El filósofo y politólogo Santiago Polop analiza cómo esos fenómenos, exacerbados por la hiperconectividad y el neoliberalismo, moldean un presente que desafía la construcción de un futuro colectivo. Una reflexión profunda sobre la exclusión, la individualidad y el rol de la tecnología en la sociedad argentina y global.
Con un tono sereno, reflexivo y profundamente analítico, Polop, desde su estudio rodeado de libros y con el ritual del mate como compañero, desentraña la lógica de la disyunción y la implosión social.
Estos conceptos son clave para comprender las dinámicas de exclusión, la hiperconectividad y el futuro de la humanidad en la era digital, presentados con la seguridad de quien ha dedicado años al estudio, logrando que ideas complejas resulten accesibles sin perder su rigor intelectual.
Santiago Polop se conecta virtualmente desde Río Cuarto, en la provincia de Córdoba. Es Licenciado en Filosofía, Doctor en Ciencias Políticas y docente del Departamento de Filosofía de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Río Cuarto.
Frente al interrogante de cómo opera la lógica de la disyunción, como primera aproximación al fenómeno que estamos viviendo en la sociedad argentina, Santiago Polop dice que es “lo tiene que ver, por supuesto, con la institución de lo común como gran ordenador social. No es que siempre vivimos en lógicas de ‘O’, y que bajo otras perspectivas o gobiernos vivimos en lógicas de conjunción, que serían las lógicas del ‘y’ o del ‘con’”.
Analiza que lo que sí podemos ver en “gobiernos con características como las que tenemos o agendas como las que nos atraviesan, y que en todo caso representa nuestro gobierno nacional, agendas de ultraderecha, de neofascismos”, son lógicas en las cuales la disyunción tiene un lugar preponderante.
Es decir, agrega Polop, “cuando Peter Thiel, Nick Land o Curtis Yarvin explicitan que la civilización, lo que ellos consideran civilización, es una oposición entre libertad o democracia; cuando estas lógicas instituyen lo individual o lo común, esa disyunción lo que supone es binarizar: o éxito o fracaso, como instituye más que nada el neoliberalismo. Lo que estas lógicas instalan como formas de vida, como ontología, son criterios respecto al ser y, por oposición, al no ser”.
El éxito, lo que es, de acuerdo a sus criterios, supuestos y principios, es aquello que está tramado en base a un éxito instituido por una lógica de la mercancía, por la lógica del mercado. Aquello que es, es aquello que libera en función de la apropiación individual del mundo. Y el “no ser, es decir, la lógica de la disyunción, el ‘o’, lo que fracasa, lo que pierde la democracia, serían como aquellos elementos que ralentizan al mercado o que obstaculizan el desarrollo del individuo, o que hacen fracasar lo que podría tener éxito”, reflexiona.
Por lo tanto, lo que queda del otro lado de la institución forzada de esta disyunción, de esta línea que abisma lo real, es tenido “por deficitario, por fracasado, por innecesario, por necesariamente excluido”.
Por lo tanto, esto, en términos reales de la política práctica, lo que activa son lógicas y políticas públicas, o agendas de redes, agendas de los think tanks de la derecha, etcétera. Lo que sí procura y va acrecentando son prácticas cada vez más violentas de la exclusión de lo otro, y también prácticas en las cuales el propio sujeto, que es objeto negativo de esta disyunción, es decir, este sujeto que queda del otro lado abismado, es, por supuesto, receptor de estas violencias que lo excluyen, que lo separan, que lo cortan del funcionamiento de un modelo social en el cual, por supuesto, hay o está pensado para muy pocos o muy pocas.
-Pensaba, mientras explicabas esta primera parte. que históricamente hubo modelos de exclusión. Recordaba hace casi un cuarto de siglo, en el 2001, la crisis que pasó en todo el país y el fenómeno de los saqueos, por ejemplo. Derivó en que, como modo de control de los barrios, de los territorios, se había desparramado, policía mediante, actores estatales mediante, la idea de ‘vienen de otro barrio a saquearnos’.
Entonces la gente ya se quedaba en su barrio. Y de esa manera, en parte, por lo menos en Buenos Aires y en otras grandes ciudades, desactivaban la protesta hacia la plaza o hacia los lugares de mayor concentración. Y el otro era un otro de nosotros. Al igual que en este barrio, también excluido, también golpeado, castigado por la crisis de los 90, 2001.
Hoy, ese tránsito del otro, esa crueldad de la que tanto se habla, ¿cómo la ves manifestada? Entendiendo que el dinero como mediador está muy presente, al punto tal que un leitmotiv de la campaña presidencial, salto al Milei candidato, era ‘no hay plata’, o sea, que explicitaba también ese mediador entre estar o no estar, entre estar incluido o estar excluido. Y ni hablar que la plata que tenía el otro era de un enemigo, de la casta, del político que te la sacaba a vos. ¿Cómo lo ves hoy en esa clave de la autarquía también como enemigo, aunque sea tan pobre como uno?
-Sí, claro. Creo que esta lógica de la disyunción de la que hablamos recién, lo que activa, en términos de agenda o de políticas públicas cuando es gobierno, como en el caso de nuestro país, es justamente el ordenamiento o, vamos a decirlo mejor, la destitución de la conjunción.
¿Qué significa la destitución de la conjunción? Significa romper todos los lazos o todos los criterios o todas las políticas que invitan o trabajan o han luchado justamente por la conjunción, por el ‘y’ y por el ‘con’.
Podríamos pensar todas las políticas que los sectores populares, que los sectores del trabajo, que los sectores subalternizados, le hemos disputado a aquellos que los tenía afiliados a privilegios, han sido políticas en las cuales la conjunción ha sido no solamente el principio organizativo, sino el principio fundacional de los derechos o de los principios de posibilidad de un bienestar o un desarrollo común, más igualitario, más armónico, más bienestarista, como le queramos decir, pero el punto de partida ha sido la conjunción.
Programa completo de Informe de Pájaros, del 19 de mayo de 2026, donde fue emitida la entrevista a Santiago Polop.
La implosión como mecanismo
Santiago Polop asegura que “podríamos pensar que, en oposición, esta lógica de la disyunción lo que hace es un trabajo muy mentado, muy bruto, pero sí muy específicamente arraigado en canibalizar, en destituir aquello que podemos pensar como lógica de conjunción”.
– ¿Qué significa activar lógicas de la implosión?
Bueno, esto básicamente, hacer que los sujetos, las subjetividades en términos individuales y colectivos, implosionen.
Es decir, provocar degradaciones inmanentes de la subjetividad hacia adentro. Que las instituciones, por ejemplo, las educativas, las de salud o los actores colectivos implosionen, significa básicamente que corten estos lazos indicadores que activarían la posibilidad de pensar algo colectivamente.
Si algo implosiona, no salpica. Si algo no estalla, no se ramifica. Cuando el 2001, decías vos, ‘estalla’, lo que genera son actos de solidaridad entre sujetos que se empiezan a reconocer como víctimas, como subalternizados, como oprimidos, como violentados.
La práctica inmediata a veces del poder, es ordenar otra vez inmediatamente la separación.
Santiago Polop.
Yo creo que este tiempo, la ultraderecha, el neoliberalismo, el capitalismo tardío de este tiempo, aprende. Son agendas que aprenden. Y uno de los grandes aprendizajes, tal vez, de los movimientos que intentaron subvertir el estado de cosas post-2001 en Argentina como en Latinoamérica, toda esa memoria sobre el saqueo, sobre la violencia que activó política de conjunción, me parece que sobre eso este nuevo formato que tienen las ultraderechas y los neofascismos de este tiempo han aprendido que es tal vez más eficiente para sus fines activar modos de implosión.
Entonces, ¿qué es lo que me parece notar en nuestro tiempo? Como dicen estos sociólogos, vemos subjetividades que se terminan alienando en sus pequeños encierros.
Por ejemplo, vos nombrabas hace un rato el suicidio. Bueno, el crecimiento de la tasa de suicidio juvenil en Argentina hoy es superior a cualquier otro tipo de muerte violenta en nuestro país.
Entre los 15 y los 29 años, la tasa de suicidios es mayor que crímenes violentos como pueden ser homicidios o accidentes de tránsito. Y eso es un fenómeno que, en Argentina, por ejemplo, está a contramano del mundo.
Al mismo tiempo, crecen las consultas y los tratamientos y los relevamientos por las lógicas de nuestras redes sociales y comunicación. Crecen los informes respecto a las angustias y a la soledad de las juventudes que terminan en procesos de incremento de consumo de psicofármacos. Así se termina básicamente reactivando una rueda que hace que el sujeto implosione, se medicalice o se aísle. Lo común nunca es una opción.
Los trabajos, los trabajadores, las trabajadoras implosionan toda vez que tienen que ver cómo se degradan su calidad de vida, cómo se acortan sus posibilidades. Las infancias o las juventudes ven en una explosión de redes sociales el solipsismo, la ‘loneliness’, como dicen en inglés, el achicamiento del mundo, a pesar de su hipotética característica infinita que tienen las redes sociales.
Son universos cada vez más pequeños. La comunidad, la experiencia de la comunidad se va acortando, van implosionando las instituciones, vuelvo a decir, educativas, los clubes de barrio, pero también los aspectos más comunitarios vinculados a la política.
Entonces, lo que hay, creo, es un ejercicio de estas agendas de nuestro tiempo, de activación de estos mecanismos de la implosión.
-Lo paradójico, Santiago, pensaba con este último tramo de la respuesta, es que todo esto ocurre a la par de un fenómeno de hiperconectividad que nos acerca en segundos a cualquier lugar del mundo de una manera como no conocíamos en la humanidad durante miles de años, y todo esto en el lapso de menos de dos décadas.
Hoy te conectás con el otro lado del mundo desde el colectivo en el celular. Digo, eso hace 7, 8 años no pasaba. Hace 10 no, y hace 20 menos todavía. Entonces, digo, te mandan de nuevo a la individualidad, te mandan de nuevo con las redes y con la hipersegmentación y la localización y tu sesgo que confirma permanentemente el lugar del mundo en el que tenés a una zona en donde no podés romper cadenas, donde no podés salir, conectarte con otros más que en lo micro, como si estuviéramos encerrados en pequeños barrios sin posibilidad de viajar siquiera a otros, aunque tengamos la tentación de estar en cualquier lugar del mundo. Y en ese sentido ¿y con el futuro qué pasa? Porque los suicidios son una manera de implosionar una vida y no continuar el futuro.
Santiago Polop, con una pausa, tomando un sorbo de mate, dice que “evidentemente, como vos decías o recapitulabas esos datos, los datos todos los tenemos. Tenemos una generación que no piensa en un futuro, si no hay una generación que no está pensando en el desarrollo más allá de su individualidad. Si tenemos tasas de natalidad decrecientes, tasas de suicidio crecientes.
Si tenemos un índice medio por la OCDE, en los países más desarrollados del mundo, de que esta generación, cognitivamente, en la constitución de su individualidad dentro de la burbuja algorítmica”.
-Vivimos en la burbuja, encerrados en los datos algorítmicos: ¿cómo hacemos para diseñar lo que viene?
-Para pensar en un futuro posible, que es parte de una idea que siempre nos cabe a quienes pensamos en proyectos de lo común, en quienes pensamos que el ser humano no es un proyecto acabado, sino siempre en construcción, en quienes creemos que aquello que nos vincula es aquello básicamente que nos instituye como seres humanos, es decir, nosotros somos con y a partir de la otredad.
El humano es un proyecto colectivo o no es.
Frente a aquellos que entendemos la dimensión del riesgo de pensar al mundo desde la apropiación meramente mercantil o del humano sometido como un anexo de un mundo pensado como mercancía, digo, quienes entendemos desde ese lugar la vida misma, me parece que tenemos que activar o reactivar, primero, la reflexión crítica de este presente.
Primero, tratar de organizar bien un mapa que nos ayude a pensar con claves conceptuales este presente para, por supuesto, invitar y trabajar siempre, no nos queda otra, en esa praxis interesante de la pedagogía, de uno y con el otro, respecto a las claves que nos permiten mapear el poder del presente y trabajar mucho en estas lógicas de la conjunción.
Recuperar el trabajo en el ‘y’ y en el ‘con’, en nuestros pequeños grandes ámbitos que habitamos.
Siempre es nuestras pequeñas tareas, pero creo que nos acercamos a un punto en el que esa tarea se vuelve más urgente, inmediata que nunca. Cuando se avizora que el futuro es una imposibilidad, cuando estamos en una situación en la cual los datos en nuestro presente activan una imposibilidad de futuro, bueno, si no nos hacemos las preguntas adecuadas o indicadas ahora, después siempre será muy tarde.
-Hay algo más y tiene que ver con esta mirada a veces apocalíptica que hay de las redes. Umberto Eco hace años había escrito ‘Apocalípticos e Integrados’. Tal vez algún debate de eso, más allá de las décadas que han pasado, permanece en términos de, “bueno, ¿qué hacemos con la máquina, ¿no? La máquina es la tecnología, ¿la rompemos al estilo de la Revolución Industrial porque el problema es la máquina y volvemos a un estado previo al que ya no se va a volver, o lo resignificamos, disputamos el sentido, disputamos la propiedad inclusive, aunque parezca utópico hoy en día de eso? ¿Qué perspectiva positiva ves también en este contexto?”.
-Creo que el desarrollo tecnológico es extraordinario, es parte consustancial del ser humano. El problema es que el concepto de propiedad con la cual se constituye o se instituye la tecnología de nuestro tiempo ha evitado o ha perforado la posibilidad de que esa tecnología sirva a lo humano como un fin en sí mismo y pase a servir absolutamente a un fin de acumulación al infinito que rompe cualquier criterio de conjunción de lo humano.
Yo creo que en relación a la tecnología hay como tal vez tres grandes caminos.
Uno es esas distopías o realidades más bien en las cuales se organiza un control absoluto, un modelo Gran Hermano, un modelo 1984, en la cual corporaciones o estados corporativos pasen a regimentar absolutamente con la tecnología la totalidad de nuestras existencias individuales y colectivas, lo cual es una perspectiva obviamente horrible.
La otra perspectiva es la hipótesis también de que la tecnología deba tener o pueda tener una conducción absolutamente anárquica, es decir, sin ningún criterio fundacional. Por lo tanto, uno quedaría, me parece, sometido a sus posibilidades o capacidades individuales para relacionarse con la tecnología, lo cual de ninguna manera garantiza nada para los proyectos colectivos.
Y tal vez una tercera vía, siempre la más compleja, pero creo que la más virtuosa en términos de un pensamiento humanista, es justamente una regulación entre lo individual y lo colectivo, el desarrollo tecnológico.
Una dialéctica en la cual la posibilidad del humano y el desarrollo del bienestar y de la felicidad del ser humano sea siempre lo que principie a cualquier situación de mercado, de mercantilización de esa vida. Entonces, me parece que el objetivo tal vez tenga que ser o pueda ser esto: pensar siempre lo humano como el principio ordenador.
Informe de Pájaros
- Martes | 20 a 22 en Radio con Aguante
- Con Pablo Mercau, Solana López, Jorge Kreyness y Luana Haiht.
- #ElVueloContinúa

