En la 23° edición del Consejo de las Américas, el Presidente defendió su plan económico, calificó de “hijos de puta” a los “prebendarios” y celebró el cierre de empresas como parte de la transformación del país. Los empresarios lo escucharon con frialdad, se preguntaron por su estado de salud y reclamaron acuerdos políticos que blinden el rumbo económico de cara a 2027.
Javier Milei cerró con su discurso la 23° edición del Consejo de las Américas, en el Alvear Palace Hotel, ante un auditorio integrado por líderes del sector privado, ministros nacionales y 5 mandatarios provinciales: Jorge Macri (CABA), Ignacio Torres (Chubut), Rolando Figueroa (Neuquén), Carlos Sadir (Jujuy) y Gustavo Sáenz (Salta).
Fue su segunda aparición pública de la semana luego de un retiro de diez días en Olivos sin agenda oficial, que había obligado al vocero presidencial a salir a desmentir versiones sobre su estado de salud.
“La foto es horrible, pero la película sigue siendo la mejor de la historia argentina”, dijo Javier Milei en un claro signo de un entusiasmo solitario.
Desde su llegada al hotel, el Presidente generó inquietud entre los presentes: no reconoció a Susan Segal, presidenta y CEO del Americas Society y anfitriona del encuentro desde hace 23 años, que quedó parada esperando un saludo mientras Milei se dirigió directo al escenario, ante un pasillo de prensa al que ni siquiera miró y con las cámaras de TV con la orden, de Casa Militar, de enfocar al piso ante el paso del mandatario.
En cambio, saludó primero a Natalio Grinman, titular de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios (CAC), y uno de sus principales defensores, en un momento en que un sector del establishment, con Paolo Rocca y Héctor Magnetto como referentes, evalúa la alternativa de Patricia Bullrich, además de los globos de ensayo al estilo de Jorge Brito y Daniel Hadad.
“Los prebendarios tienen que quebrar”: la embestida de Milei contra el empresariado
En su discurso, Milei reivindicó los resultados de su gestión: aseguró que la inflación cayó un 85% desde el inicio de su mandato, de 211% a 31,5%, y que la economía acumuló una expansión superior a los diez puntos porcentuales en sus primeros dos años.
Rechazó además la idea de un “crecimiento a dos velocidades” y explicó las diferencias sectoriales como parte de un proceso de reasignación de recursos, en el que “desaparecen empresas de un empleado” mientras “abren otras de diez”.

Pero el tramo más tenso llegó cuando cargó contra sectores industriales que, a su criterio, defienden posiciones de privilegio. Calificó a esos actores como “prebendarios hijos de puta” y sostuvo que, para que el país sea grande, “tienen que quebrar”.
También apuntó contra Paolo Rocca, el CEO de Techint, al que acusó de haberse beneficiado con la prohibición de exportar chatarra, y contra Javier Madanes Quintanilla, mientras celebraba que 921 trabajadores de Fate hayan perdido su empleo por la apertura del mercado de neumáticos: “Tengo a 47 millones beneficiándose y 921 perjudicándose”, dijo.
El Presidente también desestimó las críticas por la caída de los salarios del sector público y volvió a cuestionar el aborto legal, en una intervención que buena parte del auditorio calificó como errática y desbordada.
La respuesta fue fría: hubo pocos aplausos, la mayoría provenientes de las filas ocupadas por funcionarios, y muchos empresarios optaron por retirarse antes del final, dejando la sala semivacía.
“Si queremos ser grandes, tenemos que ponernos los pantalones largos y los prebendarios hijos de puta tienen que quebrar”
Javier Milei
El Círculo Rojo, cauto: pide gobernabilidad más que superávit
Puertas afuera del salón principal, el clima entre ceos, banqueros e inversores fue de cautela. Si bien Milei reivindicó la desaceleración inflacionaria y el superávit fiscal, entre los directivos primó la idea de que el orden macroeconómico ya no alcanza sin acuerdos políticos que garanticen continuidad después de las elecciones de 2027.
En los pasillos del Alvear, referentes del sector financiero advirtieron que la incertidumbre política, no la económica, es lo que hoy frena decisiones como el otorgamiento de créditos a mediano plazo.
El exembajador Diego Guelar, según cita la crónica de Lorena Hak en Letra P, cuestionó el optimismo oficial sobre el riesgo país y remarcó la necesidad de fortalecer alianzas políticas, incluso con gobiernos vecinos como el de Lula da Silva. También señaló los dos escenarios que, a su juicio, podrían complicar la reelección: una disparada del dólar o un estallido social en el conurbano, aunque otro empresario presente relativizó el primer riesgo por el respaldo financiero de Estados Unidos.



Entre los gobernadores presentes hubo matices: mientras Gustavo Sáenz (Salta) pidió previsibilidad institucional más allá de los cambios de gobierno, Rolando Figueroa (Neuquén) se alineó con el discurso oficial y puso el eje en sostener la baja de la inflación.
Del lado de los sectores más golpeados, Gustavo Weiss (Cámara Argentina de la Construcción), planteó que la preocupación por la “micro”, el día a día de las empresas y las familias endeudadas, sigue sin ser escuchada por el Gobierno. El empresario fue uno de los que no terminó de escuchar el discurso en el salón principal.
En cambio, Grinman, anfitrión simbólico del encuentro, ratificó su respaldo pese a reconocer el costo social: dijo que el cierre de empresas y la pérdida de empleos “vale la pena” si el objetivo es un país “normal y creíble”.
El ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, ausente por un cuadro gripal y reemplazado por el viceministro José Luis Daza, ratificó igualmente el rumbo oficial a través de sus redes sociales, en las que acusó a parte de la oposición y de la prensa de intentar “sembrar desconfianza” para frenar el proceso económico.
