El miedo se vuelve política en la escuela y los pibes quedan en la trampa

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La abogada y criminóloga Claudia Cesaroni analizó los recientes episodios de violencia vinculados a escuelas y advirtió sobre los riesgos de la criminalización juvenil. Señaló el acceso a armas, los discursos políticos violentos, el factor miedo y la falta de políticas de acompañamiento como factores clave, y propuso fortalecer los espacios de convivencia antes que profundizar respuestas punitivas.

La escena no ocurre en un aula, sino en una mesa de discusión. Afuera, el ruido es otro: allanamientos a adolescentes, protocolos que hablan de mochilas revisadas, discursos oficiales que escalan en violencia.

Adentro, en cambio, la voz de Claudia Cesaroni intenta ordenar el caos sin ceder a la simplificación. “Evitar la criminalización”, dice, casi como una consigna urgente. Y enseguida suma otra palabra incómoda: “también la psiquiatrización”.

La entrevista en Informe de Pájaros, por Radio con Aguante, se mueve entre dos planos que se superponen constantemente: lo que pasa en las escuelas y lo que baja desde arriba. Para Cesaroni, no son mundos separados.

Lo que circula en las aulas, insultos, amenazas, climas de tensión, tiene un eco evidente en el lenguaje político y mediático. No es casualidad, sugiere, que en un contexto donde se habla de “exterminar” al adversario, los vínculos entre adolescentes también se carguen de violencia.

La abogada viene de participar en una reunión convocada por la Unión de Trabajadores de la Educación de la Ciudad de Buenos Aires (UTE-Ctera). Allí, entre docentes, estudiantes y profesionales, la preocupación era concreta: cómo leer una serie de episodios recientes sin caer en respuestas automáticas.

Porque si algo le incomoda es la rapidez con la que el sistema, Estado, medios, opinión pública, traduce el problema en clave penal. “Se les recuerda a los pibes que ya son punibles”, advierte. Como si el mensaje central fuera disciplinar antes que comprender.

“Si tenés que revisarle la mochila a tu hijo, hay algo anterior que no funcionó”.

Claudia Cesaroni.

El miedo como herramienta

Pero el diagnóstico no se queda en el discurso. Hay un punto material que aparece como condición de posibilidad: las armas. “Si no tienen acceso, no hay amenaza de tiroteo”, dice sin rodeos.

El problema, entonces, no es solo emocional o vincular, sino también concreto, tangible, doméstico. Armas en casas, naturalizadas, disponibles. La escena se completa con otra imagen que la inquieta: operativos policiales desmedidos, casi espectaculares, contra adolescentes. “Como si fueran a buscar un narco”, grafica Cesaroni.

En esa combinación, armas accesibles, respuestas estatales punitivas y discursos violentos, se arma un triángulo que, lejos de resolver, profundiza el problema. Y ahí aparece uno de los núcleos más filosos de su intervención: la crítica a la hipocresía adulta.

Porque mientras se condena a los jóvenes por sus formas, se tolera, o incluso se promueve, una violencia mucho más estructural en la esfera pública. Insultos, estigmatización, xenofobia, deshumanización. Todo eso circula, se reproduce, se legitima.

Los adolescentes, en ese escenario, no son ajenos. “Escuchan, ven, reproducen”, señala. No hace falta que miren televisión: los discursos están en todas partes, especialmente en las redes. Y ahí aparece otra capa del problema, más difícil de regular: consumos digitales extremos, escenas de violencia que circulan como contenido habitual.

No todos los que consumen ese material actuarán en consecuencia, aclara, pero el ecosistema está dado.

Frente a ese panorama, la tentación de generalizar es fuerte. Y para Cesaroni, peligrosa. Lo dice con claridad: no se puede tomar uno o dos casos graves y convertirlos en regla. Ya ocurrió, recuerda, con la baja de la edad de punibilidad.

El riesgo es repetir el mecanismo: construir un enemigo abstracto (“los pibes”), y habilitar una política de persecución.

Los desafíos en la escuela

Por eso insiste en otro camino, más lento, menos espectacular: reconstruir comunidad. Habla de los consejos de convivencia en las escuelas, de espacios donde participen docentes, estudiantes y familias. De tiempo institucional para trabajar los conflictos antes de que escalen. De equipos de acompañamiento que hoy están debilitados. Y, sobre todo, de adultos presentes.

Porque si hay algo que quedó claro en esa reunión con estudiantes es que no piden mano dura: piden contención. “¿Quién nos contiene a nosotros?”, fue la pregunta que resonó. La respuesta no está en detectores de metales ni en requisas, medidas que para Cesaroni rozan lo absurdo si no fuera por su gravedad.

“Si tenés que revisarle la mochila a tu hijo, hay algo anterior que no funcionó”, resume.

En ese punto, introduce una idea que desarma la lógica punitiva: reemplazar la sanción por la reparación. Que los conflictos no se cierren con castigo, sino con comprensión del daño. Que la escuela vuelva a ser un espacio donde se aprende también a convivir.

Pero incluso esa apuesta choca con un límite mayor. “Es muy difícil pedirles a los pibes respeto cuando ven lo contrario en quienes gobiernan”, dice. La frase queda flotando como una conclusión incómoda. Porque desplaza la discusión: ya no se trata solo de qué hacer con los adolescentes, sino de qué sociedad adulta los está formando.

La entrevista termina sin soluciones mágicas. Pero con una advertencia clara: si el miedo se traduce en más castigo, el problema no solo no se resuelve, sino que se agrava. Y en ese camino, los pibes dejan de ser sujetos a cuidar para convertirse en objetos a controlar.


Informe de Pájaros

  • Martes |  20 a 22 en Radio con Aguante
  • Con Pablo Mercau, Solana López, Jorge Kreyness y Luana Haiht.
  • #ElVueloContinúa

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