Gastón Sánchez preside la Cooperativa Sagrada Semilla, con sede en San Martín, una organización que integra la Central de Trabajadores y Emprendedores del Cannabis y el Cáñamo (CETEC). Además, es miembro de la Federación Cannábica Bonaerense. El sábado 16, encuentro territorial en San Martín.
El nombre engaña un poco. Sagrada Semilla suena a algo bíblico, y en parte lo es: hay en esas palabras una referencia al rey Salomón y al uso ancestral del cannabis. Pero el nombre también tiene una razón más prosaica.
Cuando Gastón Sánchez y sus compañeros armaron la cooperativa en 2022, el Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Solidaria (INAES), el organismo nacional que regula el cooperativismo, no permitía incluir ninguna referencia explícita al cannabis en la denominación social.
“No te dejaban desde INAES poner nada con referencia al cannabis”, recuerda Gastón. “Entonces había que pensar nombres y por eso las cooperativas de esa época, y la verdad ahora también, tenemos nombres que no hacen alusiones al cannabis o intentamos hacerle alguna alusión al cannabis”.
Así que eligieron semilla. Una palabra que funciona como paraguas: abarca al cannabis, sí, pero también a algo más profundo que Gastón va a desplegar a lo largo de la charla: la soberanía semillera como cuestión estratégica, como disputa política, como problema de soberanía nacional.
La dictadura y el cáñamo
Antes de que el debate fuera por los aceites medicinales o los dispensarios cannábicos, hubo en Argentina una industria del cáñamo que fue destruida deliberadamente.
Gastón lo cuenta con precisión histórica: en Jáuregui, al lado de la Universidad Nacional de Luján, existían quinientas hectáreas de cultivo. Una linera que funcionaba mitad del año con lino y la otra mitad con cáñamo, articulada con la universidad.
“La dictadura, lo primero que hace cuando viene es cerrar la Universidad de Luján y desmantelar la linera”, dice Gastón. “Meten preso al gerente, cierran la linera, cierran la universidad, basural a cielo abierto”.
La UNLU fue la única universidad cerrada durante el Proceso. Lo que muchos no saben es que esa clausura vino acompañada de la liquidación de un polo productivo que vinculaba investigación académica con cultivo industrial. El resultado fue la desaparición de la genética local adaptada al suelo y al clima argentino.
“Perdimos esa genética, no la tenemos”, dice Gastón. “Estamos trabajando hace un par de años con variedades de afuera para ver cuáles se adaptan. Eso fue lo que hizo en ese momento la dictadura: dejarnos sin esa genética ya adaptada a nuestras tierras.”
La conexión no es menor. Belgrano escribió sobre las potencialidades del cáñamo en el Río de la Plata. Los barcos que cruzaban el Atlántico entre Rusia e Inglaterra usaban cáñamo para sus aparejos. Antes del prohibicionismo, el cannabis se vendía en las farmacias.
Gastón traza esa línea con convicción: “Acá hubo genética, se trabajó. Lo que pasó es el prohibicionismo. Desde ahí en adelante es donde empezás a perder todo lo que había y también empezás a dejar de ver o pensar en poder producir eso”.
En su visita al programa “Sintonía tras el fin del mundo”, que conduce Fede Dipa en Radio Atómika, con la participación de Pablo Mercau y Eze Perín, Gastón Sánchez anticipó el evento que se realizará el sábado 16 de mayo y analizó la actualidad del sector.
Cannabis y cáñamo: una distinción que importa
Gastón hace la distinción con didáctica paciencia porque sabe que la confusión es frecuente: cannabis y cáñamo no son lo mismo, aunque vengan de la misma planta.
En Argentina, todo lo que tiene menos del 1% de THC es considerado cáñamo y no es psicoactivo. A partir de ahí se trabaja la fibra, el grano, la tela, el combustible, el plástico. El cáñamo es extraordinariamente versátil: puede reemplazar el algodón, el petróleo, la madera.
“Lo que tarda 20 años en darte un árbol, el cáñamo te lo da en seis meses”, dice Gastón. “Si vamos al papel también. Y así podemos ir entrando a distintas áreas. Está en todos lados el cáñamo. Los gins antes se hacían de cáñamo, los motores también”.

Hay más: el cáñamo tiene propiedades de fitorremediación. En Chernobyl se cultivó alrededor del reactor y absorbió parte de la contaminación. En Italia, cerca de una siderúrgica tan contaminada que los animales no podían pastar en kilómetros a la redonda, cooperativas de cultivadores empezaron a plantar cáñamo y lograron sanear gradualmente los suelos. En Francia, cooperativas de pueblos pequeños lo usan para producir energía.
En Córdoba, investigadores de la universidad apuestan a los biocombustibles de cáñamo.
“Es una industria incipiente”, dice Gastón, “pero tiene otra mirada”.
El problema es que en Argentina estamos en deuda doble: con el cáñamo porque la genética propia fue destruida; con el cannabis porque este gobierno, en lugar de ampliar el marco regulatorio, lo cerró más.
“La que sí está es la industria del cannabis, pero es la que este gobierno justamente puso trabas”, dice. “Lo que teníamos más desarrollado lo cerró más, no dejó entrar a más personas a trabajar, dejó de dar licencias. Y lo que es cáñamo, que es lo que más nos falta, más atrasados estamos, es una de las cosas que sí dijo: ‘Che, bueno, vengan.'”
Esa apertura despareja tiene una lógica: el cáñamo, sin THC, resulta más políticamente digerible. Pero la consecuencia práctica es que se abre la puerta a actores grandes y se deja afuera a quienes ya venían construyendo la industria.
“Ya la UATRE (el gremio de los trabajadores del campo), agarró desde ahí, puso peones de caña y demás, y estamos hablando otra vez de sueldos de hambre”, señala Gastón.
Organizar el sector
La CETEC, Central de Trabajadores y Emprendedores del Cannabis y el Cáñamo, nació de la necesidad de mapear ese universo disperso. No hay todavía una sindicalización formal del sector. Hay cooperativas, asociaciones civiles, emprendedores sueltos, autocultivadores, cultivadores del interior que no conocen a los del AMBA. La CETEC sale a buscarlos.
“Estamos saliendo a buscar no solamente a las cooperativas o asociaciones civiles que laboren, sino también a emprendedores”, explica Gastón. “Lo que vemos es que son, dentro de toda esta cadena, la parte más débil o más vulnerable de todo esto. Porque quienes estamos organizados en cooperativas, asociaciones, la federación y demás, tenemos cierto respaldo o herramientas a la hora de que pase lo que pase”.

El trabajo de relevamiento territorial está en marcha. Este sábado, el encuentro es en San Andrés, en el local conocido como La Disco de Oro (Intendente de La Rioja 2731), de 11 a 14 horas. Después vendrán Moreno, Almirante Brown, Bahía Blanca y el año que viene la costa bonaerense.
El objetivo a largo plazo es llegar a un congreso en 2025 que plantee modificaciones a la ley 14.924, la ley de cannabis de la provincia de Buenos Aires. Para eso, primero hay que hacer los pre-congresos, debatir por ejes estructurales, construir posición colectiva.
“Lo que necesitamos es ir organizados en el sector para poder después traducir esto en políticas”, dice Gastón.
La Federación Cannábica Bonaerense, en la que se inserta la cooperativa, agrupa a unas 30 organizaciones entre cooperativas y asociaciones civiles, con presencia en toda la provincia. El trabajo de la CETEC es ampliar ese mapa, porque hay territorios del interior que tienen cultivadores sin ningún tipo de organización ni representación.
El problema de los dispensarios en San Martín
Desde el estudio, alguien pregunta lo que circulaba en el barrio: ¿qué pasó con los dispensarios cannábicos en San Martín? Se suponía que arrancaban el primero de enero.
La respuesta de Gastón es reveladora de cómo funcionan estas políticas en la práctica.
San Martín tiene una ordenanza que, en el papel, es muy buena: contempla un registro municipal de cooperativas, autocultivadores y familias cultivadoras, y establece que el municipio brinde trazabilidad —cromatografías, análisis de flor o aceite— a quienes estén inscriptos. También prevé dispensarios con vista a la calle, una especie de kiosco de cannabis legal.
El problema: no está en funcionamiento.

Y hay otro problema más fino: la resolución que habilitaría los dispensarios solo permite la participación de una asociación civil por municipio. Las cooperativas, las otras organizaciones, quedan afuera.
“También es che, hay algo ahí que no se puso bien”, dice Gastón. “Justamente lo que estamos planteando con la CETEC es saber cuáles son las problemáticas y necesidades que tiene cada territorio y después llevarlo a una política. Porque si no, pasa esto: quedamos en el aire, algunas por fuera.”
La comparación con Uruguay aparece naturalmente. Pero Gastón señala que el modelo uruguayo no es comparable: allá dispensan las farmacias, y solo ellas. Acá el esquema es mucho más amplio —autocultivadores, cooperativas, asociaciones civiles, incluso sociedades comerciales— pero esa amplitud también implica una regulación más compleja que todavía no se terminó de resolver.
El Reprocan y la lógica del individuo
El Reprocan, Registro de Personas Cultivadoras de Cannabis, es la herramienta que habilita el autocultivo legal. Se puede tramitar en 24 horas. El límite es nueve plantas. La ordenanza de San Martín, si no se equivoca Gastón, llegaba a 16.
Alguien en el estudio hace la pregunta que muchos se hacen: ¿qué pasa si tiene plantas y no tiene Reprocan y aparece un problema? ¿Se puede tramitar en el momento? La respuesta es sí, técnicamente sí, en 24 horas. Y con pocas plantas no debería haber mayor quilombo.
Pero Gastón hace una observación que va más allá del trámite:
“Lo que vemos nosotros es que el Reprocan te lleva como autocultivador, algo muy liberal que es individual, de ‘yo estoy en mi casa, tengo mis nueve plantas, lo tengo legal, puedo hacer lo que quiera’. El resto, bueno, que se fije qué hace”.
Esa lógica de individualización preocupa a Gastón. El Reprocan es una herramienta válida, necesaria, y está bien que funcione. Pero si se convierte en la vía regia del sector, puede terminar desarticulando la organización colectiva que permitió llegar hasta acá. El cannabis medicinal en Argentina tiene historia de lucha social, de madres cannabicultoras, de organizaciones que salieron a la calle cuando todavía era todo ilegal. Eso no puede diluirse en una app de trámites individuales.
“La búsqueda acá es que esto sea un poco más colectivo”, dice. “Estamos a favor del Reprocan y que funcione, pero quizás profundizar un poquito más en el pensamiento de cómo eso también nos está atendiendo a individualizarnos y quizás no aunar la lucha”.
El campo no lo ve todavía
El modelo agroexportador sojero empieza a crujir. Europa en diez años dejará de comprar soja argentina, o comprará mucho menos. Lo que quede será un campo arrasado, suelos empobrecidos, pueblos vaciados. El cáñamo aparece como una alternativa real, no solo por sus usos industriales sino por sus propiedades para recuperar suelos dañados.
Gastón lo sabe, y también sabe que el campo todavía no lo procesa.
“El campo todavía no lo ve”, dice. “Porque todavía te preguntan: ‘Bueno, ¿cuánto me deja, cuánto da?’ No. Estamos todos en investigación y desarrollo actualmente”.
Eso hace imprescindible la presencia del Estado: la universidad pública, el INTA, los municipios. La Cooperativa Sagrada Semilla se armó, justamente, a partir de una mesa de trabajo en cannabis de San Martín, pasando por un curso de cooperativismo en la UNSAM.
La diplomatura en cannabis que están desarrollando sale de un vínculo tejido en el IPFL, Instituto Provincial de Formación Laboral, durante el curso de cannabis y cáñamo industrial de la provincia de Buenos Aires.
“Todos estos puntos, estos lugares son donde nos vamos encontrando y desde ahí donde vamos tejiendo y armando”, dice Gastón. “Así que sí, es muy importante la presencia del Estado”.
Y también menciona, casi al pasar, algo que merece un párrafo aparte: están trabajando con veteranos de Malvinas en un dispositivo de salud basado en cannabis. Una línea de trabajo que muestra hasta dónde puede llegar esta planta cuando se la piensa con seriedad.
Las semillas del Apocalipsis
Al final de la charla, el programa cumple con su ritual: le preguntan a Gastón qué semillas se llevaría si hubiera que sobrevivir al fin del mundo. La pregunta parece un juego pero termina siendo, como señala alguien en el estudio, “una pregunta filopolítica”.
Gastón duda, se ríe, y finalmente arma su canasta: arroz, cannabis y palta.
“Una buena palta ahí, que sea como el centro de la comunidad, que crezca una palta”, dice.
El intercambio se extiende: alguien propone tomate, alguien más un nogal, aparece el zapallo que invade en un verano. Y de repente la conversación volvió, sin buscarlo, exactamente al principio: a la importancia estratégica de la semilla, a la soberanía alimentaria, a pensar qué queremos cultivar y por qué.
“Para mí es estratégico pensar en esto”, dice Gastón, y en esa frase cabe todo lo que estuvo hablando en la última hora.
La Cooperativa Sagrada Semilla se puede encontrar en Instagram como @sagrada.semilla. El encuentro de la CETEC en San Andrés es este sábado, de 11 a 14, en Intendente de La Rioja 2731.
Cooperativa Sagrada Semilla
Esta entrevista fue realizada el 13 de mayo en Sintonía tras el fin del mundo, por Radio Atómika, junto a Federico Di Paolo y Eze Perin.

