Cuatro de espadas y corazones: Luis Faura y el mapa de una generación

Faura

El autor de “Cuatro de espadas y corazones” habla de la colimba, la escritura tardía, los Redonditos y la vida a los golpes de este tiempo. Luis Faura presenta su novela el sábado 22 en La Fragua Cultural.

Hay entrevistas que empiezan antes de que se prenda el grabador, y esta es una de ellas.

Tengo el libro en la mano, lo terminé de leer y lo primero que suelto en el comienzo de la charla con Luis Faura no tiene nada de protocolar: “Me encantó, esto es poco periodístico, pero como después es nota escrita, si estuviéramos al aire en la radio por ahí no empezaba así directamente, pero te cuento que me encantó, como si estuviéramos charlando sin grabar“.

Hay un motivo extra para esa cercanía: al igual que el autor también hice la colimba. Y ahí, en ese terreno compartido, arranca todo. Estuve en la Armada, clase 74, el último año que existió el servicio militar completo. Faura, en cambio, es clase 55. “Fue justo el cambio”, coincidimos.

El recorrido de Faura por esos meses tiene nombres propios y geografía precisa: Campo de Mayo, la Escuela de Comunicaciones, la planta transmisora en Puerta 8, la Sargento Cabral, un tiempo en el Comando, en el piso 10, y la vuelta final a Campo de Mayo.

El crisol de la colimba

De esa experiencia sale buena parte de la materia prima de “Cuatro de espadas y corazones”, publicada en Ediciones Diotima. Faura dice que “las historias que cuento ahí es una recopilación de cosas que he vivido en todos los destinos, y además conocido”. Cuenta que estuvo en Las Lajas, no de servicio, sino de campamento con amigos, y que ahí, charlando con colimbas que estaban destinados en la zona, terminó de armar el paisaje patagónico y andino que aparece en sus textos.

Pero lo que más le quedó de aquellos meses no fue el paisaje sino la gente. “Te ha tocado convivir con gente que en tu vida las hubieras conocido, ni te imaginabas que existían: gente de distintos orígenes, distintos niveles culturales, socioeconómicos, con ambiciones o sin ambiciones, perseguidos o no perseguidos. Era un crisol, un caldo que tenía de todo”, dice, y recuerda compañeros de las villas más profundas, “de familia de mucha guita”, todos “cagando de hambre” cuando tocaba el rancho.

Él, en cambio, venía de otro lado: familia de ingenieros. Su padre no llegó a recibirse, pero era casi ingeniero, y Faura terminó siéndolo también, ingeniero electrónico, antes de retirarse de la profesión para escribir, aunque sigue activo en otras cosas.

Luis Faura, una vocación escondida bajo la alfombra

La escritura le llegó, dice, más tarde de lo que debería haber llegado. “Me decidí a escribir algo que me sorprendió, porque evidentemente tenía un gen ahí metido”. “Pero no puede ser que vos hayas empezado a escribir así, recién en el 2020”, le dijeron hace poco. Pero Faura ya había empezado a rascar y a encontrar su propia historia.

La escena fundacional, recuerda, está en la oficina de su padre, en Suipacha y Corrientes, donde de chico lo sentaban frente a una máquina de escribir mientras los grandes trabajaban. “Clac, clac, clac, clac… tendría 9, 10 años, y escribía cosas. No sé qué mierda escribía, pero escribía”. Esa máquina, una Remington de 1910, todavía está en su casa. “Mi exmujer me decía: ‘¿Para qué tenés esto acá?’ Y le digo: ‘La verdad no sé, pero no me la puedo sacar de encima’”, relata.

Investigando en su propia memoria más que en otra cosa, apareció otro recuerdo: en la primaria siempre lo elegían para leer las redacciones en los actos por los días patrios. “Decían: ‘venga, Faura’, y lea ahí, en el acto, en el patio, con todos. A mí me daba muchísima vergüenza, pero siempre me elegían. Se ve que escribía razonablemente bien para la edad que tenía”.

Después vinieron cuarenta años de escritura técnica, artículos, informes, “cosas de economía, de ingeniería”, que lo mantuvieron lejos de la literatura. Pero antes de eso, en la infancia, había leído mucho: la colección Robin Hood, los libritos que venían con el diario, literatura griega y romana, ciencia ficción, las novelas de bolsillo de la biblioteca de sus abuelos, del oeste, de guerra, “que se leían en un par de días”.

Tenía todo eso negado. “Me preguntó una vez Enzo Maqueira, que fue profesor y coach mío: ‘¿Pero no puede ser que no hayas leído?’ Yo le decía: ‘No, la verdad que no leí un pomo’. Y rascando, rascando, evidentemente lo tenía escondido”.

Faura
Luis Faura con “El reloj”, otra de sus novelas.

El germen de la novela

“Cuatro de espadas y corazones” arranca con un reencuentro: cuatro excompañeros de la colimba, muchos años después, con historias que se bifurcaron. ¿De dónde salió la idea? “La idea era escribir sobre las dificultades de los hombres de mi generación respecto al amor. El amor no romántico”, explica Faura.

“Nosotros nos enfrentamos con el otro sexo, con el otro ‘seso’, que tenía una visión de las relaciones diferente. Todo era romanticismo, mandato, estereotipos, arquetipos. Y la verdad que la gente de mi generación era muy pragmática, no daba tantas vueltas, porque no había tantas vueltas paradas en la calesita. Pero había muchísimo quilombo”, explica Faura.

De ahí nacieron los cuatro personajes: uno criado entre mujeres, absorbiendo las frustraciones ajenas; otro criado suelto en la calle; el cordobés, castigado por un padre “jodido”; y un cuarto que se encuentra con el amor sin darse cuenta, que nunca sabe que estuvo enamorado y sigue por la vida así, sin saberlo.

Sobre el oficio de observar, Faura es tajante: “Hay que estar espabilado, atento, porque lo tenés alrededor, por todos lados. Nada más sentarse a escuchar en un café cómo hablan dos mujeres en la mesa de atrás, o en la plaza dos madres con los nenes en el tobogán, y ya tenés material para hacer un tratado”.

Ninguna de sus novelas es autobiográfica, aclara, pero “no puedo negar que todo pasa por mi filtro”.


Faura

“La idea era escribir sobre las dificultades de los hombres de mi generación respecto al amor”.


Los Redonditos, el Indio y Spinetta

El recital de Los Redondos que aparece como telón de fondo de la novela cobró, sin buscarlo, una dimensión extra este año con la muerte del Indio Solari. Faura no se define como ricotero, pero admite la fascinación: “El Indio Solari, el grupo, tenía dos cosas: la poesía del Indio y una base musical muy sólida. La poesía del Indio me hacía acordar mucho a Spinetta, a la época de ‘Artaud’, a esa poesía un poco abstracta”.

Empezó a escucharlos en los 90, en plena época de quilombos y represión policial en los recitales, “el 89 fue el año que más recitales dieron, como veinte en todo el país”, pero al principio la música quedaba tapada por el ruido mediático. “Nadie escuchaba nada. A lo sumo se colaba lo del “perro dinamita”, cosas así, más por lo simpático que por el valor que tenía la letra. Pero después, en los long plays, hay mucha poesía muy interesante”.


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Cuatro de espadas y corazones

Luis Diego Faura

Cuatro ex compañeros de la colimba se reúnen en Buenos Aires para ir a ver a los Redonditos. Debería ser una noche de reencuentro, vino y canciones compartidas. Pero bajo esa superficie vibran veinte años de favores, traiciones, negocios turbios, amores mal curados y deudas que nadie terminó de saldar.

Daniel, médico y teórico obsesivo del amor, todavía cree que existe una fórmula para no fracasar. Yamil, seductor, astuto y fisurado, hizo de la supervivencia una ética dudosa.

Javier carga con la intemperie, el cuerpo marcado y una lealtad antigua. Charly, el más opaco, vuelve desde un pasado de silencios con una historia que nadie conoce del todo. El recital es apenas la excusa: lo que de verdad los convoca es aquello que la amistad no pudo enterrar.

Cuatro de espadas y corazones arma un mapa feroz de la masculinidad, la amistad y el deseo. Con una prosa filosa, sensual e irónica, esta historia avanza como una confesión a varias voces, hasta mostrar que el pasado nunca vuelve intacto: vuelve cargado, pide ajuste y a veces exige perdón.

Intensa, inteligente y peligrosamente adictiva.


Poesía, cuento, novela: quedar desnudo

Faura también escribió un libro de poesía, inédito, en 2020, tras la muerte de su mujer. Y ahí formula una de las ideas más filosas de la charla: “La poesía es el único género que te desnuda tal como sos. En la novela podés esconderte detrás de algún personaje, de alguna piedra, de alguna pared. En el cuento es más fácil todavía esconderse, porque el cuento tira las piedras y señala que fue el de al lado. En la poesía quedás desnudo”.

Y agrega que atravesar ese capítulo cambia para siempre la forma de escribir: “Ya no tenés prejuicios en poner un párrafo que quede bien, como una pincelada, que te toque un poco más adentro que un mero relato circunstancial”.

La ingeniería debajo de la alfombra

¿Qué queda del ingeniero en el escritor? Faura separa tajantemente los dos mundos a la hora de crear: “Cuando tengo que ponerme en un proceso creativo, la escondo debajo de la alfombra, porque puede ser perjudicial”.

Pero la recupera después, para la disciplina del oficio: “Tenés que levantarte, escribir cinco horas, tantas páginas, corregir, cada seis meses sacar todo eso. Eso es ingeniería, es rutina, es método, es disciplina”.

La comparación con su profesión de origen es precisa: “El ingeniero no tiene margen de error, porque se cae el edificio. Ahora, cuando salís a campo traviesa, con un perro que lo sueltan al campo, que es un poco la literatura, ese cambio cuesta. Cuesta decir: bueno, acá cortemos con el ingeniero, empecemos a pensar distinto. Y funciona. Tengo amigos ingenieros que se han dedicado a la cocina y dicen lo mismo: ‘Gracias a la ingeniería es que tengo éxito en la cocina'”.

Encontrarle el tono a cada uno

Uno de los rasgos más comentados del libro es el peso del diálogo en la construcción de los personajes. Faura, entre risas, hace notar un dato que suele sorprender: “Doce mujeres. Alguien me dijo: ‘Pero esto es una novela de hombres’. Porque la verdad que ahí hay más mujeres que hombres”.

Sobre cómo encontró esas voces, vuelve a la colimba: “El diálogo está en la calle, en todos lados. Tengo memoria, escucho y reflejo. La colimba me permitió conocer gente de todo tipo, cómo hablan, cómo piensan. Yo tengo 71 años, hace 51 de esto, y no me olvidé: hay cosas que las recuerdo como si fuera hoy”.

Varios personajes están construidos con ingredientes de gente real con la que compartió aquel año y pico: misioneros, alemanes, chicos de José León Suárez, correntinos, salteños. “Gente muy diferente, hasta comiendo eran diferentes”.

Los libros que vienen

“Cuatro de espadas y corazones” es la segunda novela publicada de Faura, después de “El reloj”, aunque en realidad la primera que escribió fue una todavía inédita, escrita durante la pandemia: “Azares y acres”, una versión libre y onírica de la Divina Comedia.

Ya tiene otra terminada, “Sur Caribe”, dando vueltas por editoriales acá y afuera: ficción especulativa ambientada en un Buenos Aires de 2050 castigado por el calentamiento global, con una fuerte presencia de androides, “personas electrónicas”, como las llamará la ley, que Faura calcula, con estadísticas propias, que para entonces representarán cerca del 20% de la población porteña, sumado a una fuerte inmigración europea y africana.

“Lo más importante ahí son los cambios en las relaciones humanas”, dice, y cuenta que la idea surgió escuchando a hijas de amigos, chicas de 20 y 25 años, hablar de “el amor líquido”, la sobreoferta de opciones que termina en la frustración de no elegir nunca.

Y hay más en camino: una novela sobre una inmigrante croata que huyó de la guerra de los Balcanes y fue refugiada por la embajada francesa, atravesada por la memoria familiar y cultural; y “El caminante a Kadur”, dos novelas en una, sobre los problemas de la longevidad y cómo los años de sobrevida de los mayores le pesan a la psiquis de los más jóvenes, en paralelo con la lectura de una novela de 1950 sobre un paquistaní que busca sus orígenes en la India del Raj.

A eso se suman dos libros de cuentos ya publicados: “Ofidiodio”, más perturbador y “Las curvaturas del tiempo”, más cercano a lo romántico y lo turbulento. “Estoy haciendo el noveno libro”, resume.

“Como el culo”

La charla deriva, hacia el final, en la velocidad de estos tiempos: el consumo acelerado, las series vistas al doble, la vida resuelta en tres segundos. La pregunta es directa y la respuesta, más: ¿cómo te llevás con eso? “¿Cómo me llevo con eso? Como el culo”, dice Faura, sin vueltas.

Y desarrolla la imagen que lo resume todo: “Cada mañana en la sabana africana despierta una gacela y despierta un león, y ambos empiezan a correr. En los dos está la sobrevivir: uno para que no se lo morfen, el otro para no morirse de hambre. En los tiempos que vivimos, ir lento te pasan por encima. No hay solución a eso. Ahí tenemos que empezar a aceptar que lo que vivimos fue una gloria”.

Somos, dice, como partículas de un gas, siete mil millones de habitantes, y es imposible no colisionar. “No hay salida. Hay que ir para adelante: antes que te corra el león, no te morfe, hay que correr para adelante”.

La cita

La presentación de “Cuatro de espadas y corazones” será el sábado 22 de agosto, a las 18, en La Fragua Cultural (Rivadavia 4127, Ciudad de Buenos Aires).

Faura

Faura la piensa como un encuentro más que como un acto formal: “Charlemos un poco de los personajes, nos cagamos de risa. Tenemos material para criticar ahí, dentro de la novela, para entretener a la gente. Le vamos a dar de comer, de tomar, y que compren los libros. El que no quiere comprar, no le doy la comida”.

Sobre el valor del encuentro cara a cara, en tiempos de todo lo contrario, cierra con una frase que es a la vez broma y despedida:

“Abrigáte, porque van a hacer dos grados”.


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