La cobertura mediática rusa que se usó para acusar a Konstantin Rudnev en Argentina

Rudnev

La novena entrega de la serie de Bitter Winter y CESNUR analiza dos décadas de cobertura rusa y detecta una coincidencia inesperada: los medios del Kremlin y los medios en el exilio que lo enfrentan escribieron lo mismo sobre Konstantin Rudnev. Los fiscales argentinos citaron el contenido de esos artículos para justificar su detención.

  • Foto de apertura: portada de uno de los episodios de la serie de videos antisectas ‘El llamado de Shambhala’

La serie internacional de estudios sobre el caso de Konstantin Rudnev, el ciudadano ruso imputado en la causa federal de Bariloche, sumó su novena entrega. La firma la investigadora lituana Rosita Šorytė y fue publicada por Bitter Winter, en el marco del trabajo coordinado por el sociólogo italiano Massimo Introvigne junto al CESNUR.

El trabajo tiene una particularidad que lo vuelve especialmente relevante para el expediente argentino: rastrea el origen documental de las afirmaciones sobre Rudnev que terminaron citadas en los tribunales de Bariloche.

La premisa del estudio es que la discriminación contra minorías religiosas no empieza en los tribunales ni en las comisarías, sino en las redacciones. Mucho antes de que un juez intervenga o un gobierno adopte medidas restrictivas, sostiene Šorytė, los medios cumplen un rol decisivo en la formación de la percepción pública sobre movimientos religiosos desconocidos.

 A través del sensacionalismo, la selección de datos y la repetición no crítica de estereotipos, se construye la imagen de un grupo como intrínsecamente peligroso. Y una vez que esa imagen se instala, la represión resulta más fácil de justificar y las víctimas del prejuicio quedan aisladas, estigmatizadas y privadas de la presunción de inocencia. Los medios, concluye, no solo reflejan los miedos sociales: ayudan a crearlos.

Alexander Novopashin

En el caso ruso, esa dinámica opera dentro de un sistema particular. El paisaje mediático oficial no es un mercado abierto de narrativas en competencia sino un ecosistema estrechamente administrado, en el que fiscales, servicios de inteligencia y autoridades religiosas moldean la percepción pública mucho antes de cualquier sentencia.

En las causas penales rusas, señala la autora, los periodistas rara vez investigan de manera independiente: repiten los relatos provistos por el Comité de Investigación, el FSB o las fiscalías locales. El juicio contra Rudnev estuvo atravesado por contradicciones, testigos poco confiables e irregularidades procesales, pero ninguna de esas complejidades apareció en la cobertura masiva.

Ese engranaje se refuerza con el rol de la Iglesia Ortodoxa Rusa, que goza de acceso privilegiado a las instituciones del Estado y a las plataformas mediáticas. Tras el repunte posterior al colapso soviético, la Iglesia empezó a perder fieles por diversas razones, y la competencia de las minorías espirituales no era la principal.

Sin embargo, le resultó más cómodo atribuir la caída al “robo de ovejas” por parte de las “sectas” que investigar las causas profundas de su declive. Los activistas antisectas Alexander Dvorkin y Alexander Novopashin, oficiaron de “expertos” en prácticamente todos los informes periodísticos sobre nuevos movimientos religiosos, garantizando que cualquier espiritualidad alternativa fuera encuadrada como “culto totalitario”, con independencia de la prueba disponible.

La cercanía entre ambos mundos quedó documentada por Novopashin mismo, que años después aseguró haber “trabajado junto a los investigadores, presenciando repetidamente el secuestro de pruebas en los departamentos de los miembros del culto” y haber “desprogramado” a algunos de ellos.

Dvorkin, por su parte, fijó la línea oficial en una entrevista al portal Pravda.ru el 7 de octubre de 2010, donde definió a Rudnev como “un famoso estafador y timador con una marcada inclinación sádica” y afirmó que sus seguidores “fueron torturados, golpeados, sumergidos de cabeza en el inodoro, quemados con cigarrillos y cortados”.

En la misma nota admitió que la prueba de esos crímenes era escasa y ofreció la explicación habitual del activismo antisectas: “La voluntad de los miembros de la secta estaba tan suprimida que no admitían ser víctimas. Por eso era muy difícil abrir una causa penal”.

El análisis de una muestra de artículos publicados por los medios oficialistas antes y durante el juicio permitió a Šorytė identificar siete recursos retóricos que se repiten en secuencia: sensacionalismo, pánico sexual, ocultismo y misticismo, lavado de cerebro y esclavitud psicológica, violencia, suicidios y muertes, explotación financiera y amenaza a los niños y las familias.

Alexander Dvorkin, presentado como ‘experto en sectas’ en ‘El llamado de Shambhala’.

El caso Rudnev y cómo se hizo la cobertura

El caso Rudnev contiene todos los elementos, repetidos en decenas de artículos y programas de televisión. El primer movimiento es presentar el caso como único y manifestación de un mal extraordinario. El segundo, convertir el pánico moral en pánico sexual: el título de Pravda cuando fue detenido fue “El organizador de orgías ocultistas espera la cárcel”, y se informó a los lectores sobre “mujeres desnudas” y “esclavas sexuales”. Aunque Rudnev fue condenado por el presunto abuso sexual de una mujer, cuyo testimonio cambió durante la investigación y el juicio, “organizar orgías” nunca formó parte de la acusación.

El tercer recurso agrega una vuelta más: esas orgías eran “ocultistas”. “Era el siglo XXI, no el XVI, y sin embargo el fantasma de la magia negra seguía rondando a los medios y a su audiencia”, escribe la autora. El cuarto es el que sostiene todo el edificio: el lavado de cerebro. Dvorkin y el movimiento antisectas ruso popularizaron durante décadas esa noción como la práctica distintiva de los “cultos destructivos”. ¿Por qué alguien se sumaría a un grupo esotérico y sexualmente desviado al que ninguna persona normal se acercaría? Porque le lavaron el cerebro. ¿Por qué las “víctimas” niegan ser víctimas? Porque las técnicas del culto controlan sus mentes. El razonamiento, señala Šorytė, vuelve la hipótesis inmune a cualquier desmentida.

El quinto recurso es la asociación con muertes. Ya en 2008 “Komsomolskaya Pravda” afirmó que los miembros del grupo “llevaron al suicidio a por lo menos tres personas”, lo que probaría que Rudnev era “el sectario más peligroso de Rusia”. No se aportó ninguna prueba.

Con esa evocativa escena en el cementerio abría el primer documental de NTV.

De esa cobertura parece provenir la historia de un tal “Vladislav Bolshakov”, presentado como un integrante que se habría colgado en 2002 y habría sido “enterrado en plantaciones forestales cercanas a la casa de Rudnev en Plotnikovo”, relatada por exmiembros sin identificar que “no recordaban exactamente” los detalles.

La versión se viralizó y sigue circulando de medio en medio, pero ninguna de las investigaciones contra Rudnev encontró un cuerpo enterrado ni prueba alguna de ese suicidio. En 2021, el problema de la falta de evidencia se resolvió por otra vía: en el popular reality de TNT “Batalla de los Psíquicos”, un autodenominado “hechicero ruso”, Maxim Levin, miró una foto de Rudnev y sentenció con autoridad: “Hay cadáveres detrás de él”.

El sexto recurso es el dinero. Los medios publicaron listas e imágenes de departamentos, autos y joyas supuestamente vinculados al grupo. Novopashin llegó a sostener que “el investigador que detuvo a Rudnev la primera noche recibió de él una oferta muy tentadora: como me contó, Rudnev le ofreció hasta un millón de dólares para que se callara”.

Šorytė apunta la anomalía: Rudnev nunca fue acusado de intentar sobornar a un policía, de modo que, a menos que el sacerdote haya inventado la historia, el oficial no informó a los fiscales, sino solamente a Novopashin. El mismo Novopashin relató que durante los allanamientos encontró “joyas de oro en una bolsa de plástico”, como si guardar alhajas en casa fuera un detalle escandaloso o exclusivo de los “sectarios”.

Alexey Pivovarov informa en ‘Redaktsiya’ sobre la detención de Rudnev en Argentina. Su cobertura replicó la de los medios estatales rusos.

El séptimo recurso apunta al núcleo emocional más eficaz: los chicos. Un documental de la cadena NTV contra Rudnev abre con una madre visitando la tumba de su hijo, presentado como un integrante de la escuela que se habría suicidado arrojándose de un puente. La retórica es constante: los “cultos” rompen familias, roban niños y destruyen la autoridad parental, en línea con la posición histórica de la Iglesia Ortodoxa sobre las espiritualidades alternativas.

Para cuando Rudnev fue detenido, juzgado y condenado, el público ya había sido condicionado para verlo como un monstruo, tras cientos de artículos y segmentos televisivos. La autora agrega una razón política: Rudnev fue apuntado no solo por haber fundado un movimiento espiritual independiente, sino porque criticaba al Estado y al régimen, y en un sistema donde la independencia espiritual se lee como disidencia política, esos movimientos son tratados como amenazas.

Hasta aquí, nada demasiado sorprendente. Lo llamativo del caso Rudnev, sostiene el estudio, es que fue víctima de la calumnia mediática dos veces: la de los medios leales al Kremlin y la de los medios disidentes que lo enfrentan.

Pocos días después de que Rudnev saliera de la cárcel en 2021, la revista liberal secular “Snob” publicó tres artículos sobre el grupo. El primero reprodujo un relato típicamente apóstata a cargo de Elena Zakharova, presentada como una dirigente destacada que logró escapar. Según otros estudiantes entrevistados, Zakharova era efectivamente una alumna avanzada, pero exageró su importancia y su ruptura con Rudnev tuvo motivos personales: esperaba que él se casara con ella.

El segundo artículo repitió las historias de suicidios, orgías y drogas; el tercero la sigue en su transformación en militante antisectas con el proyecto “Stopsekta”, con la aparición del inevitable Dvorkin. Aunque “Snob” pasa por una revista occidentalizada, su cobertura resultó indistinguible de la de los medios estatales.

El punto más sensible para la causa argentina llegó después de la detención de Rudnev en Bariloche. “Meduza”, probablemente la organización periodística independiente en ruso más respetada del exilio, y “The Moscow Times” cubrieron el caso repitiendo sin escrutinio crítico las afirmaciones más implausibles de los fiscales argentinos, con menciones a “manipulaciones pseudoespirituales” y “mecanismos extremos de control”.

Lobanov incluyó una misa oficiada por Novopashin para presentar al arcipreste como un ‘cazador de sectas’ con autoridad.

Una de esas afirmaciones sostenía que una mujer rusa que había viajado a la Argentina para dar a luz, como hacen miles cada año para obtener la ciudadanía argentina para sus hijos, había sido “traficada” por Rudnev con fines sexuales y para reorganizar su “culto” en el país. La historia era absurda a simple vista: la mujer estaba embarazada de ocho meses. Ni “Meduza” ni “The Moscow Times” la contactaron, pese a que vive en Moscú. Si lo hubieran hecho, habrían sabido lo que ella misma declaró a los investigadores y a los académicos que la entrevistaron después: que no fue traficada, que no es víctima, que no era miembro de ningún culto y que nunca conoció a Rudnev.

El caso más paradójico es el de Alexey Pivovarov, uno de los periodistas independientes más influyentes de Rusia y crítico consistente del régimen, cuyo proyecto de investigación “Redaktsiya” dedicó un episodio al caso argentino. Allí repitió la calumnia habitual y promovió “El llamado de Shambhala”, la serie documental de cinco partes estrenada en 2023 por Andrei Lobanov a partir de su tesis en el MGIMO, el instituto que depende del Ministerio de Relaciones Exteriores ruso.

El video compara al grupo de Rudnev con la organización terrorista japonesa Aum Shinrikyo e incluso con Hitler y el nazismo, reproduce acusaciones de lavado de cerebro y relatos de exmiembros disconformes, y narra la detención en Argentina basándose exclusivamente en los dichos de los fiscales. Llega a afirmar que en el episodio del hospital “la joven madre fue rescatada del culto”, ignorando que la propia madre declaró enfáticamente que no era víctima, que no pertenecía a ningún culto y que no necesitaba ser rescatada.

El programa cierra lamentando que las leyes no alcancen para desarticular a estos grupos y expresando la esperanza de que, si los líderes permanecen presos y se detiene a suficientes personas, “se le podría asestar un golpe realmente severo a la organización”. Un deseo, apunta Šorytė, sorprendente en boca de un medio “liberal”. En la misma serie, Dvorkin ofrece un modelo de manual con cinco rasgos para detectar cultos peligrosos, engaño en el reclutamiento, manipulación mental, regulación de todos los aspectos de la vida, explotación de los miembros y deificación del líder, un esquema que, observa la autora, un observador malintencionado podría encontrar en varias religiones, incluida la propia Iglesia Ortodoxa Rusa.

¿Por qué medios antiKremlin adoptan la misma matriz que el Kremlin? El estudio propone tres explicaciones. La primera: frente a religiones desconocidas y grupos esotéricos, los periodistas recurren a la ideología antisectas que internalizaron antes de volverse disidentes, muchos de ellos formados en medios oficialistas. La segunda: algunos disidentes no son disidentes respecto de los valores culturales que promueve la Iglesia Ortodoxa; se oponen al régimen en lo político, pero comparten su sospecha hacia las religiones “no tradicionales”, porque la ideología antisectas no se percibe como política sino como sentido común. La tercera, y la que la autora considera principal en casos como Meduza y Pivovarov: esos periodistas admiran e imitan a los grandes medios occidentales, que tienen su propio sesgo documentado contra los grupos estigmatizados como “sectas”.

Y allí se cierra el círculo, con una ironía que el trabajo subraya. El sesgo antisectas de los medios occidentales está, a su vez, influido por fuentes rusas. Como señaló la Comisión de Estados Unidos para la Libertad Religiosa Internacional (USCIRF) en un informe de 2020, durante su prolongado mandato como vicepresidente de la FECRIS, Dvorkin exportó a Occidente los argumentos antisectas desarrollados dentro de la Iglesia Ortodoxa Rusa y las instituciones estatales rusas, que penetraron por vía del lobby en los mismos medios que los disidentes rusos toman como modelo.

La consecuencia final es concreta y llega hasta Bariloche: “los fiscales argentinos citaron coberturas de medios rusos para justificar la detención de Rudnev, incluidos artículos de medios que se oponen al Kremlin”. La paradoja, concluye Šorytė, es que los medios anti régimen, al repetir la misma calumnia que los medios estatales, terminan favoreciendo involuntariamente los objetivos del régimen ruso, comprometido en la persecución transnacional de sus disidentes. El caso muestra, en definitiva, con qué facilidad una narrativa mediática, una vez construida, cruza fronteras, es adoptada por actores con agendas políticas opuestas y produce consecuencias reales sobre las personas que quedan en su camino.


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