La dirigente de UTE-Ctera, Antonella Bianco, analizó el aumento de situaciones de violencia en escuelas, el rol de los discursos públicos y el avance de respuestas punitivistas. Advirtió sobre la falta de recursos, la crisis social que atraviesa a las juventudes y la necesidad de reconstruir redes entre escuela, familias y comunidad.
La conversación arranca con una imagen que mezcla memoria y presente: la vieja sede de la Jefatura de Gobierno sobre Avenida de Mayo y el traslado del poder hacia Parque Patricios. Entre esas dos geografías, dice Antonella Bianco, dirigente de la Unión de Trabajadores de la Educación de la Ciudad de Buenos Aires (UTE-Ctera), también se desplazan las formas de conflicto. Las movilizaciones siguen, los reclamos también. Lo que cambió, o se profundizó, es el clima social que entra todos los días a las escuelas.
En el aire de Informe de Pájaros, por Radio con Aguante, se arma rápido el cuadro: amenazas escritas en paredes, pintadas en baños, miedo amplificado por los medios, propuestas de detectores de metales y policías en las puertas. Una escena que parece nueva, pero que, según Bianco, tiene raíces más largas.
“Esto no nace ahora”, advierte. La violencia, dice Antonella Bianco, “viene creciendo desde hace años, empujada por condiciones sociales cada vez más duras y por discursos que la legitiman”.
Lo que sí es nuevo es el foco. O, mejor dicho, el momento en que el foco se enciende. “Cuando desborda los márgenes”, explica. Cuando lo que antes parecía confinado a determinadas zonas o escuelas irrumpe en sectores de clase media, entonces aparece la alarma pública. Y con ella, una respuesta que la dirigente define como “profundamente punitivista”.
La preocupación no es sólo por las pintadas o las amenazas, sino por lo que esas respuestas habilitan: la criminalización de los estudiantes.
“Se rompieron lazos entre familias, escuela y territorio”.
Antonella Bianco.
La escuela, en el centro del debate
Bianco enlaza esa tendencia con discusiones recientes, como la baja de la edad de imputabilidad, y advierte sobre un clima que convierte a los jóvenes en sospechosos antes que en sujetos de derecho. “La escuela recibe todo lo que pasa alrededor, pero no tiene las herramientas”, resume.
Ahí aparece otro de los ejes de la charla: el desfinanciamiento. Años de recortes, sostiene, dejaron a las instituciones educativas sin recursos suficientes para abordar problemáticas complejas, desde la violencia hasta la salud mental. Y esa carencia convive con una exposición creciente de chicos y chicas a entornos digitales donde circulan discursos de odio, comunidades que estetizan la violencia y narrativas que buscan responsables fáciles.
El diagnóstico se vuelve más denso cuando se suma el contexto social. Bianco describe juventudes atravesadas por la precariedad, con familias obligadas a multiplicar trabajos y con adolescentes que pasan más tiempo solos. La escuela, en ese escenario, muchas veces es el único rostro del Estado. Pero un rostro debilitado.
La entrevista suma otra capa: el intento, según plantea, de desacreditar o criminalizar a quienes denuncian violencias, en particular en el campo de género. Para la dirigente, hay una línea que conecta ese movimiento con la estigmatización de las juventudes: ambos apuntan a sectores que históricamente organizaron resistencias. Feminismos y jóvenes, en la misma mira.
Lejos de quedarse en el diagnóstico, la escena se corre hacia lo que está pasando dentro de las escuelas. Y ahí aparece algo menos espectacular, pero más decisivo: reconstruir vínculos. “Se rompieron lazos entre familias, escuela y territorio”, dice Bianco. La respuesta, entonces, no pasa por reforzar el control sino por rehacer esas redes desde abajo.
Cuenta experiencias concretas: encuentros con estudiantes secundarios, articulaciones con organismos de derechos humanos, trabajo con cooperadoras y familias. Espacios para escuchar, para que los chicos hablen, para volver a poner en juego lo colectivo en un contexto atravesado por el aislamiento, una herencia que, según señala, dejó la pandemia.
En el aula, la apuesta también es concreta y cotidiana: generar instancias grupales, habilitar la palabra, discutir temas como el bullying, formar docentes que puedan ir más allá de los contenidos disciplinares. “Escuchar mucho”, insiste la dirigente de UTE. Como punto de partida mínimo.
La entrevista se cierra con una certeza que no es consuelo, pero sí horizonte: la escuela no puede sola. Puede, y debe, hacer mucho, pero necesita de políticas públicas que acompañen. Lo que está en juego, sugiere Bianco, no es sólo cómo se responde a un episodio de violencia, sino qué tipo de sociedad se construye a partir de esas respuestas.
Entre la tentación del castigo y la necesidad del cuidado, la escuela vuelve a quedar en el centro. No como problema, sino como territorio donde todavía es posible, si hay decisión política, reconstruir algo de lo común.
Informe de Pájaros
- Martes | 20 a 22 en Radio con Aguante
- Con Pablo Mercau, Solana López, Jorge Kreyness y Luana Haiht.
- #ElVueloContinúa

