABIA-Mar, en construcción en INVAP, y la misión SAOCOM mantienen cierta continuidad, y lo hacen casi por inercia institucional.
El presupuesto de la CONAE no financia únicamente sueldos: sostiene satélites en órbita, estaciones terrenas, centros de control y la cadena de desarrollos tecnológicos que alimenta capacidad soberana. Recortarlo no es ahorrar: es hipotecar décadas de inversión y conocimiento acumulado.
Las mismas universidades que construyeron ATENEA llevan meses reclamando financiamiento genuino. La UNLP adelantó fondos propios que el Estado no devolvió. La UBA, la UNSAM y el IAR operan con recursos insuficientes. Y sin embargo, entregaron un satélite que funcionó, que llegó al espacio profundo y que fue reconocido por la NASA como parte de la misión espacial más importante de la era post-Apolo.
Soberanía científica: el argumento que este gobierno no escucha
La dimensión política del logro de ATENEA no es menor. En un mundo en que el espacio es el nuevo escenario de disputa estratégica entre potencias, la capacidad de diseñar, construir y operar tecnología espacial propia define el margen de autonomía de un país.
La Argentina tiene esa capacidad. La construyó durante décadas, con políticas de Estado que atravesaron gobiernos de distinto signo y que supieron proteger, aun en épocas de ajuste, la continuidad de las instituciones y los equipos técnicos.
Esa capacidad está ahora en riesgo. No porque los científicos hayan perdido el talento, sino porque el Estado decidió abandonarlos. La lógica de la motosierra no distingue entre gasto superfluo y inversión estratégica. Para el gobierno de Milei, la CONAE es un costo; para la historia argentina, es una palanca de soberanía.
El 10 de abril, Día de la Ciencia y la Tecnología, fecha elegida en homenaje al nacimiento del Dr. Bernardo Houssay, primer argentino en ganar el Premio Nobel de Ciencias, la nave Orion amerizó en el Pacífico, poniendo fin a la misión Artemis II. Argentina había estado ahí.
Esa coincidencia no debería pasarse por alto: el mismo día en que el país homenajea a su ciencia, el Estado le niega los recursos para hacerla.
La pregunta incómoda
Lo verdaderamente extraordinario no es que Atenea haya llegado al espacio. Con presupuesto recortado, con financiamiento adelantado por universidades que esperan su reintegro, con una planta de personal diezmada y con un gobierno que mira hacia otro lado, la Argentina científica resistió, construyó y entregó.
Eso plantea una pregunta que este gobierno debería responder con honestidad: si con este nivel de abandono la Argentina logró un lugar en la misión espacial más ambiciosa de los últimos cincuenta años, ¿qué podríamos hacer si realmente apostaran por la ciencia?
La respuesta, claro, requiere una decisión política que este gobierno todavía no está dispuesto a tomar. Pero la historia, y ATENEA, ya demostraron que la capacidad existe. Solo falta el Estado.
Satélite Atenea
- Tipo: CubeSat 12U (microsatélite)
- Lanzamiento: 1 de abril de 2026, 19:35 (hora argentina)
- Misión: Carga secundaria de la misión Artemis II – NASA
- Distancia máxima: Más de 70.000 km de la Tierra
- Duración operativa: Aproximadamente 20 horas
- Líder del proyecto: CONAE
- Instituciones participantes: UNLP, UNSAM, FIUBA, IAR, CNEA, VENG S.A.
- Hito: Primer objeto argentino en comunicarse desde esa distancia

