La escritora chilena Nona Fernández presentó en Buenos Aires Marciano, su novela sobre Mauricio Hernández Norambuena, el guerrillero del Frente Patriótico Manuel Rodríguez que participó del atentado contra Augusto Pinochet, protagonizó la célebre fuga en helicóptero de la Cárcel de Alta Seguridad y lleva décadas preso. Fernández lo visitó durante años en la cárcel de máxima seguridad. Lo que encontró, dice, no era el comandante que esperaba.
El bar del hotel está vacío a media tarde. Afuera, a pocas cuadras, la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires mantiene su movimiento habitual: colas, bolsas cargadas de libros, conversaciones cruzadas. Fernández viene de presentar Marciano en distintos espacios de la feria y esa noche volvería a hablar del libro en otra sala repleta.
La novela, publicada en 2025 por Random House, surgió después de años de visitas a Mauricio Hernández Norambuena, alias “comandante Ramiro”: ex líder del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, condenado en Chile por el asesinato del senador Jaime Guzmán y por su participación en distintas acciones armadas, además de un secuestro en Brasil.
Actriz, guionista, feminista y narradora, Fernández pertenece a la llamada “literatura de los hijos”: la generación que creció durante la dictadura chilena y convirtió esa memoria en materia narrativa. Su obra incluye novelas como Mapocho, Space Invaders y La dimensión desconocida, donde la memoria política aparece siempre como una zona incómoda, atravesada por archivos, fantasmas y preguntas sin resolver.
Con Marciano, vuelve al mismo territorio: la historia reciente de Chile y la tensión permanente entre épica y horror.

- Colección: Random House
- Páginas: 520
- Target de edad: Adultos
- Tipo de encuadernación: Tapa blanda con solapas
- Fecha de publicación16-10-2025
- Autora: Nona Fernández
La escritora que roba el tiempo
Antes de hablar del libro, Fernández habla de la escritura. O, más precisamente, del tiempo que la escritura necesita.
“Yo no soy escritora profesional”, dice casi como advertencia. “Siempre estoy robando tiempo para poder tener tiempo para la escritura”, cuanta en la charla con Puro Contenido, en el marco de su visita a Buenos Aires, donde participó de la 50° Feria Internacional del Libro.
Su método comienza mucho antes de sentarse frente a la página: archivos, investigaciones, apuntes dispersos, observaciones acumuladas en medio del trabajo, la vida familiar y las obligaciones cotidianas. La investigación ocurre “entremedio de todo”, explica. La escritura llega después, cuando aparece cierta claridad sobre cómo empezar.
La maternidad, lejos de bloquearla, terminó moldeando su forma de trabajo. “Yo aprendí a escribir con un hijo chico, y eso te hace aprovechar el tiempo de manera muy brutal”. De ahí surgió una capacidad que hoy considera fundamental: escribir en cualquier lugar.
“Por supuesto que prefiero el silencio y mi escritorio inmaculado. Pero si tengo que escribir en un café, voy a escribir en un café. La maternidad me regaló esa posibilidad, la de entrar rápidamente y aprovechar todo.”
Su formación literaria también tuvo algo de búsqueda autodidacta. Estudió teatro, pero la escritura siempre apareció como una obsesión paralela. En plena dictadura, dice, no existían espacios claros para formarse como escritora. Los talleres literarios, de la Biblioteca Nacional, de instituciones culturales o de escritores particulares, fueron el lugar donde encontró maestros y comenzó a escribir.
“El teatro fue un puente. La escritura fue el destino”.
Patricia Paola Fernández Silanes nació en Santiago en 1971. Actriz, guionista, militante feminista y narradora, pertenece a la llamada “literatura de los hijos”: la generación que creció durante la dictadura de Pinochet y cuya obra procesa esa memoria desde la perspectiva de quienes eran niños o adolescentes en esa época.
Su bibliografía incluye Mapocho (Premio Municipal de Literatura), Space Invaders (finalista del National Book Award en su traducción al inglés) y La dimensión desconocida (Premio Sor Juana Inés de la Cruz).
Con Marciano, vuelve al mismo territorio que la obsesiona: la memoria como archivo vivo, la historia reciente de Chile, la zona oscura donde conviven la épica y el horror.

“Cuando ya sé que me toca escribir, porque tengo ciertas claridades de por dónde partir, lo único necesario para mí es tener tiempo. Y ojalá desde la mañana”.
El apagón y la resistencia
Cuando habla de la dictadura chilena, Fernández usa una expresión que repite varias veces: “apagón cultural”.
“La dictadura no solo mató y desapareció personas. También intentó arrasar la cultura”, dice. Los teatros eran incendiados, los espacios institucionales estaban intervenidos, la censura atravesaba todo. Pero debajo de esa superficie surgió una cultura de resistencia.
“Empieza una cultura que ocurre en las calles, en el borde, para que no se notara”, recuerda.
Teatro callejero, poesía, talleres clandestinos, lecturas colectivas: una escena cultural que sobrevivía desde abajo mientras el aparato oficial intentaba disciplinar el relato público.
En ese contexto creció Fernández. Los apagones, el miedo y las noticias sobre las acciones del Frente Patriótico Manuel Rodríguez forman parte de sus recuerdos de adolescencia. A Mauricio Hernández Norambuena comenzó a identificarlo con claridad después de la fuga en helicóptero de 1996, cuando cuatro nombres aparecieron en todos los diarios chilenos. Uno de ellos era el comandante Ramiro.
El comandante que resultó ser una persona
El origen de Marciano fue un proyecto televisivo. Una productora convocó a Fernández para trabajar en una serie sobre el Frente Patriótico y Mauricio Hernández Norambuena sería la principal fuente de información.
Consiguieron autorización para visitarlo en prisión. El proyecto finalmente se canceló, pero Fernández ya había entrado en esa historia: “me quedé con el permiso y seguí yendo”.
Durante años lo visitó todos los viernes. Al principio llevaba un lápiz y un cuaderno, aunque las conversaciones eran demasiado intensas y desordenadas para tomar notas precisas. Después encontró otro método: salía de la cárcel, se subía al auto y grababa en el celular todo lo que recordaba.
Lo que encontró no coincidía con la imagen previa que había construido.
“Pensé que me iba a encontrar con alguien muy enclavado en los setenta, con un pensamiento muy atrapado en esa época”, relata.
La sorpresa fue otra.
“No me encontré con un militar, me encontré con una persona que había estado encerrada mucho tiempo, que había pensado muchísimo sobre sí mismo y sobre su historia política”.
Ese descubrimiento desplazó el eje del libro. Más que la épica del combatiente, empezó a interesarle la humanidad del personaje: sus dudas, sus contradicciones, los fantasmas con los que convivía dentro de la celda.
“Me encontré con un gran lector, un buen estratega, alguien muy lúcido respecto del presente”, cuenta Nona Fernández.
Un libro que no busca concluir
Fernández define Marciano como una novela, aunque reconoce que la categoría es insuficiente.
El libro trabaja sobre un archivo real, Mauricio Hernández Norambuena existe, tiene nombre, historia y opiniones concretas, pero al mismo tiempo despliega operaciones literarias: muertos que hablan, recuerdos reconstruidos, diálogos imaginados, zonas donde el archivo ya no alcanza.
“Cuando comienzan a hablar los muertos, ahí aparece la ficción”, explica.
La novela alterna conversaciones entre N, Nona, y M, Mauricio o Marciano, con las voces de antiguos compañeros muertos que siguen habitando el encierro del protagonista.
“El libro no busca concluir nada”, insiste. “No es una biografía, ni un alegato, ni un libro periodístico.” Lo que le interesa es sostener preguntas.
“Yo no creo en la escritura terapéutica. Escribo porque quiero comunicar algo, porque quiero mantener un diálogo con las lectoras y los lectores”.

Nona Fernández: la incomodidad como territorio
La figura de Mauricio Hernández Norambuena, admite Fernández, sigue siendo profundamente incómoda en Chile.
“Es un villano o un héroe, un santo o un demonio”, define en una frase no intenta resolver la contradicción, sino describirla.
Mauricio fue parte del Frente Patriótico Manuel Rodríguez y una de las figuras asociadas al asesinato de Jaime Guzmán, ideólogo central de la derecha pinochetista. Para ciertos sectores de la izquierda sigue siendo un símbolo de resistencia armada; para la derecha chilena, una figura maldita.
“Probablemente también está pagando por eso”, dice Fernández.
La escritora ya había trabajado sobre personajes incómodos en La dimensión desconocida, donde reconstruyó la historia de Andrés Valenzuela Morales, un agente de inteligencia de la dictadura que participó en torturas y luego desertó para denunciar los crímenes del régimen.
“Era un torturador, un monstruo, podríamos decir. Y también alguien muy incómodo para todos.”
Ese territorio ambiguo es precisamente el que le interesa explorar. No la pureza moral, sino las grietas. “Creo que ahí aparece el deseo de entrar en estas historias”, afirma.
La pertinencia de escribir hoy y el diálogo con los lectores
La pregunta sobre para qué sirve escribir atraviesa toda la conversación.
“Siempre me pregunto qué pertinencia tiene lo que estoy trabajando”, admite.
Durante años escribió sobre memoria, dictadura y violencia política con la convicción de que ese trabajo ayudaba a construir un “nunca más”. Pero el presente global, el avance de discursos autoritarios, el deterioro democrático, las nuevas violencias, volvió más frágil esa certeza.
“Uno escribe para dejar pactado un nunca más, y después ve que las cosas vuelven a pasar”, reflexiona Nona.
No responsabiliza a la literatura por eso, pero tampoco la deja afuera de la discusión: “las responsabilidades no son de la literatura. Pero uno tiene que hacer una crítica siempre”.
Sin embargo, no habla desde el desencanto absoluto. Más bien desde la necesidad de insistir. En ese sentido, remarca que “tenemos que ponernos más creativas, más lectoras, más interesantes”.
Para Fernández, el desafío ya no es solo resistir, sino proponer nuevas formas de imaginación política y cultural.
El tiempo, la tecnología y la lectura
Fernández observa con preocupación el vínculo contemporáneo con el tiempo y sostiene que “la gente no tiene resistencia a los textos largos, a las películas largas, a las obras largas”.
Para ella, la literatura necesita precisamente lo contrario de la lógica actual: lentitud, atención, permanencia y lo ejemplifica desde su propia experiencia: “cuando un libro es bueno, yo no quiero terminarlo”.
No tiene una mirada apocalíptica sobre la tecnología. Cree que las herramientas digitales pueden ser valiosas y que internet también permitió descubrir autores, conectar personas y ampliar conversaciones. El problema aparece cuando los algoritmos empiezan a modelar la sensibilidad colectiva.
“La tecnología nunca es mala en sí misma. El tema es cómo la ocupamos”
Habla de una “adolescencia tecnológica” de la humanidad: un momento donde todavía no aprendimos a regular ni a comprender del todo el impacto de esas herramientas.
También le preocupa la dificultad creciente para acceder a bienes culturales: libros caros, menos tiempo para leer, concentración de consumos.
“La tecnología se vuelve una barrera cuando limita nuestra capacidad de detener el tiempo y sostener la atención”, analiza.
Ni apocalíptica ni ingenua
Fernández no se define como pesimista.
“Yo no registro lo apocalíptico. Registro la crisis, sí” y dice que el mundo atraviesa un momento difícil, pero insiste en que todavía existe la posibilidad de actuar, imaginar y construir algo distinto.
De todos modos, dice que “no alcanza solo con resistir o cuidarnos. Hay que proponer”. Acaso en esa afirmación haya una luz a seguir.
Habla de entusiasmo, de deseo, de la necesidad de volver a pensar colectivamente incluso en tiempos donde predomina el cansancio.
La memoria, reconoce, sigue siendo el gran núcleo de su obra. Cada libro parece conducirla inevitablemente al siguiente. Siempre cree que el próximo se alejará de la historia chilena y de la dictadura. Nunca ocurre porque, cuenta, “una historia me lleva a la otra”
Sobre lo que viene después de Marciano, apenas adelanta algo: un proyecto más pequeño, más íntimo, más personal.
“El encierro simbólico en el que estuve trabajando me dejó con ganas de quedarme encerrada un poco más. Pero en un mundo más personal”.
Afuera, Buenos Aires está gris y Nona se despide con el relato del camino inverso.
Del Aeroparque porteño volará de vuelta a Santiago de Chile. Tras la Cordillera, la esperan el juego de las palabras y la memoria, diseñado por el trabajo de la creación.
Una pausa le permitió estar en esta nota y pasar, una vez más, por la Feria del Libro de Buenos Aires.

