Con el 51,79% de los votos, Luiz Inácio Lula da Silva derrotó a Flávio Bolsonaro y revirtió por primera vez en la historia democrática brasileña una desventaja de la primera vuelta. “Voy a hacer el mejor mandato que un presidente hizo jamás en este país”, prometió.
Con una participación electoral en alza, el presidente reivindicó la soberanía nacional, cuestionó la injerencia de las plataformas digitales y llamó a gobernar para los 215 millones de brasileños, en un país que seguirá atravesado por la polarización política.
Luiz Inácio Lula da Silva volvió a hacer historia en Brasil. A los 80 años, el dirigente del Partido de los Trabajadores (PT) consiguió una nueva victoria electoral y se aseguró un cuarto mandato presidencial, tras imponerse en una segunda vuelta marcada por la tensión, la disputa por los votos y una remontada que revirtió el resultado de la primera ronda.
El triunfo no solo representa una nueva derrota para el bolsonarismo: también abre una etapa en la que el mandatario deberá combinar la búsqueda de consensos internos con su apuesta por un Brasil con mayor autonomía política, económica y tecnológica.
Los resultados definitivos del Tribunal Superior Electoral (TSE), confirmaron que Lula obtuvo el 51,79% de los sufragios, equivalentes a 64.256.232 votos, frente al 48,21% de Flávio Bolsonaro, que reunió 59.826.041. La diferencia fue de 4,4 millones de votos, más del doble de la registrada en 2022, cuando Lula había derrotado al entonces presidente Jair Bolsonaro por una distancia de 2,1 millones.
El desenlace estuvo abierto durante buena parte del escrutinio. Lula comenzó con ventaja, pero la publicación progresiva de los resultados mostró durante un tramo a su rival por delante, hasta que la tendencia volvió a cambiar y terminó consolidando la victoria del presidente.
La magnitud de la remontada se entiende al mirar lo ocurrido en la primera vuelta, celebrada el 4 de octubre. Entonces, el candidato del PT había conseguido el 45,16% de los votos —53.879.538 sufragios—, por detrás de Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL), que había alcanzado el 47,03%, con 56.104.503 votos.
Lula consiguió sumar más de diez millones de sufragios entre ambas instancias, mientras que su adversario incorporó alrededor de 3,7 millones. De ese modo, quebró una tendencia que se mantenía desde el retorno de la democracia: nunca antes un candidato que había terminado segundo en la primera vuelta había logrado revertir el resultado en el balotaje.
Pero la victoria no se explica solamente por la transferencia de votos entre candidatos ni por la capacidad de movilización de las dos fuerzas políticas. También hubo una participación electoral inusualmente alta para los parámetros brasileños, cambios en la estrategia de campaña y una disputa que excedió los límites de las urnas para trasladarse al terreno de la comunicación digital.

Una participación que amplió la victoria
La participación pasó del 78,92% en la primera vuelta al 80,78% en la segunda, una suba que representó casi tres millones de votantes adicionales. En un país donde la asistencia a las urnas suele mostrar variaciones acotadas entre ambas instancias, el incremento adquirió una relevancia particular.
También disminuyeron los votos blancos y nulos, que bajaron del 4,8% al 3,2%. Esa reducción significó alrededor de 1,8 millones de votos válidos adicionales y amplió el universo de sufragios que podían inclinar la elección hacia uno u otro candidato.
Al celebrar los resultados, Lula presentó la participación como una señal de fortaleza democrática. Aseguró que la elección había registrado el menor nivel de abstención de la historia del país y la menor cantidad de votos nulos. En su discurso, agradeció especialmente a los jóvenes que acompañaron su candidatura y a las personas mayores que acudieron a votar, en algunos casos con ayuda de sus familias.
“Esta elección fue una derrota del negacionismo y de la mentira”, afirmó.
La definición condensó uno de los ejes centrales de su campaña: la confrontación con una derecha que, bajo distintas expresiones, cuestionó las instituciones, alimentó la polarización y convirtió la disputa por el sentido de la democracia en una parte sustancial de la contienda.
La victoria también mostró que el presidente logró ampliar su respaldo territorial. Lula mejoró sus resultados en los 27 estados brasileños y la diferencia de votos evolucionó a su favor en el 97% de los municipios, de acuerdo con el análisis incluido en el material electoral.
El Nordeste, una región históricamente favorable al PT, volvió a ser uno de sus principales bastiones. Allí, Lula amplió su ventaja de 11,1 a 13,7 millones de votos. Pero la clave estuvo también en el Sudeste, donde Bolsonaro había construido una parte importante de su fortaleza electoral: el presidente redujo prácticamente a la mitad la desventaja que había sufrido en esa región, al pasar de 5,7 a 2,8 millones de votos.

En San Pablo, el estado más poblado y uno de los territorios decisivos de la elección, Lula sumó 2,6 millones de votos respecto de la primera vuelta. El resultado reflejó un avance que no quedó limitado a sus bastiones tradicionales y que contribuyó a cerrar la brecha con su rival.
El voto también mostró una distribución algo más urbana y menos rural que en 2022. La mejora territorial sugiere que la remontada fue el resultado de una combinación de fidelidad electoral, ampliación de apoyos y capacidad para recuperar terreno en zonas donde la derecha había conseguido imponerse.
El presidente logró, además, capitalizar parte del electorado que había quedado sin candidato tras la primera vuelta. Aunque varios postulantes eliminados eran de derecha y algunos habían manifestado su respaldo a Flávio Bolsonaro, las estimaciones incluidas en el material indican que los votantes de Cury se inclinaron mayoritariamente por Lula, en una proporción del 54% frente al 34%. Los de Renan se habrían repartido en partes similares, mientras que los de Caiado favorecieron ligeramente al candidato del PL.
La transferencia de esos votos contribuyó a desarmar la ventaja inicial de Bolsonaro y mostró que el respaldo a las candidaturas eliminadas no se trasladó de manera automática a la derecha.
Una campaña que cambió después de la primera vuelta
La remontada también tuvo un componente estratégico. Después de la primera ronda, Lula reconoció que había sido su campaña menos organizada desde 1989. La admisión estuvo acompañada por una revisión del comando electoral, del discurso y de los formatos de comunicación.
El presidente redujo el peso de la autorreferencia y la nostalgia para dar mayor protagonismo a nuevas voces, entre ellas las candidatas e influencers Ana Elisa y Erika Hilton. La campaña incorporó videos grabados en formato selfie y herramientas de inteligencia artificial, mientras que Lula también modificó aspectos de su imagen personal: dejó de utilizar el sombrero que le habían recomendado por razones médicas.
El cambio no se limitó a la estética. La campaña buscó ampliar su llegada a sectores que no necesariamente se identificaban con las formas tradicionales de comunicación del PT y reforzar una presencia cotidiana en las redes sociales.
Uno de los instrumentos centrales de esa estrategia fue el canal de WhatsApp impulsado por el diputado André Janones. Con un lenguaje inspirado en la organización militar, Janones se presentaba como un “general” y asignaba “misiones” a sus seguidores: sumar nuevos integrantes, compartir videos e intervenir en las conversaciones digitales.
El canal pasó de unos 50.000 seguidores antes de la primera vuelta a superar los diez millones dos días antes del balotaje. La magnitud del crecimiento, concentrado en apenas tres semanas, dio cuenta de la capacidad de movilización que alcanzó la campaña en el tramo decisivo.
En paralelo, la disputa se extendió a las plataformas tecnológicas. El equipo de Lula denunció reiteradamente que Meta, la empresa propietaria de Facebook, Instagram y WhatsApp, interfería en la campaña en favor de Flávio Bolsonaro. Entre los cuestionamientos mencionó un supuesto sesgo algorítmico en la visibilidad de los candidatos, restricciones para contratar publicidad y dificultades para encontrar las cuentas oficiales del presidente.
Meta reconoció la existencia de errores técnicos, pero negó haber favorecido a una candidatura.
La controversia se inscribe en una discusión más amplia sobre el poder de las grandes plataformas para intervenir en la circulación de información política y en las condiciones de competencia electoral. Para Lula, la regulación de ese espacio será uno de los temas que deberá abordar su nuevo gobierno.
El presidente fue explícito al respecto durante su discurso: “No es posible que nosotros no tengamos conciencia que un crimen en el mundo digital debe ser tratado igual que un crimen en la vida real”.
También cuestionó que empresas con un enorme poder económico operen en Brasil sin pagar impuestos en proporción a su actividad y, al mismo tiempo, puedan influir en los resultados electorales. “Nosotros no podemos tener empresas monstruosas de este tamaño que tienen miles de millones sin pagar impuestos a nuestro país intentando alterar los resultados electorales”, sostuvo.
Lejos de plantear un repliegue de la comunicación digital, Lula anunció que tendrá un lugar más importante en su próxima administración. “Vamos a cambiar la forma de gobernar este país… vamos a hacer al pueblo participar más. La comunicación digital va a ganar un espacio muy grande en este gobierno”, anticipó.
El desafío será convertir esa promesa en mecanismos concretos de participación, regulación y transparencia, en un terreno donde la disputa política se mezcla con los intereses económicos de las principales compañías tecnológicas del mundo.

Salarios, consumo y una agenda social para consolidar el respaldo
La economía familiar también formó parte de la disputa electoral. Antes de la primera vuelta, Lula había aumentado un 15% la Bolsa Família, prohibido las apuestas digitales y presentado un programa de renegociación de deudas. Después del primer turno, anunció nuevas medidas destinadas a aliviar las cuentas de los hogares y respaldar a pequeños emprendedores.
Uno de los movimientos políticos más relevantes llegó con la aprobación en el Senado de una iniciativa para poner fin a la denominada escala 6×1, un régimen laboral que contempla seis días de trabajo por uno de descanso. La propuesta establece dos días de descanso semanal y una reducción progresiva de la jornada de 44 a 40 horas, sin disminución salarial.
Aunque Flávio Bolsonaro terminó respaldando la iniciativa, la reforma había sido impulsada por la izquierda y se convirtió en una de las principales banderas de Lula durante la campaña. El proyecto adquirió una importancia particular porque, según el material aportado, desde 1988 no se había modificado la duración de la jornada laboral.
La discusión por el tiempo de trabajo, los ingresos y las condiciones de vida permitió al presidente conectar su propuesta política con preocupaciones concretas de la población. En un escenario de polarización, las medidas sociales y laborales funcionaron como una herramienta para ampliar apoyos más allá del electorado tradicional del PT.
La confrontación con Bolsonaro también tuvo momentos personales. Durante el último debate, el candidato del PL aludió a los nueve dedos de Lula, en referencia al accidente laboral que le hizo perder el meñique de la mano izquierda cuando era joven y trabajaba en la industria metalúrgica.
Lula respondió con indignación y cuestionó que alguien que, según él, nunca había trabajado se burlara de una lesión sufrida en el trabajo. El episodio reforzó una de las líneas argumentales del presidente: su identificación con la experiencia de los trabajadores frente a un adversario al que acusaba de desconocer sus dificultades.
La historia personal de Lula forma parte de esa construcción política. Nacido en Caetés, en el estado de Pernambuco, creció en una familia atravesada por las privaciones materiales. Su madre y sus siete hermanos se trasladaron a San Pablo en busca de mejores oportunidades. Allí trabajó como limpiabotas y realizó otras tareas precarias desde muy joven.
A los 14 años ingresó en una fábrica de tornillos, abandonó la escuela y se formó técnicamente para trabajar en la industria metalúrgica. El accidente que le costó el dedo meñique ocurrió en 1964. A fines de esa década, comenzó a involucrarse cada vez más en el movimiento sindical, en plena dictadura militar.
En 1975 llegó a puestos de conducción sindical y se destacó por su oposición al régimen, con la organización de huelgas masivas que fueron duramente reprimidas. En 1980 fundó el Partido de los Trabajadores, una organización de izquierda que se convirtió en una de las principales fuerzas políticas del país.
Su recorrido hacia la presidencia no fue lineal. Perdió las elecciones de 1989 frente a Fernando Collor de Mello y las de 1994 y 1998 ante Fernando Henrique Cardoso. Recién en 2002 consiguió su primera victoria presidencial. Desde el gobierno impulsó programas sociales para combatir la pobreza y la desigualdad, respaldó la industria local y buscó fortalecer la posición internacional de Brasil, una orientación que contribuyó a su reelección en 2006.
Impedido constitucionalmente para competir por un tercer mandato consecutivo, respaldó la candidatura de Dilma Rousseff, quien ganó las elecciones y continuó el proyecto político del PT.
A mediados de la década siguiente, el partido quedó golpeado por el escándalo de corrupción de Odebrecht. Lula fue encarcelado, pero las condenas que lo afectaron quedaron posteriormente anuladas tras cuestionamientos al proceso judicial. En 2022 regresó a la primera línea electoral y derrotó a Jair Bolsonaro.
Su tercer mandato estuvo marcado por la confrontación con el bolsonarismo, incluido el intento de golpe de Estado de comienzos de 2023, y por los choques políticos y económicos con Estados Unidos. Las amenazas comerciales y la imposición de aranceles a buena parte de los productos brasileños profundizaron el discurso soberanista que Lula convirtió en uno de los ejes de su campaña para la reelección.
“Este país no acepta ser el patio trasero de nadie”
La defensa de la soberanía fue uno de los puntos más enfáticos del discurso que Lula pronunció después de conocerse los resultados. Acompañado por su vicepresidente, Geraldo Alckmin, su esposa, Janja da Silva, y otros integrantes de su gobierno, el presidente se dirigió a sus seguidores con voz ronca y un tono triunfal.
El mensaje combinó el reconocimiento a quienes hicieron posible la victoria con una advertencia sobre el rumbo que pretende darle a Brasil. Lula aseguró que el país no aceptará un lugar subordinado en el escenario internacional y reivindicó la necesidad de desarrollar capacidades propias en áreas estratégicas.
“Este país no acepta ser el patio trasero de nadie”, afirmó ante sus seguidores, que respondieron con entusiasmo. La frase sintetizó el planteo que había atravesado la campaña: Brasil debe tener una voz propia en las discusiones globales, sin quedar condicionado por las decisiones de las grandes potencias.
La definición adquirió una dimensión particular cuando Lula se refirió a la inteligencia artificial. “No quiero depender de la inteligencia artificial estadounidense o china. Quiero crear una brasileña. Tenemos que aprovechar todo el potencial energético de nuestro país”, sostuvo.
La propuesta apunta a vincular el desarrollo tecnológico con los recursos y las capacidades nacionales, en un contexto de competencia global por el control de los datos, la infraestructura digital y los sistemas de inteligencia artificial. Para el mandatario, la autonomía tecnológica forma parte de una agenda de soberanía más amplia, que incluye la producción, la energía y la posición geopolítica de Brasil.
La intención es que el país no se limite a consumir tecnologías desarrolladas por otros, sino que pueda construir herramientas propias y aprovechar sus recursos energéticos para sostener ese desarrollo. El desafío será convertir esa aspiración en políticas públicas, inversiones y capacidades industriales concretas.
Lula también reivindicó una posición internacional en la que Brasil ocupe un lugar central, en lugar de quedar relegado a un papel periférico. La frase sobre el patio trasero de nadie funcionó así como una declaración política hacia el exterior, pero también como una definición dirigida al electorado interno: el gobierno buscará asociar el desarrollo nacional con una mayor independencia frente a las potencias.
En el plano doméstico, el presidente prometió gobernar sin distinciones partidarias. “Yo tengo que gobernar para ustedes, para 215 millones de brasileños, tengo que gobernar para todas las ciudades”, afirmó.
La convocatoria a la unidad convivió con una crítica directa a su adversario. Lula calificó la elección como una derrota de la mentira y cuestionó la conducta de Bolsonaro durante la campaña. También defendió la necesidad de establecer reglas para las redes sociales y de garantizar que las plataformas digitales no puedan alterar las condiciones de competencia política.
El discurso incluyó un compromiso con el respeto hacia las mujeres y la libertad religiosa. “Quiero que las mujeres sean tratadas con mucho más respeto. No tengo preferencia por una religión, tengo preferencia por la fe del pueblo brasileño”, expresó, en una defensa del Estado laico y de la convivencia entre distintas creencias.
En ese sentido, el mandatario buscó ampliar el alcance de su victoria más allá de las fronteras partidarias. La unidad nacional, sin embargo, deberá construirse en un escenario legislativo complejo: el Partido Liberal de Bolsonaro tendrá la bancada más numerosa tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado.
Lula reconoció esa dificultad y se comprometió a trabajar con los parlamentarios para conseguir la aprobación de los proyectos de su gobierno. La victoria en las urnas le otorga un nuevo mandato, pero no elimina la necesidad de negociar con una oposición que conserva un peso institucional considerable.
Una victoria de Lula que no cierra la disputa política
La reacción de Flávio Bolsonaro dejó en evidencia que la tensión electoral no terminó con el escrutinio. El candidato calificó el resultado de “inexplicable” y anunció que pediría la anulación de los comicios. Cuestionó, entre otros puntos, la decisión de ampliar por dos horas el horario de votación en todo el país.
La medida había sido dispuesta por el magistrado del Supremo Tribunal Federal Cristiano Zanin, después de denuncias de la campaña de Lula sobre restricciones al acceso al transporte público en varias ciudades. El equipo del presidente había solicitado extender el horario en nueve estados, mientras que Bolsonaro también pidió tiempo adicional en tres estados, con el argumento de las malas condiciones meteorológicas.
La controversia tuvo como telón de fondo las dificultades de transporte que, según las denuncias, impedían a algunos electores llegar a los centros de votación. El propio partido de Bolsonaro había solicitado inicialmente una medida de extensión horaria después de que lo hiciera el PT.
La posibilidad de anular los comicios aparecía, según el material aportado, con pocas probabilidades de prosperar. Tampoco hubo una respuesta uniforme entre los sectores de la derecha regional: mientras algunas voces reclamaron desconocer el resultado, los presidentes de Ecuador, Perú, Chile, Paraguay y Bolivia felicitaron a Lula por su victoria.
El escenario deja al presidente ante una doble tarea. Por un lado, deberá sostener una agenda económica y social que permita consolidar los apoyos obtenidos y responder a las demandas de los sectores que hicieron posible la remontada. Por otro, tendrá que construir acuerdos legislativos y sostener la legitimidad institucional en una sociedad donde la derecha conserva una base electoral amplia.
En su discurso, Lula buscó transformar el resultado en un compromiso de gobierno. “Voy a hacer el mejor mandato que un presidente hizo jamás en este país”, prometió.
Y agregó que la participación de estudiantes, mujeres y trabajadores durante la campaña obliga a pensar una nueva forma de gobernar, con más protagonismo popular. “Este país nunca volverá a ser el mismo”, sostuvo al cerrar su alocución.
La frase sobre el patio trasero de nadie resume, en definitiva, el horizonte que Lula busca imprimirle a su nuevo mandato: un Brasil con mayor autonomía internacional, capacidad tecnológica propia y una agenda social que sostenga el respaldo de las mayorías. Pero la victoria histórica también abre una etapa de exigencias.
La remontada le permitió volver a imponerse en las urnas; ahora deberá convertir ese resultado en políticas concretas, en un país donde la disputa con el bolsonarismo seguirá presente y donde la soberanía que proclama hacia el exterior también dependerá de su capacidad para construir acuerdos y responder a las necesidades de la población.
