Roberto Kozulj: “Escribir es el modo más rico de expresar lo que ni la ciencia ni la filosofía pueden decir”

Kozulj

El escritor y economista Roberto Kozulj acaba de publicar casi en simultáneo dos libros muy distintos en forma, pero profundamente conectados: la novela El testigo y “Una noósfera envenenada, un ensayo sobre la crisis de pensamiento en nuestros días”. Cómo conviven ambas obras, la dictadura, el exilio, la inteligencia artificial, el tiempo y el miedo al fin del mundo.

Roberto Kozulj es Licenciado en Economía por la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA). Es experto en hidrocarburos, transición energética, desarrollo económico, aspectos demográficos y geopolíticos. Fue coordinador de proyectos de balances y planes energéticos, además de consultor contratado por organismos internacionales.

En su trayectoria académica también fue vice rector de la Universidad Nacional de Río Negro en el período 2013-2019, profesor titular regular y asesor del Rectorado de esa institución y adscripto a la Fundación Bariloche.

Desde Bariloche dialogó con Puro Contenido sobre sus últimos dos libros, que fueron trabajados a la par y acaban de ser publicados.

De la economía a la literatura: una vocación descubierta tarde

Dos libros publicados casi en simultáneo, uno de ficción y otro ensayístico, con la memoria, el sentido de la vida y la conciencia como hilos en común.

La primera pregunta era obvia, casi un lugar común: ¿cómo se combinan los dos libros?

Creo que desde los 30 años descubrí mi vocación: ser escritor. Pero lo descubrí medio tarde, ya con la vida bastante metida encima por la crianza de mis hijos. Estos temas, la evolución humana, cómo emergió la conciencia, qué dicen las teorías de la evolución, me apasionaban incluso antes. Son preguntas teóricas, filosóficas, a las cuales dediqué un tiempo importante de mi vida.

Roberto Kozulj cuenta que a medida que profundizaba en el estudio de la economía “me di cuenta de que no la podés explicar si no tenés un marco muy amplio. Esto lo decían economistas que yo respeto mucho, de otra época, cuando los economistas eran más cercanos a una integralidad del individuo y la sociedad”.

“Me formé en esos años en donde eso era una pregunta continua. Y descubrí mucha de esa literatura cuando llegué a la Fundación Bariloche, donde la biblioteca era vastísima, sobre todo el grupo que provenía de Carlos Mallman, de Varsavsky y de Oscar Nudler, que se ocupaban de economía, filosofía, sociología, política”, recuerda.

Kozulj relata que antes había trabajado en “un grupo de modelos matemáticos en la CEPAL, donde hacíamos proyecciones de largo plazo para desafiar un estilo de desarrollo que nos parecía que conducía a un mundo crecientemente injusto”.

“Era a mediados de los 70, cuando era muy joven. Luego, ya harto de tratar de escribir sobre cuestiones teóricas desde lo académico, me di el lujo de incursionar en la literatura. Tratar de expresar aquello que ni la ciencia ni la filosofía ni ningún enfoque académico puede hacer”, reflexiona.

Y agrega que “la vida tiene mucha poesía, tiene mucho misterio, y esto era un desafío personal que me debía luego de casi 40 años de reflexión”.

La palabra poesía en boca de un economista es una rara avis, pero permite mantener la esperanza en tiempos de desánimo.

El testigo: dar testimonio en tiempos de negacionismo

Antes de El testigo, Kozulj ya había publicado La extraña vida de Zlatan Gregorich, una novela que introduce un personaje, Mr. Joe, que es algo así como Peter Thiel, Elon Musk y Bill Gates juntos con Epstein.

Pero El testigo es su obra literaria más personal. Un libro que arranca en Buenos Aires, pasa por Caracas, Roma, Berlín y Viena, y que usa la segunda persona del singular para convertir al lector en protagonista de una historia marcada por el exilio, la desaparición y la muerte.


Roberto Kozulj
El Testigo
Ediciones Diotima (Argentina)


Es una cuestión bastante personal, no desde lo ideológico estrictamente, sino desde el testimonio. Soy testigo de varios acontecimientos y vivencias que me dieron un material muy rico. El libro transcurre por distintos momentos que se derivan como un efecto directo, no me gusta decir colateral, sobre la vida de una persona, de una manera sumamente injusta”, cuenta sobre la novela.

Se me ocurrió que en esta era del negacionismo, donde mucha gente cree que todo eso es un relato, que es un curro de las Abuelas de Plaza de Mayo, como suele decir el oficialismo, era importante dar este testimonio que guardé durante muchos años como algo muy personal”, afirma.

En El testigo se introduce correspondencia “de lo que sufre una persona que además muere injustamente, sin poder discernir las causas, si fue un asesinato o un accidente. Pero más allá de eso, lo interesante es marcar el clima de época. Para mí es un documento histórico: es una persona agobiada por la desaparición de su hermano, que vive en el exilio, que tiene que adaptarse en su juventud y embarazada”.

Kozulj dice que su pretensión “es tocar al lector, interpelarlo emocionalmente con imágenes bastante crudas. Inclusive la situación de la madre, que tiene que elegir entre quedarse a tener noticias de su hijo desaparecido o venir a asistir a su hija que iba a ser madre por segunda vez. Esa tensión me pareció muy interesante porque también marca cómo la maternidad era vista en esa época, con una amplitud que supera todos los discursos esquemáticos”.

La noósfera envenenada: el problema no es el sistema, es la concepción del ser humano

El ensayo parte de un concepto acuñado por el científico ruso Vernadski a principios del siglo XX y retomado por el jesuita Teilhard de Chardin: la noósfera, la capa de conocimientos, ideas y conciencia que envuelve al planeta. Kozulj sostiene que esa capa está envenenada. Y la conversación se abre naturalmente hacia el presente: el negacionismo, la vigilancia digital, Peter Thiel, Elon Musk, Harari.


Kozulj

Roberto Kozulj
Una noosfera envenenada
Prometeo Libros (Argentina)


“El libro plantea que la denuncia no basta. Cuando uno se enfrenta a problemas sistémicos, el revolucionario típico dice ‘hay que cambiar el sistema’. Pero lo que yo hallo como pensador es que hay un problema bastante serio con respecto a la concepción del ser humano”, analiza.

“Si uno considera al ser humano únicamente como un producto de la evolución animal, todo está permitido, todo vale. Y hacia ese mundo nos quiere llevar esa tendencia”.

El escritor afirma: “fijate que para hacer cualquier trámite hoy, hasta un jubilado tiene que acceder a las aplicaciones, dejar su dato biométrico o estar en la red de alguna manera. Estás obligado. Y a través del software te van obligando a instalar cosas porque si no, no funcionás, quedás afuera. No podés resolver cuestiones cotidianas”.

Y sostiene en esa línea que “por lo tanto, es una de las peores coerciones tecnológicas que aparecen como producto de la tecnología, pero en realidad son de diseño”.

“Harari (NdR: Yuval Noaḥ Harari), creo que es un gran divulgador de la narrativa de lo que somos, y el libro es bastante crítico con él porque logra una narrativa muy compradora. Me deleito leyéndolo porque es muy buen escritor. Pero cuando conocés la debilidad del sustrato ideológico que hay detrás y la venta de la e-democracia”, describe Kozulj, en referencia al ensayista israelí.

“Él propone que los valores humanos, qué está bien y qué está mal, terminen siendo dirimidos a través de likes. La democracia como una manito para arriba o para abajo. Y el promedio de esos votos me va a decir qué es lo bueno y lo malo”, señala.

Kozulj dice que toda esa gente, Thiel, Musk, Trump, “quieren que se acabe el Estado. Es un entramado oscuro donde lo que se trata es de transgredirlo todo y mostrar que ellos están fuera de toda regla. Y los algoritmos están diseñados por personas de carne y hueso. Esto es muy parecido a lo que pasaba en la época de los desaparecidos: parecía que era un fenómeno del Estado, que no había gente concreta haciendo esas cosas atrás”.

Kozulj, el puente entre los dos libros: cambiar el corazón humano

En un punto de la charla, los dos libros se tocan de manera explícita. En El testigo, el protagonista, anciano, corrige los trabajos de un joven estudiante de periodismo que reflexiona sobre inteligencia artificial y el futuro de la humanidad. Eso no es casualidad.


Kozulj

“Creo que hay una aceleración de los tiempos que se da por un fenómeno de complejización”.

Roberto Kozulj


La gran pregunta, dice Kozulj, es: “si no cambiamos el corazón humano, que está bastante frío y bastante confuso, ¿cómo hacemos para que estos cambios ocurran? Y de ahí viene que, en El testigo, dicho más poéticamente, el Testigo omnipresente, que sería la mente de uno, pero también unida a una mente universal, relata lo que le sucede a cualquiera de los personajes. Porque de alguna manera yo no creo que la buena o la mala acción no queden impregnadas. Hasta en los actores de cine: uno tiene cara de malo o de bueno. Las películas no podrían funcionar si no fuera así”.

En ese punto explica que el libro va degradando desde grandes sistemas de ideas, Marx, Freud, la Escuela de Frankfurt, hasta un empobrecimiento progresivo del pensamiento. “Para mí, autores como Foucault terminan siendo denunciantes de que la verdad se implanta a través del poder, pero no resuelven el problema más que a través de la lucha por el poder. Y si no cambiamos el corazón, ¿cómo hacemos?”, piensa y comparte.

Porque en la palabra compartida de Kozulj no hay distancia y se advierte ese rol de la docencia.

El tiempo, Proust y la saturación del presente

La pregunta sobre el tiempo apareció casi como tangente, pero Kozulj la tomó con la misma profundidad que todo lo anterior. Hay una escena en El testigo donde el protagonista contempla su jardín y no puede ordenar los hechos de su vida en una secuencia lineal. El tiempo, en este libro, no funciona como calendario.

Yo creo que hay una aceleración de los tiempos que se da por un fenómeno de complejización. La cantidad de artefactos tecnológicos que existían en los 70 comparada con los de hoy, la cantidad de información que circula, genera una saturación de los acontecimientos que hace que el tiempo pase muy rápido. No porque el día haya dejado de durar 24 horas”, sostiene.

Agrega que el tema del tiempo le fascina “porque una de las primeras obras grandes que leí y que me conmovió fue de Marcel Proust, “En busca del tiempo perdido”. Para él, el tiempo era una cuestión filosófica atada a otras visiones. Está incluido tanto en el ensayo como en la novela porque la percepción del tiempo es el problema central. Y si uno se imagina simplemente los años de la infancia comparados con la vida de hoy, se da cuenta de que los tiempos se aceleraron desde el punto de vista de la percepción subjetiva. Eso es inevitable”.

Una definición interesante viene de la mano de un dato, algo esperable en un economista: “dado que somos 8000 millones de personas en este mundo, las interacciones son continuas. Una cosa que ocurre en Irán nos pega a nosotros, una cosa que ocurre en Brasil nos pega a nosotros. Todo eso genera una dinamización que uno puede mostrar rápidamente con modelos matemáticos. Los modelos que manejaba en los 70 tenían 4000 variables y parecía muchísimo. Hoy lo que maneja un modelo matemático típico para escenarios políticos o energéticos es una infinidad”.

La inteligencia artificial no puede leer todo: el riesgo del conocimiento cosificado

La IA genera una sensación de que el conocimiento está cosificado, de que todo lo puedo conocer y puedo confiar. Lo cual es falso. Cuando uno hace preguntas se da cuenta de que inventa a lo tonto y cita referencias bibliográficas inexistentes. Esto es importante que los chicos que estudian lo tengan en cuenta. Yo he sido docente por muchos años y mi tarea siempre fue abrir la mente, no propagar ideologías”, reflexiona ante la prevalencia cada vez más notoria de la Inteligencia Artificial (IA).

Uno de los grandes mensajes del libro es: no teman a que la IA los supere, porque no van a poder. Y si lo hacen, va a ser un desastre. A veces en la historia humana los desastres ocurren”.

Sobre el cierre, apela a un ejemplo de estricta actualidad: “hace unas semanas, cuando Donald Trump dijo que iba a hacer desaparecer una civilización del mundo, me evocó el terror atómico. La crisis de los misiles en Cuba. Ese temor a la destrucción era tremendo y seguramente impregnó también mi cerebro”.

¿Optimista o pesimista?

Al cierre, y casi como un ping-pong, la pregunta más simple y más difícil: ¿qué sos, optimista o pesimista?

Creo que la humanidad puede ser malvada convirtiéndose en una criatura colectiva monstruosa. No obstante, si eso fuera su única faceta, ya nos hubiéramos autoextinguido hace mucho tiempo. Una poderosa fuerza también se ha abierto paso en dirección opuesta. El ansia del ser humano de recrear la creación y su endiosamiento está atravesado por atavismos biológico-culturales. Pero la búsqueda de la verdad es una incesante e inherente tendencia humana. Todo lo que nos esforzamos por ocultar emergirá en algún tiempo, en alguna parte”.


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