Nuria Giniger, doctora en Antropología, investigadora del CONICET e integrante del Consejo Directivo de ATE Capital, analizó el estado del sistema científico-tecnológico argentino en el marco del ajuste de la ciencia, en el gobierno de Javier Milei.
Nuria Giniger llega al estudio después de un día de clases que se extendió de mañana a noche. El pluriempleo, explica, no es una elección: “Con el salario de CONICET y el salario de la Universidad de Buenos Aires no alcanza”.
Viene de dictar, ese día, clases en dos posgrados, uno en la UBA, otro en la Universidad Nacional del Comahue, ambos virtuales. Doctora en Antropología, investigadora del CONICET, integrante del Consejo Directivo de ATE Capital: su jornada es, en sí misma, un argumento sobre el estado del sistema científico argentino. Desde ese recorrido llega al estudio de Radio con Aguante, para la entrevista con Informe de Pájaros.
Desde los despidos en el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) y el Servicio Meteorológico Nacional hasta la convocatoria a la movilización universitaria del 12 de mayo, Giniger trazó una lectura histórica y política de lo que está en juego: la soberanía científica, la universidad pública y la capacidad del país de imaginar su propio futuro.
La conversación arranca con una pregunta sobre si es posible pensar en el mediano plazo cuando la urgencia lo tapa todo. “Me parece que hay que pensar las dos cosas, y las dos cosas un poco al mismo tiempo”, responde. Y de ahí en más, Giniger hace exactamente eso: mueve el foco entre la emergencia del presente y la historia larga que la explica.
El desguace en la ciencia y sus formas
El momento es de conflictividad abierta. El INTI, el INTA, las universidades, el CONICET: el ajuste avanza sobre el sistema científico-tecnológico con distintas herramientas. Una de ellas es la brutalidad directa. El secretario de Federico Sturzenegger llegó un domingo a anunciar que despediría 1.400 personas en la sede de San Martín del INTI, prácticamente la totalidad de su planta. “Es como decirle: bueno, los voy a echar a todos”, describe Giniger. Más que un recorte, es una supresión encubierta del organismo.
Otra herramienta es más silenciosa: los retiros voluntarios. En el INTA los implementaron desde el arranque. Para Giniger, el mecanismo tiene una lógica política precisa: “Apunta a desorganizar, porque ahí hay decisiones individuales. No se puede, no se plantea una estrategia común”.
Y en ese cuadro, subraya algo que distingue este proceso del que se vivió en los 90: entonces, el desguace venía respaldado por papers del Banco Mundial, había financiamiento para las indemnizaciones, existía al menos una cobertura técnica. “Hoy te dicen: te echo”, sintetiza. Sin eufemismos, sin colchón, sin plan.
Universidad: una historia de más de 100 años
Para entender qué se está destruyendo, Giniger propone historizar. El sistema científico-tecnológico argentino se apoya sobre dos pilares. El primero es la Reforma Universitaria de 1918, que abrió el proceso de democratización de la universidad y tuvo hitos sucesivos: la gratuidad en 1949, la resistencia a la Noche de los Bastones Largos, la articulación con los obreros en el Cordobazo, la lucha contra la Ley de Educación Superior. “Hay una larga historia de más de 100 años de lucha del movimiento universitario que forja un modo de entender la universidad en Argentina que es distinta que en otros países del mundo, ni mejor ni peor, pero la nuestra es particular”.
El resultado de esa historia es un sistema de 64 universidades nacionales. “Es difícil pensar algún territorio que no tenga relación de algún modo con la universidad pública”, señala. Todas las provincias tienen al menos una universidad nacional, y en varias hay más de una.
El segundo pilar tiene un origen paradójico. El CONICET nació, a fines de los 50, con el objetivo explícito de sacar la producción científica de las universidades, que eran, en palabras de la época, “un hervidero de zurdos”. Bernardo Houssay recibió el encargo de construir una “campana de cristal”: laboratorios por fuera de la disputa universitaria. Eso forjó un núcleo de élite, de altísimo nivel académico, pero acotado y separado del resto.
La ruptura de ese molde llegó con los gobiernos kirchneristas. Primero Néstor Kirchner reabrió el ingreso al CONICET, que desde los 90, cuando Cavallo mandó a los científicos “a lavar los platos”, había quedado prácticamente congelado. Luego Cristina Kirchner fundó el Ministerio de Ciencia. “Todos los años tenemos nuevos becarios, todos los años tenemos ingresos a la carrera del investigador científico, y eso amplifica enormemente la masa de trabajadores y trabajadoras del CONICET, lo cual reconfigura el organismo”.
Esa reconfiguración es clave: el CONICET actual, que llegó a tener 26.000 trabajadores, aunque ya perdió unos 2.500 en estos dos años, está compuesto mayoritariamente por personas formadas en las universidades públicas, herederas de esa larga tradición de lucha. “Esos somos los que estamos en el CONICET”.
El movimiento contra el ajuste que se forjó en la resistencia
El primer intento de ajuste sobre ese CONICET ampliado llegó con Mauricio Macri, cuando el gobierno intentó limitar los ingresos a la carrera del investigador. “Eso produce una lucha hermosa, realmente, con toma del ministerio incluido.” Y de esa resistencia emergió algo nuevo: un movimiento de trabajadores de la ciencia y la tecnología como identidad colectiva propia, diferenciada del movimiento universitario tradicional. “Existía el movimiento universitario, etcétera, pero no existía un movimiento de científicos, de trabajadores de la ciencia y la tecnología como tales”.
Ese movimiento fue el que le dio a la ciencia pública una visibilidad social inédita. Pero Giniger matiza el relato que reduce todo al streaming del CONICET o al impacto del COVID. “A mí me parece que la historia es un poquito más larga”.
La adhesión que sintieron durante el gobierno de Macri, “gran parte de la sociedad diciendo: esa es la pelea que hay que dar, por cómo van a tocar a nuestros científicos”, fue el producto de décadas de construcción.
Milei, en campaña, anticipó el ataque: “Este nicho de ñoquis lo vamos a cerrar.” Y hay algo de éxito en esa operación, reconoce Giniger. Pero también hay una paradoja que ella no esquiva: “Yo creo que también tiene algo de éxito porque el gobierno de Alberto Fernández se planteó y se autoproclamó como el gobierno de los científicos. Y entonces eso produjo una contradicción nueva sobre nosotros”.
El gobierno que prometió representarlos no avanzó en convenio colectivo de trabajo. El desencanto fue real, y tuvo consecuencias electorales. “Incluso muchos compañeros y compañeras enojadísimos con el gobierno de Alberto Fernández votaron a este gobierno. Que uno pensaría, pero son científicos, qué evidencia”.
Un país en vías de subdesarrollo
Están transformando a la Argentina con estas políticas de un país en vías de desarrollo en un país en vías de subdesarrollo: destrucción del tejido industrial, científico, tecnológico, y retroceso hacia un modelo exportador de materias primas con algo de turismo.
El ejemplo que elige Giniger para ilustrarlo es el Servicio Meteorológico Nacional: el organismo meteorológico más antiguo de América Latina y del sur global, con 150 años de historia, trabajadores altamente calificados, capacidad técnica acumulada durante generaciones. Acaban de despedir 140 personas y se discute si privatizarlo o cerrarlo. “Un organismo que le da servicio incluso a ese país que ellos quieren”, dice con precisión. Porque sin Servicio Meteorológico no hay vuelos seguros, no hay operaciones mineras, no hay logística agrícola. El ajuste se devora incluso las condiciones del modelo que dice querer construir.
“Yo creo que además hay un nivel de improvisación en todo el plan pasmoso”, agrega. No sólo no miden las consecuencias políticas de sus decisiones, la Ley de Financiamiento Universitario fue votada tres veces, y el gobierno no lo vio venir, sino que tampoco miden las consecuencias sobre el propio modelo que pretenden instalar.
Los tiempos de la resistencia
Con el gobierno ya en su tercer año y las elecciones a la vista, la pregunta sobre los tiempos se vuelve urgente. Giniger la toma sin evasiones. “Me parece que el desafío más complejo que tenemos es, por un lado, saber que estamos corriendo contra reloj, saber que además no es un problema exclusivamente nuestro”.
Hay una dimensión regional e internacional que no se puede ignorar: si el fascismo del siglo XXI avanza en toda la región, pensar una salida autónoma de la Argentina “como si fuéramos una isla en otro planeta” es una ilusión. Pero eso también implica una responsabilidad: “Como somos los primeros de la región en que nos gana un monstruo de estas características, también tenemos la responsabilidad de darle combate primero y de decir: esto se le puede ganar”.
El desafío más difícil, dice, es subjetivo: “cómo soportar que nuestros compañeros de trabajo los despidan, se tengan que ir, no puedan participar casi de ninguna instancia colectiva porque están trabajando todo el tiempo sin parar, y al mismo tiempo tener la esperanza de que de la organización popular, de la experiencia de lucha que estamos dando todos los días va a salir algo bueno. Me parece que ahí hay un acto de fe también”.
No esquiva la incertidumbre. Hay algo de imprevisible en la historia, y el punto es “saber cuánto achicamos el margen de lo imprevisible, por lo menos en el pensamiento y en esa proyección.” Hay señales: el 24 de marzo fue una; la pueblada de Chubut, que cuestionó también a la conducción sindical que pactó con el gobierno provincial y de la que se habló muy poco fue otra. El 12 de mayo, convoca, será la siguiente: una movilización universitaria para que se cumpla la ley de financiamiento, alrededor de las tres de la tarde, con punto de concentración a confirmar. “El martes a la tarde hay que suspender todas las actividades porque hay que estar ahí”.

Los pibes y las aulas como refugio
Sobre el final, la pregunta por los estudiantes jóvenes, muchos de los cuales probablemente votaron a este gobierno. Giniger responde desde lo que vivió ese mismo día: en sus dos clases de posgrado, con estudiantes un poco mayores, el 12 de mayo ya estaba sobre la mesa antes de que ella lo mencionara. “Che, pero el martes que viene es 12. No hay clases: hay lucha”. Muy absolutamente claro, dice.
Y más allá de la movilización puntual, hay algo que la sostiene en la rutina agotadora del pluriempleo: “Las clases en la universidad pública son un refugio para nosotros. Hay un espacio ahí de una cierta libertad, que uno tira un disparador y vemos qué pasa.” Hay voluntad de debate, de participar, de aprender. Hay algo que se mueve.
Después de un día entero de clases virtuales entre Buenos Aires y Neuquén, Giniger cierra la noche en el estudio de radio. Porque estos tiempos se desarrollan en multiples escenarios en simultáneo.
Informe de Pájaros
- Martes | 20 a 22 en Radio con Aguante
- Con Pablo Mercau, Solana López, Jorge Kreyness y Luana Haiht.
- #ElVueloContinúa

