River y la herencia de Jorge Brito

River

(Por Daniel Kiper) La derrota de River frente a Belgrano duele. Era una final. Y toda final perdida admite distintos niveles de análisis.


Podemos hablar de la alarmante previsibilidad del equipo. De un River de posesión estéril, que acumula pases hacia los costados pero carece de profundidad, agresividad y fuego sagrado. Podemos señalar errores individuales, discutir decisiones del entrenador de turno o incluso revisar fallos arbitrales.

Pero quedarse únicamente en el reproche táctico, en el error puntual de un defensor o en la responsabilidad inmediata del técnico sería incurrir en una miopía peligrosa.

El análisis verdadero debe raspar la superficie.

Lo que el socio y el hincha presenciaron en Córdoba no fue un hecho aislado. Fue la consecuencia de una crisis estructural gestada desde 2021 en los despachos dirigenciales. Es el costo de una herencia que transformó el manejo del fútbol profesional de River en una estructura burocrática, mercantil y cada vez más alejada de nuestra historia.

River dejó de pensar el fútbol desde el fútbol

La gestión de Jorge Brito consolidó un modelo en el que la conducción deportiva quedó desplazada por una burocracia ejecutiva. Se reemplazó el ojo clínico de la vieja escuela dirigencial —capaz de formar futbolistas, comprar jerarquía y defender una idea de equipo— por una lógica de marketing: pagar caro para generar expectativas y vender rápidamente a los mejores talentos como si esa operatoria constituyera, por sí misma, un éxito institucional.

Ese es el error de matriz.

El fútbol no es un banco. No se gana incidiendo artificialmente sobre el mercado ni comprando caro para hacer subir una cotización simbólica. En la cancha son once contra once. Allí no juegan los balances, los anuncios ni las presentaciones de mercado. Allí triunfan el talento, el temple, el juego colectivo, la personalidad y la conducción.

Y River, desde hace tiempo, carece de una política futbolística profunda.

Quienes toman las decisiones centrales en el armado del plantel parecen desconocer las leyes no escritas del juego. No alcanza con detectar “oportunidades de mercado”. Hay que saber cómo se construye un vestuario, cómo se complementan las características de los jugadores, qué puestos necesitan jerarquía real y qué tipo de personalidad exige vestir la camiseta de River.

El resultado está a la vista: un plantel costoso, desbalanceado, cargado de nombres, pero sin una estructura futbolística sólida.

Se gastaron millones.

River

El equipo no apareció. El juego bonito tampoco. Y los títulos importantes quedaron lejos.

La pérdida de mística es evidente

Históricamente, los grandes ciclos de River combinaron paladar negro con líderes de fuerte temperamento. Jugadores capaces de plantarse en cualquier cancha. Pero también dirigentes con autoridad para defender a River en AFA, en Conmebol y frente a cualquier poder externo. Dirigentes capaces de conducir incluso a los caudillos del plantel. No les temían: los conducían.

Eso también se perdió.

Al delegar la conducción del fútbol en gerentes, tecnócratas y estructuras impersonales, el club se fue despersonalizando. River no puede ser administrado como una corporación que prioriza palcos, recitales y agenda comercial por encima del espíritu deportivo.

Tener superávit financiero y un estadio moderno es valioso. Por supuesto que lo es. Pero las copas no se levantan con balances contables. El éxito económico no juega a la pelota.

El superávit del último ejercicio resulta elocuente: nació, en gran medida, de la venta de Mastantuono.

Ganaron dinero. Perdieron fútbol.

Cuando la prioridad se invierte, cuando el escritorio desplaza al potrero y la planilla reemplaza la sensibilidad futbolística, el equipo termina pagando las consecuencias en el césped.

Y esa factura hoy se le adjudica sucesivamente a Demichelis, a Gallardo, a Coudet o al entrenador circunstancial. Pero la responsabilidad principal es dirigencial. Pertenece a quienes diseñaron este modelo: la conducción política del club, la gerencia de fútbol, la secretaría de fútbol, la embajada futbolística y el recientemente designado director deportivo.

La caída ante Belgrano es apenas la fotografía de un paisaje mucho más complejo.

Mientras el fútbol profesional de River siga bajo el mando de una burocracia que no comprende el juego y analiza la pasión desde la comodidad de una oficina, los resultados seguirán siendo espasmódicos y las frustraciones, recurrentes.

Lo venimos advirtiendo desde hace tiempo.

River necesita una profunda autocrítica institucional. Necesita recuperar conducción futbolística real. Necesita devolverle el fútbol a quienes entienden el juego, sienten la historia del club y comprenden que River es, antes que nada, excelencia deportiva, identidad popular y carácter competitivo.

De lo contrario, seguiremos pagando en el verde césped las consecuencias de un modelo que confundió gestionar un club con administrar una sociedad anónima.

Y River no distribuye ganancias. Distribuye alegrías.

River es un club de fútbol. El más más grande.


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