Patricia Sosa pasó por el programa Sintonía tras el fin del mundo, de Radio Atómika, y habló de su show en San Martín, del cuidado de la voz, de las luces en la sierra cordobesa y de por qué se niega a subirse a un tren que no es el suyo. Patricia Sosa en Egipto, la India, la Unión Soviética y el Vaticano: un atlas mundial de una voz sin fronteras.
El miércoles a la mañana, Patricia Sosa entró al aire de Radio Atómika con la soltura de quien lleva décadas sin necesitar demasiadas introducciones. La saludaron como “diva de la Argentina” y ella respondió sin falsa modestia: “Qué genial que me digan eso, qué genial”.
Venía a hablar de su show del viernes 26 en el Complejo Plaza de San Martín, un teatro al que, aclaró, nunca había ido, y la charla derivó, con naturalidad, hacia territorios mucho más amplios: el oficio, el cuerpo, el misterio y el tiempo.
La experiencia de artista antes que el show
Cuando le preguntaron qué propone en sus recitales, Sosa fue directa:
“A mí me interesa que mis recitales más que un show sean una experiencia. No me gusta pararme en el escenario y ser la chica que la gente aplaudió y que después se fue a comer pizza con su amor y hablan de otra cosa. A mí me gusta que todos ocupemos un rol. Nosotros arriba del escenario, la platea ahí abajo y cada uno experimentando una sensación, un sentimiento, una emoción, un recuerdo”.
Esa búsqueda de conexión, dijo Patricia Sosa, parte de una conciencia muy concreta sobre lo que significa para alguien decidir ir a verla: “Yo trato de ser lo más empática posible, porque sé que cada uno hizo un sacrificio para pagar una entrada, para venir, para salir una noche de frío, para convencer al quien lo acompañó. Es todo una movida, cada una de las personas sentadas ahí tiene una historia”.
La sociedad, el mundial y los que miran solo la economía
La pregunta sobre la empatía llevó al presente. La cantante no esquivó el diagnóstico: “La veo difícil. Ahora el Mundial tapa todo. Estamos tan contentos y estamos festejando, pero también no hay que olvidar cuidarse de todo lo que pasa. No creo que haya un sector que diga ‘uh, qué bueno que está todo esto’, a no ser los que se fijan únicamente en la economía”.
Generaciones, redes y la raíz que no se mueve
En el programa le preguntaron cómo percibe el vínculo entre artistas y públicos en la era de las redes sociales. Sosa reconoció que la relación cambió radicalmente, y que su generación transita ese cambio desde otro lugar:
“A mí me siguen públicos de muchas edades, de diferentes generaciones, y eso lo agradezco mucho. Se lo debo a los padres que les pasaron a los hijos la información. Los pibes ahora se manejan con redes. Nosotros, si bien las utilizamos, no las utilizamos tanto. Necesitamos otro tipo de comunicación”.
El contraste con los artistas jóvenes le resulta llamativo, pero no necesariamente negativo: “Antes llegar al tope era hacer un Luna Park. Ahora hacen River y hacen Vélez como si fuera hacer un Gran Rex, solamente con dos posteos de Instagram. Entonces es muy diferente cómo se maneja todo. A mí me cuesta acostumbrarme, me cuesta mucho. Pero bueno, soy de otra generación y disfruto mucho de lo que mi generación me da”.
Sobre el salto veloz a la masividad y sus costos, fue más crítica: “Hay muchos problemas de salud mental, porque se ven como atosigados por una cantidad de gente para la que a veces no están preparados”. Aunque distinguió: “No hablo del caso de Lali o de Tini, que ellas trabajan desde que son chiquitas. Pudieron comerse todo eso, tienen raíz, no las mueven tan fácilmente, están bien plantadas”.
Y citó una imagen que la había impactado: “El otro día me encantó porque un tipo posteaba una cosa que decía: ‘Si sos un profesional y salís a cantar, nadie te pone un like. Si sos un aficionado y salís a cantar, tenés millones de likes.’ La gente busca otras cosas”.
La voz de Patricia Sosa: de la insoportable del coro al canal
Uno de los conductores señaló algo que Patricia Sosa escuchó con evidente placer: que su voz es, en sí misma, un género. “Dentro de 50 años alguien va a escuchar tu voz y va a decir ‘Patricia Sosa’“. Ella agradeció y contó cómo empezó todo.
“Cuando era chiquita estaba en el coro del Sagrado Corazón de Jesús, tenía 5 años, y yo cantaba y me quería destacar, era insoportable. Los pibes estaban todos cantando ahí una canción de Navidad y yo gritaba tanto porque no me gustaba que estuvieran arruinándome la función. Entonces el cura me agarraba y me llevaba a mi casa, le decía a mi mamá: ‘Olga, tenga la nena que me molesta a los chicos.’ Y yo lloraba toda la tarde”.
Nunca pensó en ser profesional. “Las chicas de mi generación eran muy pocas las que se dedicaban a eso. Yo pensaba: ¿qué voy a hacer? Quiero ser arquitecta, quiero ser profesora de inglés”. Hasta que conoció a Oscar Mediavilla. “Él era un músico de rock y me fui a hacer coros con él y después le quité el puesto al cantante. Y es así”.
El click técnico llegó más tarde, en Ibiza, durante la grabación de Solo quiero rock and roll: “Grabé muy mal porque yo no tenía estudio y lo único que quería era irme a la playa, irme a las discotecas, me porté mal”. Fue ahí cuando entendió que, si no estudiaba, sus cuerdas vocales la abandonarían. “Me fui a estudiar y me convertí en una obsesiva. Mi voz se agrandó con el estudio de canto, la musculatura se fortalece”.
Con el tiempo, ese trabajo técnico reveló algo que la dejó sin palabras: “Me empezó a pasar algo, me empezó a gustar mucho lo que escuchaba. Grababa y me despersonalizaba, era como que me daba cuenta que era poseedora de un don que no era mío. Tomé contacto con lo infinito que me tocaba las cuerdas vocales y que salía”.
La conclusión a la que llegó es la que sostiene hasta hoy: “Yo soy solamente la custodia, soy la guardiana de mi voz, el resto es otorgado”.
El cuidado cotidiano del instrumento
Preguntada por la rutina de cuidado vocal, Sosa detalló con precisión de atleta: no va a lugares con mucho ruido, y si va, no habla. No toma bebidas ni demasiado frías ni demasiado calientes. Come bastante antes de acostarse para evitar el reflujo: “Los cantantes de técnica todos tenemos reflujo, porque abrimos mucho la respiración costo-diafragmática y el cardias se vuelve perezoso”.
Estudió canto desde 1984 hasta hace unos cinco o seis años. Hoy hace fonatría: “No tengo mucho que aprender en cuanto a la emisión, pero sí aprendo y cuido lo que he ganado. Hoy hago fonatría, estuvimos haciendo la semana pasada resonadores… es muy aburrido que yo cuente esto”. Los conductores insistieron en que no era aburrido en absoluto.
Las luces en la sierra
La conversación dio un giro cuando salió a relucir el Uritorco y las experiencias místicas en las sierras cordobesas. Sosa aclaró de entrada un dato práctico que suele pasarse por alto: “El Uritorco es una montaña privada que tenés que pagar una entrada carísima para entrar. Eso tendría que ser patrimonio de la humanidad”.
Su experiencia más intensa, contó, no fue en el Uritorco sino en Los Terrones, una formación rocosa pasando Capilla del Monte. Una noche, a las doce, se coló con su manager, su amiga Débora, una señora contactada y una maestra jardinera que levantaron haciendo dedo. Subieron a la cima, que describió como un balcón natural sobre un precipicio, con el Uritorco visible a lo lejos.
“Dos luces nos acompañaron durante todo el camino, pero no en el cielo: arriba de la copa de los árboles. Caminábamos rápido y las luces estaban ahí como quietas, pero no quietas porque venían con nosotros”.
Al llegar a la cima, las luces descendieron hacia el precipicio, desaparecieron y reaparecieron en otro punto. La contactada, una señora llamada Lina, empezó a decir mantras y a pedirle a los que ella llama “los hermanos mayores” que permitieran el contacto. En un momento, se volvió hacia Patricia: “Me dice: ‘Me dicen si querés cantar.'”
Sosa había compuesto una canción llamada “Luces” a partir de un avistaje anterior. La cantó ahí, en la oscuridad, en la cima. “La canción termina diciendo: ‘Esa luz es un regalo de Dios.’ Yo terminé de cantar y en ese momento salieron despedidos desde el fondo como si te dijera diez autos que prenden los focos. Se acercaron al precipicio, nos prendieron los focos, y nos tiramos para atrás, hacia la montaña”.
“Empezamos a llorar porque esa era la absoluta posibilidad de tener la certeza de que ese encuentro era posible. A mí no me lo contó nadie, ni a mí ni a mis amigas. Menos mal que no estaba sola, porque si no cuento esto y me dicen que estoy loca”.
No lo contó con miedo. Lo contó como quien relata un hecho verificado: “Es realmente una posibilidad de saber que me dieron bola. Que están, que son. Son seres de otro plano”.
La bajada fue otra experiencia en sí misma: serían las cuatro de la mañana, la bruma les tapaba las piernas, avanzaban agarradas a la ladera. “Yo pensé: Dios mío, que se encienda algo porque nos vamos a caer. Y en ese momento se posó en el camino al final una luz y nos iluminó hasta la salida”.
Desde entonces se compró una casa cerca de ese lugar. Hace dos años, Oscar Mediavilla salió al balcón del dormitorio y pegó un grito. Cuando ella subió, la luz ya se había ido. “Se vino a mi casa”.
El mensaje: lejos de mares y ríos, no pierdan el habla
La señora Lina, la contactada de aquella noche, recibe mensajes desde los dieciséis años, cuando fue abducida. Le transmitió dos frases que Sosa repite como si fueran un mandato:
“Lejos de mares y ríos. Cada vez que veo un tsunami, algo así, me acuerdo de esa frase. Y: no pierdan el habla. Cada vez que veo a los pibes tan con los celulares, que no hablan, que no se comunican entre ellos, que no tienen bares de charlar, digo: ‘Che, no pierdan el habla.’ Esos son los dos mensajes que me quedaron en la cabeza”.
Los cinco segundos y el Guernica
La entrevista cerró con una defensa extensa y sin concesiones del arte que requiere tiempo, para hacerse y para recibirse.
“Cuando me dicen en la compañía de discos que hay que hacer un video que llame la atención en los primeros cinco segundos, yo le digo: ‘Bueno, que lo haga otro.’ No me puedo subir a un tren que no es el mío”.
Citó a Callejero Fino como ejemplo involuntario de esa paradoja: el artista contó que cuando empezó a grabar videos “como la gente”, con cámaras y producción, perdió seguidores. “La gente busca la inmediatez. A mí me aburre tanto la inmediatez. Me gusta quedarme en ese plan, mirar, investigar un poquito más”.
Y fue concreta: “Yo me senté a mirar el Guernica y estuve prácticamente una hora sentada, tratando de mirar cada detalle. No cinco segundos, porque si no ni me hubiera acordado”.
El mismo argumento aplicó a los discos: “Ya no salen discos, salen temas. Y hay una generación que se pierde en esa situación de agarrar el disco, explorar las letras, repasar la obra que de punta a punta tiene una intencionalidad”.
Sobre su propio disco nuevo, en proceso de grabación, diez temas, dijo algo que resume bastante bien su postura general: “¿A quién me dirijo? Yo me dirijo a mí. Soy absolutamente egoísta. No puedo pensar en que este público me va a seguir, el otro me va a abandonar. Yo me tengo que emocionar. A mí me tiene que gustar lo que estoy diciendo, me tiene que representar”.
El Vaticano, Egipto y la nena de cuatro meses en el tren a Leningrado
Antes del cierre, los conductores recordaron la dimensión internacional de su carrera: el primer recital de música no sacra en la historia del Vaticano, con el papa Francisco.
Un show en las pirámides de Egipto el 22 de febrero de 2022, fecha en que, según su convicción, se abría un portal hacia la cuarta dimensión.
Y la Unión Soviética, donde viajó con su hija de cuatro meses. “Cumplió los cinco meses en el tren de Moscú a Leningrado. Fui porque para mí los hijos se crían con uno. Era muy difícil para una mujer tener que cumplir tantos roles, pero se hace. Se hace y con felicidad”.

De Egipto trajo una certeza que comparte sin dudarlo: “Ese día descubrí que el más allá podía venir más acá. Los desencarnados escuchan. Si a cualquiera de ustedes le falta un papá, una mamá, un tío, un amigo, quien sea, háblele. Ellos se están quejando de que no les hablamos, que no les pedimos ayuda, que no les pedimos consejos”.
La despidieron con aplausos. Ella agradeció, mandó saludos, recordó el show del viernes. Y se fue, igual que entró: sin pose, sin cinco segundos, con toda la voz.
- Esta entrevista fue realizada el 24 de junio en Sintonía tras el fin del mundo, por Radio Atómika, junto a Federico Di Paolo, Eze Perin y Julián Apellido.
