Una encuesta confirma lo que ya se intuía: el impacto inicial del tema Malvinas en la cadena nacional del 3 de septiembre, que tuvo un pico de audiencia inusual para lo que fueron las apariciones presidenciales de los últimos tiempos, se fue diluyendo con el correr de las horas. La mayoría de la sociedad ya no le creía al presidente Milei, o entendía que había apelado a algo en lo que ni él mismo creía. Una jugada de imagen, para salvar lo que queda de su gobierno.
La comparación con Galtieri y con el intento de la dictadura de perpetuarse mediante la invasión a Malvinas del 2 de abril de 1982 surgió, casi de inmediato después de la cadena nacional del presidente Javier Milei.
Vale aclarar: Milei no le declaró la guerra al Reino Unido, no anunció una invasión ni informó que la Argentina había recuperado las islas, como sí ocurrió aquel 2 de abril de hace 44 años: ¿en qué se parece, y en qué se diferencia, este “Milei malvinero de última hora” con el antúltimo presidente de la dictadura?
Pablo Mercau analiza en diálogo con Ezequiel Perín la cadena nacional del 3 de septiembre, la bandera que unió a la Argentina en la cancha del Mundial, con el rol de Estados Unidos, Israel y el Reino Unido, en la disputa por la soberanía de las islas. Temas centrales:
- Por qué el efecto de la cadena nacional se diluyó en pocos días
- La bandera “Las Malvinas son argentinas” en el partido contra Inglaterra y el error de cálculo del gobierno
- La historia de la desmalvinización, de la dictadura a la Constitución de 1994
- El valor estratégico de Malvinas hoy: pesca, paso bioceánico y petróleo
- El guiño de Trump al Reino Unido y la alianza con capitales israelíes
- Comparaciones (y diferencias) entre Milei/Quirno y Galtieri/Costa Méndez

“Sintonía tras el fin del mundo”, miércoles de 10 a 12, por Radio Atómika. La conducción está a cargo de Federico Di Paolo, acompañado por Eze Perin, Cresta, Lu Cárdenas, Pablo Mercau y Julián Apellido.
La bandera de Malvinas que bajó de la tribuna
Todo empezó antes de la cadena. En el partido contra Inglaterra en Atlanta, una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” bajó de la tribuna y fue levantada por Lo Celso y sus compañeros.
El gesto funcionó, en principio, como respuesta a la propia ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, que apenas unos días antes se había sumado a la prohibición de la FIFA para el ingreso a un estadio con banderas que llevaran el mapa de las islas. Lo hizo, además, con un tono despectivo pocas veces visto hacia una causa que para buena parte de la sociedad argentina es sagrada: 649 muertos, cientos de veteranos que se quitaron la vida después del conflicto, y casi 200 años de ocupación de un territorio nacional, que se cumplirán en 2033.
Malvinas, en manos del Reino Unidos es uno de los enclaves coloniales que todavía subsisten en el continente americano.
Estados Unidos “administra” Puerto Rico y las Islas Vírgenes y mantiene su presencia en Cuba con la base de Guantánamo. Francia mantiene a la Guayana Francesa como un departamento de ultramar y Países Bajos que incluye territorios insulares caribeños como Curazao.
En el resto del mundo quedan pocos casos comparables: Gibraltar, en España, o el litigio entre España y Marruecos por Ceuta y Melilla. El propio mapa colonial cambió radicalmente incluso en tiempos recientes: Qatar, hoy un país con más de 50 años de independencia, fue colonia británica y llegó a organizar un Mundial de fútbol.
Por qué Malvinas importa hoy: pesca, paso bioceánico y petróleo
Más allá del valor simbólico, Malvinas es un territorio estratégico en el contexto geopolítico actual: pesca, paso bioceánico, cercanía con la Antártida y, cada vez más, petróleo. La semana previa a la cadena nacional ya se había advertido sobre este punto, trazando una línea que conecta a Irán, Venezuela, Vaca Muerta y Malvinas: el petróleo. Las islas tienen desde hace años exploración petrolera y están por iniciar la fase de explotación. El aporte no será comparable al de Vaca Muerta, pero se estima que representará un 6% de lo que hoy produce la Argentina.
Se trata de mucho dinero en un mundo donde el petróleo y el comercio internacional generan ejes de conflicto armado, como el caso de Irán. El estrecho de Ormuz cumple una función equivalente a la del estrecho de Magallanes o el canal de Beagle: un paso entre dos océanos. Y Estados Unidos, con Trump, sostiene una lógica de “América para los americanos” que en realidad es “para los norteamericanos”: hace apenas dos días anunció que a Nuevo México quiere rebautizarlo como Nueva América. Es la misma lógica con la que reclama Groenlandia o forzó al gobierno de Panamá a sacar las inversiones chinas del canal.
Una causa que no empezó con Milei
Conviene un paréntesis histórico. La decisión de recuperar Malvinas por la vía militar no fue improvisada por Galtieri de un día para el otro: había un plan de la Armada con al menos tres o cuatro años de desarrollo, documentado en el libro Malvinas, la trama secreta, de Ricardo Kirschbaum, Eduardo van der Kooy y Oscar Cardoso, publicado apenas meses después de la guerra.
Había una lógica militarista, ligada también al conflicto con Chile, y había, al mismo tiempo, una causa justa. Las dos cosas son ciertas: la dictadura era genocida y buscaba un manotazo de ahogado, y Malvinas era, y es, un reclamo legítimo.
Antes de la guerra, en 1965, la Argentina había obtenido la resolución 2065 del Comité de Descolonización de Naciones Unidas, que instaba a las partes a negociar una solución que, tarde o temprano, iba a favorecer al reclamo argentino. Después de la derrota militar, ese proceso derivó en lo que hasta antes de esta última cadena nacional era la doctrina oficial de Cambiemos y La Libertad Avanza: el “derecho del vencedor”. Es decir, ellos ganaron la guerra, no hay nada que reclamar. A eso se sumó, en el propio Milei, cierta admiración declarada por Margaret Thatcher, como antes ocurrió con Mauricio Macri.
Malvinas nunca estuvo en la agenda de este gobierno, ni con Milei, ni con Victoria Villarruel como vicepresidenta. Al contrario: en Cancillería primaba la llamada “doctrina Plaza”, en referencia a Mariana Edith Plaza, embajadora argentina en el Reino Unido, una postura de entrega incluso más marcada que la de Guido Di Tella durante el menemismo.
La síntesis de esa doctrina fue la frase de Milei del 2 de abril del año pasado: “tenemos que ser un mejor país para que nos voten con los pies”, es decir, para que los isleños decidan ser argentinos por voluntad propia. Una farsa.
Milei afirmó por #CadenaNacional que los isleños son una población implantada en un territorio usurpado y que no tienen derecho a la autodeterminación. Esa es la posición histórica de la Argentina. Hasta ahí, nada nuevo, como casi nunca hay nada nuevo con La Libertad Avanza.
— Edgardo Rovira (@EdgardoRovira) September 4, 2026
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De la desmalvinización a la causa nacional
Ese proceso de desmalvinización no arrancó con Milei. Tuvo una primera etapa de ocultamiento y negación tras la derrota, coincidente con la salida de la dictadura. Luego llegaron los acuerdos de Madrid, en 1989 y 1990, que pusieron el tema bajo un paraguas diplomático. Más tarde, la Constitución de 1994 incorporó la cláusula transitoria primera, que convirtió el reclamo de soberanía en un mandato constitucional: todo presidente argentino, al jurar por la Constitución, se compromete a sostenerlo.
Con la crisis de 2001 y los gobiernos de Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Fernández, Malvinas se reinstaló como causa nacional y como contenido educativo en las escuelas.
La bandera que bajó en Atlanta, tras la victoria de la Selección a su par de Inglaterra, no fue obra espontánea de un par de hinchas: fue la consecuencia de varias décadas en las que el tema se instaló socialmente. Hasta antes de la cadena nacional, nadie, salvo el propio gobierno, lo negaba.
El error de cálculo: subestimar la bandera
Nadie esperaba que el fútbol volviera a operar como argamasa de unidad nacional con esa intensidad. El folclore de “el fútbol es como la vida” y se llevó al extremo en el partido contra Inglaterra: una sábana pintada en un hotel terminó tapando, literalmente, las diferencias de una sociedad que suele dividirse en bandos. El 85% de la población se encolumnó detrás de ese trapo.

Pese a esa señal evidente, el gobierno subestimó el fenómeno no solo la reacción de los hinchas, sino la de la propia Selección. Terminado el partido, Messi, Cuti Romero y Lisandro Martínez, estos dos últimos particularmente comprometidos con la coyuntura política, hablaron de lo mal que la está pasando el pueblo argentino.
Bandera, Selección y el comentario de los jugadores sobre la situación social forman un mismo combo, al que se sumó la salida de Manuel Adorni como candidato. Ese conjunto de señales empujó al gobierno a un giro discursivo que antes no había hecho: durante casi tres años, Milei se había hecho “el boludo” con el tema, como acotó Eze Perin y que este cronista no puede dejar de coincidir. Después de ese partido, ya no pudo.
Resulta especialmente elocuente que apenas dos o tres semanas antes de la cadena, el propio canciller Pablo Quirno había dicho que la soberanía era “una cosa anticuada, del pasado”. El mismo funcionario que hoy aparece como abanderado de la causa.
El juego de la historia contrafáctica
Vale la pena un ejercicio hipotético: ¿qué hubiera pasado si, en lugar de este gobierno, hubiera sido Cristina Fernández de Kirchner quien recibiera a los jugadores con esa bandera en la Casa Rosada tras el Mundial? Probablemente la reacción del establishment hubiera sido muy distinta. Pero la historia es la que fue, no la que nos hubiera gustado que fuera, como cantaba Joaquín Sabina, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca sucedió.
Lo cierto es que ocurrió la bandera y ocurrió la cadena. Y del mensaje de la cadena nacional, analizado en sus propios términos, hay poco para objetar: la soberanía argentina no se negocia, la Argentina tiene pleno derecho sobre el territorio, los isleños son una población implantada, se aplicarán sanciones económicas a las empresas que exploten los recursos de las islas, en línea con las leyes de 2011 y su modificación de 2013, y se seguirá elevando el reclamo como manda la Constitución.
Hasta ahí, poco para discutir. El problema es que, en este caso, el artista y la obra no son cosas separadas.
La motivación de fondo
¿Por qué esta cadena, con este formato inusual, anunciada tres días antes, cuando lo habitual es que el presidente hable el mismo día sin aviso previo, y con un impacto que se diluyó tan rápido? La respuesta más profunda no está en la superficie del reclamo soberano, legítimo y compartido por una amplia mayoría social, sino en otro lado: si hubiera existido una voluntad política real, el gobierno hubiese sostenido una postura consecuente con el mandato constitucional desde el primer día de gestión, cosa que no hizo.
La clave, en cambio, parece estar en un gesto lateral de Donald Trump, siempre entre líneas, con ese estilo cancherito y de costado que lo caracteriza, molesto porque el Reino Unido no lo acompañó en la acción contra Irán en el estrecho de Ormuz. Trump había insinuado revisar su posición sobre Malvinas. De ahí surgieron lecturas apresuradas del tipo “Trump apoya el reclamo argentino”.
La realidad histórica es otra. Existe una alianza estratégica entre el Reino Unido y Estados Unidos que operó antes, durante y después de la guerra de 1982. Pese a que el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), firmado en Río de Janeiro en 1947 y vigente desde 1948, establece que una agresión de una potencia extracontinental contra un país americano obliga a la asistencia recíproca del resto, Estados Unidos jugó para Inglaterra durante el conflicto.
Los países que efectivamente ofrecieron auxilio concreto a la Argentina fueron Cuba, Perú y la Unión Soviética, no Chile, que bajo la dictadura de Pinochet también jugó para los británicos.
El nuevo tablero: Israel, Trump y el capital sin bandera
Hay, sin embargo, una lectura más compleja: algo se está moviendo entre Estados Unidos y el Reino Unido. En las últimas horas, dos ministros del gobierno de Benjamín Netanyahu se manifestaron a favor del reclamo argentino. La conexión no es casual: la empresa que tiene a su cargo la explotación petrolera en Malvinas está compuesta en un 65% por capitales israelíes, y fue aprobada por el propio gobierno de las islas. Eso le da a la Argentina, en el marco de la disputa por la soberanía, una herramienta concreta: puede negarse a aprobar algún estudio de impacto ambiental y aplicar sanciones económicas en virtud de su propia legislación.
¿Por qué esta convergencia entre Israel, Trump y la Argentina, en principio contra el Reino Unido? Es posible que estemos ante un cambio de escenario más amplio: un capitalismo financiero de plataformas, al estilo Elon Musk o Peter Thiel, combinado con capitales israelíes, lejos de cualquier lectura religiosa, que empieza a disputarle territorios y negocios al viejo imperialismo colonial británico.

En ese marco cobra sentido otro dato que apareció en la cadena nacional: el anuncio de una base naval integrada, que en realidad ya había sido puesta en marcha en marzo de 2022 por Jorge Taiana como ministro de Defensa, y que este mismo gobierno frenó al asumir.
¿No será que, al cabo de esta carambola, a Trump el negocio le sale redondo, mientras que en la Argentina los tiempos políticos no dan para resolver nada antes de que se vaya Milei, y Milei termina acompañando ese proceso?
El riesgo es despertarse un día con una base naval estadounidense en Ushuaia y, en Malvinas, una bandera de Estados Unidos reemplazando a la británica, con una banderita argentina, chiquita, abajo. Favor con favor se paga, dijo Perin y “este sería un favor enorme”.
No sería un caso aislado: apenas asumió, Trump reclamó Groenlandia como propia, en clara disputa con Rusia y China por el paso ártico. El mismo argumento podría aplicarse mañana a Malvinas.
El bolsillo, límite de cualquier gesta patriótica
El humo de la cadena nacional se apagó rápido, entre otras cosas, porque una bandera no paga el alquiler, la luz ni el mate con medialunas. Los gobiernos terminan siendo sostenidos o desplazados en función del bolsillo de la sociedad, y ni siquiera las gestas patrióticas o las causas justas alcanzan para salvarlos cuando ese bolsillo está devastado. La dictadura lo demostró en su momento.

Nicanor Costa Méndez en Cuba, junio de 1982.
Milei se parece, cada vez más y de forma patética, a Galtieri. Y Pablo Quirno empieza a parecerse, también patéticamente, a un canciller que tuvo la Argentina: Nicanor Costa Méndez, el canciller de la dictadura que, mientras la guerra se perdía en apenas días de combate real, salió a recorrer el mundo, incluso reunido con Fidel Castro en Cuba, y a participar del Movimiento de Países No Alineados, algo que la propia dictadura desdeñaba.
Si Quirno fuera de verdad un “soberanista”, debería estar recorriendo América Latina y las Naciones Unidas. Lo último que se sabe es que todavía evalúan si viajará en octubre al Reino Unido, invitación que sigue en pie para la Argentina Week del 14 de ese mes.
La conversación no puede cerrar de otra manera, como decía la bandera, el trapo que puso al Gobierno en problemas: “las Malvinas son argentinas”.
