Crónica de la despedida del Indio Solari. Del viernes a la mañana hasta la madrugada del lunes, en que terminó el abrazo colectivo, se abrieron una enorme cantidad de preguntas sobre el futuro que “llegó hace rato”. Los momentos conmovedores del fin de semana, las voces y lo que deja un emblema que empieza a ser leyenda.
El viernes que detuvo el tiempo
Fue un viernes de otoño, de esos en los que el frío comienza a pesar como anticipo del invierno.
Cerca de las ocho y media de la mañana, una cuidadora llegó como todos los días a la casa de Parque Leloir, en Ituzaingó. La rutina duró lo que tardó en entender lo que veía: el cuerpo de Carlos Alberto Solari, el Indio, estaba en las cercanías de la pileta interior climatizada de su domicilio. Llamó a la esposa del artista. Juntas lo retiraron del lugar y llamaron a la emergencia médica, que llegó a tiempo para no llegar a tiempo: las maniobras de reanimación fueron inútiles.
El Indio tenía 77 años y padecía Parkinson desde hacía una década. La autopsia, realizada ese mismo viernes, establecería como causa preliminar un accidente cerebrovascular hemorrágico no traumático. No hubo ahogamiento.
A los pocos minutos, la cuenta oficial del músico en redes sociales publicó el comunicado que todos temían y nadie quería leer. Sobre fondo negro, las palabras cayeron como una piedra en el agua quieta: “La noticia más triste, esa que hubiésemos querido no dar nunca, es cierta. Nuestro amado Indio, su cuerpo, su manifestación física, ya no está”.

Las voces que llegaron primero
Skay Beilinson, el guitarrista que junto al Indio había fundado Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, fue de los primeros en hablar. Lo hizo con la economía de quien sabe que las palabras grandes sobran: “Te llevo en cada recuerdo, en cada canción de ayer. Con un inmenso dolor. Buen viaje mi querido amigo, hasta siempre”. Firmó con las siglas históricas de la banda: “PR”. Dos letras que, en ese momento, pesaban como una lápida y brillaban como una estrella.
Lito Vitale, que había tocado el teclado en las primeras grabaciones de Los Redondos, dijo que lo suyo con el Indio “no fue sólo trabajo profesional, sino complicidad humana y artística”.
Rocambole, el dibujante de las tapas que había construido la identidad visual de la banda durante décadas, esas imágenes que son parte de la memoria colectiva argentina, se despidió de su amigo con una frase que se resistía a la oscuridad: “Tu luz seguirá iluminándonos”.
Lali Espósito, Fito Páez, Víctor Heredia, Mario Pergolini, con lágrimas que no intentó disimular cuando dio en su programa la noticia, se sumaron a la marea de despedidas que inundó las redes sociales.
Desde el mundo político, el gobernador Axel Kicillof declaró: “Hoy es un día tristísimo para cientos de miles de ricoteros y me considero uno. Hoy despedimos al Indio, a un artista, pero, sobre todo, a un héroe argentino”.
Cristina Fernández de Kirchner publicó sin comentarios una frase de la obra del músico que sintetizaba todo: “Vivir solo cuesta vida”.
Aníbal Fernández, que había estado con el Indio apenas el 31 de marzo pasado, recordó esa última visita con la nitidez dolorosa de quien ahora sabe que fue la última: la charla larga, el abrazo doble en la puerta, el recuerdo de una dedicatoria de ‘Etiqueta Negra’ en un recital en Mendoza.
Lionel Messi publicó una historia en Instagram: “Siempre en nuestros corazones. QEPD”. Pocas palabras, pero viniendo del hombre al que el Indio había grabado un audio semanas antes, un mensaje de aliento para el Mundial 2026 que nunca se animó a enviarle, en el que lo llamaba “un tesoro deportivo argentino” y le preguntaba si no podría ‘ganar un campeonato del mundo más”, adquirían una resonancia particular, casi circular.
La familia de Diego Maradona escribió: “A brillar mi amor”, y Dalma le pidió que le mandara saludos al Diego desde donde estuviera.
En ese intercambio estaba el Indio completo: el hombre que le dijo a la Argentina, por boca de Maradona, que prefería a Los Redondos antes que escuchar un debate de políticos donde “todo está arreglado, ¡y se nota!”.
Máximo Kirchner llegó caminando al domicilio de Parque Leloir, con buzo negro y gorra, a visitar a la familia.
Diputados de la UCR y de Unión por la Patria impulsaron gestiones para que el Congreso albergara la despedida pública.
El secretario de Cultura del gobierno de Milei, Leonardo Cifelli, ofreció el predio de Tecnópolis: “Tenemos Tecnópolis para ofrecer”, dijo, aunque admitió que no lograba comunicarse con el abogado de la familia.
El presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, descartó el Congreso argumentando que “no reúne las condiciones de infraestructura, logística y seguridad necesarias para un evento de esta magnitud”.
El rechazo del Gobierno Nacional a ceder el Congreso o la Casa Rosada fue un dato político que no pasó inadvertido. Sería Kicillof quien tomaría la posta, poniéndose a disposición de la familia para encontrar un lugar en la provincia de Buenos Aires.
Hasta ahí, las voces de los famosos, de los comunicados oficiales, la palabra de despacho. Una cierta burocracia de la gestión del dolor colectivo, tan ajeno para algunos, que el propio presidente Javier Milei, adicto sin recuperación del teclado de las redes, todavía mantiene silencio sobre el hecho más conmovedor en años.
La primera misa ricotera: Plaza de Mayo
Ese mismo viernes a la tarde, sin que nadie lo organizara formalmente, la Plaza de Mayo se convirtió en el primer altar. Cientos de fanáticos llegaron desde todos los rincones de la ciudad, alejados del llanto inicial, y transformaron el duelo en lo que el Indio siempre había convocado: un ritual colectivo.
Antes de las 18 ya habían comenzado los pogos. Las canciones de Los Redondos y de su carrera posterior, en la etapa de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, sonaron a pleno en el corazón del poder político argentino, frente a la Casa Rosada que le había negado sus puertas. La ironía no se perdió en nadie.
Desde la ciudad de La Plata, donde el Indio había vivido su juventud formativa en la Escuela Superior de Bellas Artes, donde todo empezó, se decretó tres días de duelo.
La Asociación del Fútbol Argentino (AFA), dispuso un minuto de silencio en los partidos del Ascenso del fin de semana, reconociéndolo como “ícono de la cultura musical argentina” y publicó uno emotivo video, que mixtura el lenguaje futbolero con la poética del Indio.
La creatividad al palo.
Para siempre Indio ♾️🙏🏼 pic.twitter.com/ReGCivmgKJ
— AFA (@afa) June 6, 2026
Esa noche, la familia realizó un último adiós privado. Luego comunicó lo que la multitud necesitaba saber: la despedida pública sería el domingo 7 de junio, para dar tiempo a la gente que venía de lejos. El lugar se confirmaría al día siguiente.
El sábado de la vigilia por el Indio Solari
El 6 de junio amaneció con la confirmación: el velatorio se realizaría en el Polideportivo Municipal José María Gatica, dentro del Parque de los Derechos del Trabajador, en Villa Domínico, partido de Avellaneda. El lugar, que no sería Parque Leloir, donde vivía el músico, tampoco el estadio Presidente Perón del ‘Cilindro’, que también había sido evaluado, quedó fijado sobre la Avenida Bartolomé Mitre al 5000. La apertura de puertas: a las 11 del domingo. L
a duración: “hasta que haga falta, para que nadie pierda su oportunidad de decirle adiós”.
Antes de que cayera la tarde, miles de personas ya rodeaban el polideportivo. Llegaron desde Laferrere, desde Isidro Casanova, desde el interior del país. Armaron el campamento con lo que tenían: bolsas de dormir, termos, banderas. La vigilia ricotera se instaló sobre la avenida Mitre con la misma naturalidad con que siempre habían llegado a los recitales: sin que nadie les pidiera que fueran, sin que nadie pudiera impedírselo.
En el Obelisco, mientras tanto, un banderazo masivo en homenaje al Indio terminó con incidentes cuando efectivos de la Policía de la Ciudad comenzaron a desalojar a los participantes. Según el Gobierno de la Ciudad, los disturbios se originaron por vendedores ambulantes que expendían bebidas alcohólicas y agredieron a policías que intentaban requisar la mercadería.
El saldo fue de ocho heridos leves, entre ellos dos policías, y 17 detenidos, seis con antecedentes, trasladados al Centro de Alojamiento de Detenidos de Barracas. Fue la única nota discordante de una despedida que, en términos generales, honró el pedido de la familia: respeto y paz.
De nuevo, la grieta que no se cierra ni siquiera frente a los fenómenos masivos, incomprensibles e intolerables desde el poder.
Esa misma noche, el mítico boliche Tropitango rindió su propio homenaje recreando “el pogo más grande del mundo”, esa escena icónica que se repetía en cada recital durante ‘Ji ji ji’ y que había convertido a los conciertos del Indio en algo parecido a una experiencia religiosa.
El video se viralizó en minutos. En Barcelona, un grupo de argentinos de la diáspora organizó una Misa Ricotera espontánea: banderas, cánticos, nostalgia y la certeza de que no importa en qué rincón del mundo uno esté, la música del Indio llega igual.
La provincia de Buenos Aires ya tenía desplegado desde el mediodía un operativo de seguridad sin precedentes para un velatorio: 700 policías en la zona, con previsión de llegar a 1.500 efectivos de la Policía Bonaerense. Tres postas de emergencias. 17 ambulancias medicalizadas. Un hospital móvil. 60 promotores de salud. Los cuatro hospitales del distrito en alerta.
Kicillof, que había dialogado personalmente con el intendente de Avellaneda, Jorge Ferraresi, para garantizar que todo se desarrollara “con tranquilidad”, pidió a la gente que se cuidara entre sí: “Esta situación viene a refutar los prejuicios que criminalizan toda manifestación en grupo”.
La peregrinación
El domingo amaneció gris y frío, pero nadie que se hubiera apostado en las inmediaciones del Polideportivo Gatica pareció notarlo. La fila para entrar ya superaba las cuarenta cuadras cuando las puertas se abrieron una hora antes de lo previsto, a las 10 de la mañana, ante la magnitud de la concurrencia que se había acumulado durante la noche.

La familia lo había anticipado en su comunicado: “La despedida del Indio ya comenzó. Todo el mundo está peregrinando en paz hasta donde él espera y dejándole ofrendas, cantos, aplausos y lágrimas”.
La palabra elegida, peregrinación, era exacta y definía un domingo que será recordado por décadas. Era la misma lógica que había llevado a cientos de miles de personas a Tandil en 2016 y a entre 300.000 y 400.000 a Olavarría en 2017, en lo que sería el último recital en vivo. Los ricoteros siempre habían viajado para estar con el Indio. Esta vez también.
A lo largo del día, la fila creció hasta superar las 70, las 80 cuadras. La organización informaba por altoparlante que la concurrencia podía llegar al millón de personas.
A esa altura, el recinto registraba alrededor de 15.000 ingresos por hora. El salón Gatica, con capacidad para 180 personas simultáneas, procesaba con lentitud y con reverencia el desfile interminable.
Adentro, junto al féretro, Pablo Grillo fotografiaba. El fotógrafo, que había sido gravemente herido en la cabeza por un cartucho de gas lacrimógeno durante una marcha de los miércoles en marzo de 2025, y que aún continúa su rehabilitación, había recibido del Indio un mensaje de apoyo durante su internación.
Ese lazo de afecto le había ganado un lugar especial: sentado en un banco delante de las vallas, con su cámara, testigo privilegiado de la despedida del hombre que lo había acompañado desde la distancia.

Se calcula en un millón de personas la asistencia a la despedida final del Indio Solari.
Axel Kicillof llegó al polideportivo y se paró junto al cajón. Después lo contó, con la voz quebrada de quien no busca parecer ricotero sino que simplemente lo es desde siempre: “Recién estar ahí en el lugar donde está el cajón y la despedida con la gente, fue algo muy fuerte”. Dijo que la palabra que más se escuchaba adentro era “gracias”, en medio del llanto.
“La comprensión de lo que significa un ídolo popular de esta magnitud que atravesó tantos momentos históricos y siempre con un posicionamiento tan claro a favor del pueblo”.
Kicillof habló de la banda de sonido de su vida, de sus hijos de 17 y 14 años que también lo escuchan, de una sensibilidad que no es privativa de una sola generación.
Afuera, la gente esperaba. Lloraba. Le cantaba. Le tiraba flores, camisetas, banderas. Una montaña de amor, una arcilla de lo colectivo que moldeó una historia y sella un pacto eterno.
La familia, desde la cuenta oficial del Indio, emitió un segundo comunicado a media tarde: “La fila avanza. La gente llega a verlo. Aplaude, llora, le habla, le canta, le tira flores, camisetas, banderas. La despedida del Indio es una rara mezcla de desgarro y agradecimiento eterno. Sigamos despidiéndolo así, tal como merece porque se lo ganó: en familia, en paz, hermanados por la belleza que coló en nuestras vidas. Hay lugar para todos y todas los que quieran darle forma a su adiós”.
La madrugada del lunes
Pasada la medianoche, la fila seguía. A las 4 de la mañana del lunes 8 de junio, el Ministerio de Seguridad de la provincia de Buenos Aires confirmó que las puertas del Polideportivo José María Gatica habían cerrado.
No fue una decisión unilateral: los familiares directos del músico habían consensuado el cierre una vez que se desconcentraron los últimos grupos de seguidores. La promesa se había cumplido: habían entrado todos los que habían esperado.
Dieciocho horas de velatorio. Más de 80 cuadras de fila en su momento de mayor extensión. Una cifra que rozó el millón de personas según los datos de la organización. Fue la despedida popular más grande de la historia del rock argentino.
Sin establecer comparaciones, por las épocas y figuras diferentes, la línea de la historia pone en la secuencia del adiós a Carlos Gardel, en 1935; Eva Perón, en 1952; a Juan Domingo Perón, en 1974; a Néstor Kirchner en 2010 y a Diego Maradona, en 2020.
Algo hay con las despedidas y acaso el propio Indio lo haya anticipado en una de sus canciones. En “Encuentro con un ángel amateur”, lo dice y el fin de semana fue unos de los hits para ilustrar las coberturas radiales y televisivas, para ser parte de millones de posteos en las redes sociales.
“Empiezo por el final
Encuentro con un ángel amateur.
Terminaré en el principio
Mis intereses, quizá
No fueron saludables
Yo ya no puedo cumplir
Hazañas que prometí
Solo seguir cantando”
El hombre y la leyenda
Carlos Alberto Solari nació el 17 de enero de 1949 en Parana, provincia de Entre Ríos, pero su juventud la transitó en La Plata, la ciudad universitaria y cultural que lo marcaría para siempre. Sus influencias tempranas no venían del rock: venían de la poesía beat americana, de Jack Kerouac, de Lawrence Ferlinghetti, de Gregory Corso. Venían también de las artes visuales, del dibujo, de una sensibilidad plástica que más tarde se expresaría en su obra pictórica y que tuvo su culminación pública en ‘BRUTTO’, la muestra de arte digital que estaba vigente en el Museo Metropolitano de Arte Urbano de Córdoba hasta el mismo 7 de junio, el día de su velatorio.
En 1976, con 27 años, el Indio lideró la formación de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Lo que nació como un proyecto entre amigos en el under platense-porteño se convirtió, con el tiempo, en el fenómeno cultural más convocante del rock argentino.
La formación clásica, el Indio en voz, Skay Beilinson en guitarra, Semilla Bucciarelli en bajo, Walter Sidotti en batería y Sergio Dawi en saxo, armónica y piano, grabó una discografía que es, a la vez, un archivo sonoro de la Argentina de las últimas cuatro décadas del siglo XX.
Los álbumes fundacionales hablan solos: Gulp! (1985), con su ‘La bestia pop’; Oktubre (1986), con ‘Ji ji ji’ y ‘Preso en mi ciudad’; Lobo suelto, cordero atado (1993), con ‘Un ángel para tu soledad’; Luzbelito (1996), con ‘Juguetes perdidos’. Canciones que se convirtieron en himnos sin proponérselo, o quizás precisamente porque no se propusieron serlo.
El fenómeno de las “misas ricoteras” fue único en la historia del rock latinoamericano. Los fanáticos viajaban desde cualquier punto del país para estar en cada recital, construyendo una comunidad que el Indio siempre reconoció y que supo sostener en una tensión productiva: la de la masividad y la independencia artística.
En 2016, el show en Tandil, donde anunció él mismo su Mal de Parkinson, convocó a alrededor de 250.000 personas. En 2017, el recital de Olavarría reunió entre 300.000 y 400.000, en lo que quedó como el cierre definitivo de las peregrinaciones multitudinarias.
El momento central de cada misa era Ji ji ji: la canción que desataba “el pogo más grande del mundo”, un ritual colectivo que mezclaba los cuerpos en movimientos con algo parecido a la alegría pura, si es que la alegría tiene forma.
Tras la disolución de la banda en 2001, el Indio no se retiró: se reinventó. Junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, manteniendo la densidad poética y la mirada crítica que habían definido su obra.
Su carrera tuvo su último contacto visual con el público el 6 de diciembre pasado, cuando en un show de Los Fundamentalistas en el Estadio Único Diego Armando Maradona de La Plata, el Indio apareció en las pantallas gigantes a través de un video pregrabado. El estadio quedó en silencio.
“Me acompañaron durante ese tiempo hasta que la providencia quiso que se cruzaran conmigo un par de cositas que me impiden… ya saben ustedes de qué hablo”, dijo, en referencia al Parkinson. Fue la última vez que habló directamente a sus fanáticos.
El 21 de mayo, apenas dos semanas antes de su muerte, la cuenta oficial había publicado una foto en su estudio de grabación Luzbola, concentrado en una sesión de trabajo con miembros de Los Fundamentalistas. Era la última imagen pública del Indio vivo.
Unos días antes, la Universidad de Buenos Aires le había entregado el doctorado honoris causa en el Aula Magna de la Facultad de Medicina. El guitarrista Gaspar Benegas y un octeto de cuerdas interpretaron diez de sus canciones. El homenaje se transmitió en simultáneo en la Plaza Houssay para quienes no cabían adentro.
El Indio no estuvo presente en persona, pero la sala estaba llena de él.
Siempre fue un hombre de frases que cortaban: ‘El lujo es vulgaridad”, aquella consigna, que se puede interpretar como un símbolo de los años noventa contra el menemismo consumista que se volvió generacional.
Esa mezcla de compromiso político y pasión mundana, de grandeza y de humanidad de barrio, fue quizás su rasgo más entrañable.
Todo con una poética única, que a muchos le costó entender, pero que llegó de entrada.

A las 4 de la mañana del lunes 8 de junio, cuando las puertas del Polideportivo Gatica se cerraron por última vez, el frío del conurbano era el mismo que había sido a lo largo de los tres días, pero con la lluvia del final, como si el guionista de la escena hubiera apelado al manual de las cosas que no fallan.
Pero algo había cambiado de manera irreversible en el paisaje sonoro y emocional de la Argentina.
El Indio Solari ya no estaba entre los vivos. Y sin embargo, en la voz de cada uno de los cientos de miles que pasaron por ese salón, en cada pogo improvisado del fin de semana, en cada “gracias” que se escuchó junto al féretro, era imposible no percibir que algo de él seguía encendido.
‘Es parte de la banda de sonido de mi vida’, se repitió por miles. Era la frase más honesta de todas las que se dijeron. Porque el Indio Solari no fue solo un músico: fue el sonido de fondo de décadas de Argentina.
Y eso, como él mismo sabía mejor que nadie, no se apaga con un ACV en la mañana de un viernes nublado en Parque Leloir.

