Argentina-Inglaterra: el partido eterno

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Argentina e Inglaterra vuelven a cruzarse en un partido de Copa del Mundo. El resultado deportivo importa, pero alrededor del campo de juego se reactiva algo más antiguo: dos siglos de contactos, disputas y un fútbol que se convierte en el escenario donde esa historia vuelve a representarse.

Antes de la pelota, hubo cañones, ferrocarriles, una guerra y una diplomacia todavía inconclusa. Un Imperio británico que siempre intentó ocupar el espacio que iba perdiendo la Corona española y, como siempre, sectores de la dirigencia argentina que estaban y están dispuestas a servir al poder mundial de turno.  

1806-1807: las Invasiones Inglesas

El primer contacto directo entre ambas naciones fue militar y ocurrió más de un siglo antes de que existiera la selección albiceleste. En 1806 y 1807, en el marco de las guerras napoleónicas, tropas británicas intentaron ocupar Buenos Aires. Las milicias criollas las repelieron en ambas ocasiones, un episodio que quedó en la memoria colectiva como el primer antecedente de resistencia frente a una potencia europea en el Río de la Plata.

Siglo XIX y XX: el otro vínculo: los negocios

Tras la independencia, la relación cambió de naturaleza. El Reino Unido se convirtió en el principal socio comercial de Argentina, con inversiones decisivas en ferrocarriles, puertos y en la modernización del agro. Fue una relación de dependencia económica tanto como de intercambio, y ese doble carácter, socio y potencia dominante, quedó instalado como telón de fondo de todo lo que vino después.

1982: la guerra de Malvinas

El conflicto por la soberanía de las islas tiene su origen en 1833, cuando Reino Unido tomó el control del archipiélago y expulsó a las autoridades argentinas radicadas allí y encabezada por el gobernador Luis Vernet. Esa disputa territorial permaneció abierta durante 150 años, hasta que en abril de 1982 la dictadura militar de Leopoldo Galtieri, buscando recuperar popularidad interna, ordenó el desembarco de tropas en las Malvinas.

La respuesta británica, bajo el gobierno de Margaret Thatcher, fue el envío de una fuerza de unos 26.000 soldados. La guerra se extendió durante 74 días y terminó el 14 de junio de 1982 con la rendición argentina. Dejó 649 combatientes argentinos muertos y 255 británicos, además de la ruptura de relaciones diplomáticas entre ambos países, que recién se restablecieron en 1990.

El Informe Rattenbach, conocido en 1983 ya bajo el gobierno de Raúl Alfonsín, calificó la decisión de ir a la guerra como una aventura improvisada e irresponsable del alto mando militar. La herida, sin embargo, excedió cualquier informe: dejó a una generación de veteranos y una causa, la soberanía sobre las islas, que sigue vigente en la política exterior argentina.

1962: Chile, el primer encuentro por Mundiales

En el historial entre ambas selecciones hubo 14 enfrentamientos oficiales, tres triunfos argentinos, seis británicos y cinco empates. En la cita mundialista de 1962, el triunfo quedó para el lado inglés por 3 a 1.

1966: la expulsión de Rattín, el banderín y la alfombra real

La rivalidad deportiva es anterior a la guerra. En el Mundial de Inglaterra 1966, el cruce entre ambas selecciones quedó marcado por la expulsión del capitán argentino Antonio Rattín, en un partido cargado de tensión que el entonces entrenador inglés, Alf Ramsey, describió con una frase que se hizo célebre por su desdén hacia el estilo de juego sudamericano. Inglaterra, que acabaría campeón en ese torneo con un gol que debió haber sido invalidado en la final contra Alemania, le ganó 1 a 0 a la Argentina.

Ese antecedente sembró una desconfianza mutua que el fútbol arrastraría durante décadas.


Antonio Rattín, capitán del seleccionado argentino en 1966, falleció el sábado 11 de julio a los 89 años.


1986: México, la mano de Dios y el gol del siglo

Cuatro años después de la derrota en el Atlántico Sur, Argentina e Inglaterra se cruzaron en cuartos de final del Mundial de México, en el estadio Azteca. Ahí, Diego Maradona convirtió los dos goles más recordados de la historia de los mundiales: primero, el tanto con la mano que él mismo bautizó como “la mano de Dios”; después, una jugada individual desde la mitad de la cancha considerada el mejor gol de la historia de los Mundiales.

Maradona reconoció después que, antes de ese partido, el plantel tenía presente a los caídos en Malvinas: para muchos jugadores y para buena parte del país, ganarle a Inglaterra en la cancha operó como una forma de reparación simbólica frente a una derrota que no había sido deportiva. El entonces técnico Carlos Bilardo intentó bajarle tensión política al encuentro, con escaso éxito: la guerra estaba demasiado reciente.


1998 y 2002: Francia y Corea-Japón

La historia futbolística siguió sumando capítulos. En el Mundial de Francia 1998, los equipos empataron 2 a 2 en octavos de final y Argentina se impuso en la definición por penales. En Corea-Japón 2002, la revancha fue inglesa: 1 a 0 en fase de grupos, con gol de David Beckham de penal. El resultado histórico en Copas del Mundo quedó así 3 a 2, para Inglaterra.

Hoy: Milei, Messi y una versión más liviana

El contexto de 2026 es distinto al de 1986. Javier Milei llegó a la presidencia argentina reivindicando abiertamente su admiración por Margaret Thatcher, algo impensado en cualquier otro momento de la historia reciente del país, y no ha pagado un costo político relevante por esa postura. El propio Diego Maradona, símbolo de una épica futbolera atravesada por la política, encuentra su contracara en Lionel Messi, un futbolista de perfil públicamente más aséptico en materia política.

Aun así, la vibra nacionalista no desapareció. En la previa de esta semifinal se registraron peleas entre hinchadas en Estados Unidos, y la política volvió a asomar: el canciller argentino Pablo Quirno publicó un mensaje reivindicando la soberanía sobre Malvinas, que generó un cruce público con un analista británico en redes sociales, cada uno citando su propia lectura de la historia y el derecho internacional.

El entrenador Lionel Scaloni, por su parte, insistió ante la prensa en bajarle el tono al partido, repitiendo que se trata simplemente de “un partido de fútbol”. Esa fue también la línea de los jugadores consultados. La distancia entre ese discurso oficial y la temperatura social alrededor del cruce es, en sí misma, parte de la historia que se repite cada vez que estas dos selecciones se enfrentan.

“El deporte competitivo internacional asimila a una guerra sin disparos”: la idea, formulada por George Orwell en su ensayo El espíritu deportivo (1945), sigue siendo la mejor descripción de lo que ocurre cada vez que Argentina e Inglaterra juegan al fútbol.

El partido de 2026

Argentina llega como campeona defensora, con el objetivo de convertirse en la primera selección en revalidar el título desde Brasil en 1962. En este Mundial superó a Argelia, Austria y Jordania en la fase de grupos, eliminó a Cabo Verde en dieciseisavos, a Egipto en octavos y a Suiza, en tiempo suplementario, en cuartos de final. Su ofensiva se apoya en Lionel Messi, aunque el equipo mostró variantes: siete jugadores distintos convirtieron goles en el torneo.

Inglaterra, que no gana un Mundial desde 1966, viene de vencer a Croacia, empatar con Ghana y ganarle a Panamá en la fase de grupos, y de eliminar sucesivamente a República Democrática del Congo, México y Noruega. Harry Kane y Jude Bellingham son las principales figuras ofensivas del equipo dirigido por Thomas Tuchel.

El ganador de este cruce disputará la final del domingo 19 de julio, en el estadio MetLife de Nueva Jersey, ante el vencedor de la otra semifinal, España, que dejó en el camino a Francia por 2 a 0.

Más allá del resultado, el trasfondo de este partido vuelve a plantear la misma pregunta de siempre: qué parte de lo que se juega en la cancha es fútbol, y qué parte es la representación de una historia que, con la guerra, la política y la economía de por medio, nunca terminó de cerrarse del todo entre ambos países.


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