Gilda y un amor popular del que nadie se arrepiente

Gilda

Hay muertes dan paso a un mito, como es el caso de Miriam Alejandra Bianchi. Desde aquel 7 de septiembre de 1996, cuando un trágico accidente terminó con la vida de Gilda se generó una leyenda popular que sigue creciendo, con velas, ofrendas y plegarias, en un país que la convirtió en santa sin iglesia.

Antes de ser Gilda, fue Miriam. Había nacido el 11 de octubre de 1961 en Villa Devoto, hija de Omar Bianchi, empleado público, y de Isabel Scioli, profesora de piano. La música estuvo cerca desde siempre, heredada quizás de esa madre pianista, pero la vida, como suele hacer con tantas mujeres de su generación, le propuso otro camino.

A los dieciséis años, la muerte de su padre la obligó a madurar de golpe. Empezó el profesorado de Educación Física y la carrera de maestra jardinera, se casó joven, tuvo dos hijos, Mariel y Fabricio, y armó una vida ordenada, silenciosa, ajena a cualquier escenario.

Pero el deseo es eso que, cuando te atraviesa, en algún momento sale. Trabajaba en un colegio católico, enseñaba a chicos de sala de tres, y por las noches guardaba para sí una fantasía que no le contaba casi a nadie: cantar.

La ocasión llegó de la manera más simple posible, casi trivial: un aviso en el diario buscaba una vocalista para una agrupación de música tropical. Miriam se presentó, cantó, y esa voz cálida y sin pretensiones convenció a los músicos antes que, a su propia familia, que resistió con fuerza la idea de que la esposa y madre se subiera a un escenario de bailanta.

Ganó esa batalla casera y se puso, para el público, un nombre prestado: Gilda, en homenaje a la femme fatale que Rita Hayworth había interpretado en el cine. La ironía es hermosa: Miriam no tenía nada de fatal. Tenía ternura, un fraseo dulce y una honestidad que desentonaba con la estética exuberante del género.

Fue justamente esa diferencia la que terminó conquistando a un público que no esperaba a una maestra jardinera cantándole al amor sin cinismo.

Seis años de Gilda, una carrera fulgurante

Entre 1991 y 1996 Gilda vivió la carrera entera que le tocaría en suerte: apenas seis años, pero suficientes para transformarla en una de las voces más importantes de la cumbia argentina.

Grabó discos que se convirtieron en clásicos instantáneos, entre ellos Corazón valiente, certificado oro, platino y doble platino, y en 1995 llegó Pasito a pasito, el álbum que contenía “No me arrepiento de este amor”, la canción que hoy nadie puede evitar cantar en una fiesta y que en su momento fue, también, una declaración personal: la afirmación de una mujer que había elegido su propio camino pese a la oposición de todos.

Gilda

En el camino se separó de su primer marido y encontró en Toti Giménez, líder de su banda, un compañero de vida y de escenario. Su madre, Isabel, había empezado a acompañarla de cerca en shows y giras. La fama crecía rápido y cruzaba fronteras, México, Chile, Paraguay, Bolivia, Perú, y la instalaba, sin que ella lo buscara del todo, como una de las caras nuevas y distintas del género tropical.

La ruta que se volvió tragedia

El 7 de septiembre de 1996, Gilda viajaba en micro hacia Concordia, Entre Ríos, donde esa noche tenía que dar un show. Alrededor de las siete de la tarde, a la altura del kilómetro 129 de la Ruta Nacional 12, en jurisdicción de Ceibas, un camión que intentaba adelantar a otro se cruzó de frente en su carril.

El chofer del micro giró el volante hacia la banquina para esquivarlo, pero un desnivel del terreno le hizo perder el control del vehículo. El impacto fue frontal y devastador.

En ese instante murieron Gilda, su madre Isabel, su hija mayor Mariel, tres integrantes de su banda y el chofer del ómnibus. Tenía apenas 34 años y su carrera atravesaba, sin saberlo ella, el punto más alto de toda su vida artística.

Su hijo Fabricio, que se había quedado en Buenos Aires al cuidado de su padre, se salvó de estar en ese micro por una casualidad que después el país entero leyó como un signo. Semanas antes de morir, Gilda había escrito en una de sus canciones “No es mi despedida”, como si presintiera algo. El original, encontrado en un cassette en el micro del accidente, nunca fue grabado en estudio, pero la difusión posterior es producto de una edición póstuma.

El comienzo de la devoción

Lo que ocurrió después excede cualquier libreto. El impacto mediático de su muerte fue tan grande que empezó a circular, casi de inmediato, la idea de que Gilda no era solo una artista querida sino una figura capaz de interceder por los demás.

Un fanático, el herrero Carlos Maza, dueño de un campo cercano al lugar del accidente, quiso simplemente marcar el sitio con un monolito para que no se olvidara. No imaginó que ese gesto sería la semilla de algo mucho más grande: el Santuario de los Milagros, dos hectáreas a la vera de la Ruta 12, entre el río Paranacito y el asfalto, adonde hoy llegan devotos de todo el país durante los 365 días del año.

Con el tiempo trasladaron hasta ese predio los restos del propio micro del accidente, convertido también en un pequeño templo cargado de fotos, flores de plástico, rosarios descoloridos, peluches, zapatitos de bebé y cartas escritas a mano.

La gente no solo va a llorarla: va a pedirle y a agradecerle. Se le atribuyen curas, operaciones que salen bien, milagros pequeños y grandes. Muchos la llaman, directamente, Gilda de los Milagros o la santa pagana, sin que eso implique ningún culto oficial, sino algo más antiguo y más argentino: la fe popular que nace por afuera de cualquier institución.

Su tumba en el cementerio de la Chacarita, en Buenos Aires, corrió la misma suerte: se transformó en otra parada de peregrinación para quienes creen en su intercesión.

Y cada 7 de septiembre, miles de personas, muchas de ellas nacidas después de 1996, que jamás la vieron cantar en vivo, llegan hasta el kilómetro 129 para tomar mate, cantar sus canciones y renovar una devoción que no ha hecho más que crecer con las décadas.


Miriam Alejandra Bianchi había nacido el 11 de octubre de 1961 en el barrio de Villa Devoto, de la ciudad de Buenos Aires.


Treinta años después, el amor de un pueblo

Pasaron 3 décadas de aquella tarde en la Ruta 12 y Gilda es mucho más que una cantante de cumbia recordada con cariño. Es una santa sin canonización, una película protagonizada por Natalia Oreiro, cuatro discos póstumos que se suman a los que grabó en vida, una voz que sigue sonando en cada fiesta de cumpleaños y en cada casamiento del país.

Es, sobre todo, la prueba de que la cultura popular argentina no necesita permiso de nadie para decidir a quién convierte en leyenda.

Miriam Alejandra Bianchi quiso ser cantante y lo fue, contra la resistencia de su época y hasta de su propia familia. Pero terminó siendo algo que ni ella misma pudo prever: un refugio de fe para miles de desconocidos que, frente a una foto pegada en un alambrado entrerriano, todavía hoy le piden un milagro.


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