Narradora, ensayista y jurista, Paula Winkler reflexiona sobre la inteligencia artificial, la devaluación de la palabra y el lugar de la mujer en la historia. “El país no puede vivir un debate permanente: hay que definir. Y lo que está faltando es el lazo social”, asegura en esta nota sobre el campo de las ideas y la literatura.
Es una mañana lluviosa en Buenos Aires y en un café porteño, Paula Winkler se dispone a pensar en voz alta, con la misma paciencia para la charla con la que mira tras el horizonte de la vidriera.
Paula Winkler cruza territorios con la misma naturalidad con que cambia de género literario: de la novela histórica al ensayo, del cuento breve a la nota de opinión, del tribunal al taller literario. Doctora en Derecho y Jurisprudencia, magíster en Ciencias de la Comunicación, exvocal del Tribunal Fiscal de la Nación y formada en los talleres de Liliana Heker y Elsa Drucaroff, su obra construye un diálogo persistente entre ética, lenguaje y experiencia contemporánea.
Hoy, con más de veinte títulos publicados en Argentina y el exterior, se consolida como una voz que piensa el presente sin concesiones.
¿Estamos yendo hacia un gobierno de máquinas?
La pregunta no es retórica. Winkler la responde con un ejemplo concreto: cuenta que desde 2025, una isla remota del archipiélago filipino es gobernada por inteligencia artificial. Los tres poderes clásicos, ejecutivo, legislativo y judicial, funcionan mediante algoritmos. El gobierno humano de Filipinas no reconoce esa administración, y la comunidad internacional tampoco. Pero el experimento existe.
“Hay gente que ya está trabajando en esto desde hace muchísimo tiempo”, dice. Una isla alejada del territorio continental, con muy pocos habitantes, tomó la decisión de que no hubiera gobierno de mano. “Se cargaron los algoritmos para que funcionaran los tres poderes tradicionales”, cuenta.
Destaca que “la única excepción es que esa gobernanza artificial es revisada periódicamente por un consejo de humanos y hay elecciones electrónicas entre los habitantes”.
Pero lo que más la inquieta no es ese experimento institucional, sino algo que circula en los círculos especializados en inteligencia artificial: la historia de dos sistemas computacionales que, puestos a dialogar entre sí para mejorar sus mecanismos, desarrollaron en algún momento un lenguaje algorítmico propio, ininteligible para los humanos. Un idioma que se inventaron entre ellas.
“Esto es algo que sabe solamente la gente superespecializada en inteligencia artificial”, advierte, “porque evidentemente da una idea de peligro. Por eso se insiste tanto en el mundo en regular. Ya no es solamente una cuestión de plagios en literatura o de derechos de autor: es algo mucho más profundo.”
Winkler reconoce que no le gusta avivar paranoias, pero también es clara: las regulaciones internacionales pueden no alcanzar. “En un momento, ni las regulaciones van a seguir”, anticipa, escéptica.
Una escritura que no responde a compartimentos estancos
La obra de Winkler tiene una coherencia interna que se vuelve más visible a medida que crece. La ficción explora los dilemas humanos, el cuento observa lo mínimo y el ensayo amplía esas preguntas hacia lo colectivo. En novelas, cuentos y microrrelatos, la autora se detiene en los vínculos: familiares, sociales, institucionales. La intimidad y los pequeños gestos funcionan como escenarios donde se revelan tensiones éticas, afectivas y políticas.
En Sabias, santas, rebeldes (Diotima, 2024), su novela más reciente, ese método se despliega con toda su potencia. El libro entrelaza el siglo XIV con el presente para narrar historias de mujeres que resisten los mandatos de su tiempo: Santa Brígida de Suecia, las beguinas medievales y una profesora de filosofía contemporánea atravesada por el duelo.
La ficción histórica se convierte en una forma de reflexionar sobre la espiritualidad, la autonomía femenina y los mandatos sociales que atraviesan épocas distintas.

En Sabias, santas, rebeldes (Diotima), la Winkler entrelaza el siglo XIV con el presente para narrar historias de mujeres que resisten los mandatos de su tiempo: desde Santa Brígida de Suecia y las beguinas medievales hasta una profesora de filosofía contemporánea atravesada por el duelo.
El origen de esa novela tiene algo de azaroso y algo de necesario. Winkler narra que después de la muerte de su marido, en 2018, una amiga le sugirió rezarle a Santa Brígida, patrona de las viudas. Esa recomendación desencadenó una investigación que la llevó a Suecia, a una iglesia protestante con pastora alemana, a la historia de una mujer medieval que donó todo lo que tenía para fundar una institución que aún existe.
“Me puse a investigar a Santa Brígida”, cuenta. “Era lo que hoy llamaríamos una misionera: viuda, con un hijo difícil, que decidió implementar un plan político, donó todo lo que tenía para una fundación y empezó a luchar contra la corrupción dentro de la Iglesia. Tiene una conexión sueca, pero también es patrona de Europa. Cuando empecé a tirar de ese hilo, apareció la novela”.
“En mí nunca existió la página en blanco”
¿Dónde está la hoja en blanco para quien escribe hoy? Winkler responde sin dudar: en el cerebro, no en el papel ni en la pantalla. Ella, que pasó de la máquina de escribir a la computadora sin internet, primero con conexión limitada y hoy con todas las herramientas digitales disponibles, dice que la incertidumbre creativa nunca fue un obstáculo técnico.
“De todas maneras escribo rápido. Cuando estoy escribiendo, escribo. Y hay algo misterioso en eso, sobre todo en la novela: lo tengo chequeado con amigos, colegas, escritores, que también me dicen que pasa algo difícil de explicar”, cuenta.
Lo que sí puede precisar es que su formación jurídica le dio un punto de partida disciplinado: antes de crear, hay un deber ser, una estructura que ordena. “En mi trabajo judicial, el deber ser me obligaba a mirar la causa con seguridad, dar la prueba, ver los asistentes al tribunal. Ese era el punto de partida. En la literatura hay algo parecido, pero menos definido: hay una confusión creativa que es lo que puedo decir”.
En celular no escribe: “Me molesta. No puedo escribir un cuento, un poema en el celular”. Aunque, reconoce que podría hacerlo. La herramienta importa, pero no determina. Lo que determina, dice, es la disposición del cerebro.
La palabra devaluada y el lazo social que falta
Uno de los ejes más persistentes en la obra de Winkler es la reflexión sobre el lenguaje como espacio ético. Tanto en la ficción como en el ensayo, interroga el uso de la palabra, su degradación en el discurso público y su potencia como herramienta de convivencia y pensamiento crítico. En la entrevista, esa preocupación se vuelve urgente.
“La palabra está muy devaluada”, dice con una convicción que no necesita énfasis. “Hoy día todo se devalúa. El país no puede vivir un debate permanente: hay que definir. Y lo que está faltando es el lazo social, la conciencia de quienes hemos estudiado y podemos ver un poco más”.
Su diagnóstico es el de una escéptica lúcida, no el de una pesimista resignada. “Soy una escéptica totalmente escéptica, no solo respecto de la ciencia sino del mundo. Creo que en un momento ni las regulaciones van a seguir. Pero en algún momento tiene que aparecer alguien: un partido, algunos políticos, algunos dirigentes sociales”.
Esa tensión entre el escepticismo y la esperanza sostenida es, también, el motor de su nuevo ensayo.
Un giro hacia la sensatez: pensar el presente sin concesiones
En Un giro hacia la sensatez. Apuntes para una buena (con)vivencia, Winkler propone una reflexión sobre el malestar de la cultura contemporánea. En un mundo atravesado por la confusión moral, la banalización del discurso público y la pérdida del pensamiento crítico, la autora invita a recuperar la sensatez como un gesto ético: pensar, convivir y hacerse responsable de la palabra.

El ensayo de paula Winkler articula filosofía, derecho, psicoanálisis y literatura para interpelar al lector desde la vida cotidiana y la ética.
El libro articula filosofía, derecho, psicoanálisis y literatura desde una voz propia y situada, atenta a la experiencia cotidiana y a los vínculos sociales. La sensatez aparece aquí no como moralina sino como una forma de resistencia frente al ruido, la velocidad y la deshumanización del presente.
A lo largo del ensayo, reflexiona sobre el lenguaje, el poder, la posverdad, la erosión de las instituciones y el lugar del sujeto en el siglo XXI.
El feminismo, la transversalidad y sus límites
Winkler se formó en el psicoanálisis lacaniano, aunque matiza: “No soy lacanista en el sentido de estar en una iglesia del lacanismo, sino lacaniana en el sentido de que me tomé el trabajo de leer todos los seminarios. Lo colectivo me interesa desde el punto de vista de lo social, pero sin descuidar al sujeto”.
Desde ahí piensa el feminismo con la misma exigencia crítica que le dedica a cualquier otro fenómeno. Valora la transversalidad como estrategia colectiva, pero advierte sus límites: “La transversalidad llega a un punto. Cuando ponés en práctica ciertas cuestiones, algunas van a estar de acuerdo con determinadas políticas y otras no. En todos los procesos productivos, sobre todo cuando son sectoriales, hay límites”.
Y desafía una idea instalada: que una mujer en el poder es sinónimo de bondad o humildad con el pueblo. “¿Por qué? Si entre nosotras también somos competitivas, tenemos representación de clase. Una mujer que llega a la Corte Suprema o a un cargo político importante no necesariamente va a tener una agenda popular. Eso hay que decirlo”.
Al mismo tiempo, reconoce en la historia larga del matriarcado nórdico, que aparece tematizado en Sabias, santas, rebeldes, una clave para entender el presente: “En Suecia, y también en Alemania, hay una cultura mucho más matriarcal. En Alemania, las mujeres se empoderaron obligadamente durante las guerras: se hicieron cargo de los negocios, los hijos, todo. Y eso continuó”.
Los barrios, la familia, el territorio: el origen de una voz
¿Cómo enriquece al ensayo de la ficción? ¿Qué le da el cuento a la novela?
Winkler encuentra la respuesta en su historia personal: una familia de origen múltiple, visión catalana de la abuela materna, herencia alemana del lado paterno, barrios porteños como escenario, una formación que cruzó el derecho con las letras, y talleres literarios que pusieron en diálogo esas experiencias dispares.
“Yo vengo de los barrios”, dice. “Por parte de mamá, una familia argentina muy tradicional que produjo grandes artistas. Mi madre viene de la parte más humilde, de los barrios de catalanes. Y tengo la visión alemana de mi papá y mi abuela paterna. Eso está en todo lo que escribo, aunque no siempre de manera evidente”.
Esa pluralidad de miradas es también la que le permite moverse con soltura entre géneros: en libros como Pulpos, mulitas, kiwis (Vinciguerra, 2024), un libro-objeto con microrrelatos ilustrados por Carolina Peralta, lo cotidiano, lo animal y lo mínimo se vuelven metáforas de la condición humana.
En La casa está en orden, la intimidad y la vida cotidiana funcionan como escenarios de conflicto y reflexión.
Colaboradora permanente de la revista Letralia y del periódico valenciano Diario Siglo XXI, con libros reseñados en las revistas Turia (España) e Hispamérica (Washington D.C.), Winkler escribe desde Buenos Aires para un lector que puede estar en cualquier parte.
Y escribe, sobre todo, desde la convicción de que la palabra bien usada sigue siendo, a pesar de todo, una forma de resistencia.
Con respecto a la pregunta reiterada de si es optimista o pesimista sobre el futuro, esquiva la trampa binaria: “Soy escéptica. Pero el escepticismo no quita la esperanza. En algún momento tiene que aparecer alguien. Tiene que aparecer”.
La bio de Paula Winkler
Nació en Buenos Aires. Es Doctora en Derecho y Jurisprudencia por la UBA, fue nombrada Jurista Notable por el Ministerio de Justicia de la Nación en 2002 y es Magíster en Ciencias de la Comunicación por la Universidad CAECE.
Especializada en estudios semiológicos de la cultura, fue Vocal del Tribunal Fiscal de la Nación y profesora en la UBA, la Universidad de Belgrano, la Complutense de Madrid y la UNAM de México, entre otras.

Se formó en los talleres de Alicia Tafur, Nicolás Bratosevich, Elsa Fraga Vidal, Silvia Plager y Liliana Heker, y realizó clínica literaria con Elsa Drucaroff.
Entre sus libros se cuentan Los muros (1999), El vuelo de Clara (2008), El marido americano (2012), Fantasmas en la balanza de la justicia (2017), Viaje a Escandinavia (2020), Maldades (2021), Sabias, santas, rebeldes (2024) y Pulpos, mulitas, kiwis (2024). En 2026 presenta Un giro hacia la sensatez. Apuntes para una buena (con)vivencia.
