El Gobierno dispuso la mudanza del histórico sable corvo del General José de San Martín desde el Museo Histórico Nacional (MHN), al Regimiento de Granaderos a Caballo. Lo hizo a través del Decreto 81/2026 justo el día en que se conmemoran 213 años de la Batalla de San Lorenzo.
Esta decisión, firmada por el presidente Javier Milei y el ministro de Defensa, Carlos Alberto Presti, generó un intenso debate entre historiadores y la opinión pública, reabriendo discusiones sobre la custodia, el simbolismo y la interpretación del patrimonio nacional.
La justificación principal esgrimida por el Poder Ejecutivo en el Decreto para este traslado es la necesidad de “asegurar su adecuada guarda, conservación y custodia permanente” del sable. El decreto hace referencia explícita a dos incidentes ocurridos en 1963 y 1965, cuando la pieza fue objeto de robos mientras se encontraba en el Museo Histórico Nacional (MHN).
Se argumenta que, dada su condición de “símbolo más representativo de la soberanía nacional y de la consolidación de la independencia”, es imperativo fortalecer su protección.
Desde esta perspectiva, figuras como Claudio Morales Gorleri, expresidente del Instituto Nacional Sanmartiniano, han expresado su apoyo a la medida. Morales Gorleri sostiene que el sable “debe estar con ‘mis muchachos'”, refiriéndose a los granaderos, y destaca que en el cuartel la custodia estará a cargo de un regimiento completo, en contraste con los dos granaderos que lo resguardan en el museo.
Además, menciona la reciente inauguración de un museo moderno y espacioso en la sede militar, que recibe numerosas visitas.
El sable corvo: un objeto con historia de traslados
La historia del sable corvo no es ajena a los movimientos y controversias. Originalmente, el sable fue donado a la Nación Argentina en 1897 por Manuelita Rosas y su familia, con la condición de que fuera depositado en el Museo Histórico Nacional, una institución pública, civil y abierta a la ciudadanía.
Sin embargo, el Regimiento de Granaderos a Caballo, tal como lo conocemos hoy, fue recreado por el presidente Julio Argentino Roca en 1903, es decir, después de la donación original.
El sable ya había sido trasladado en el pasado. En 1967, tras los robos, el dictador Juan Carlos Onganía ordenó su traslado al Regimiento de Granaderos. No obstante, en 2015, un decreto presidencial emitido por Cristina Fernández de Kirchner lo restituyó a su lugar original en el MHN, buscando reafirmar su carácter civil y accesible a toda la sociedad.

Voces críticas: politización y despatrimonialización
La decisión actual ha sido fuertemente cuestionada por diversos sectores, especialmente por historiadores y la Asociación Argentina de Investigadores en Historia (AAIH). Estos críticos argumentan que el traslado contraviene el decreto presidencial de 1897 que estableció el MHN como su destino, y que representa un “grave antecedente en materia de protección de patrimonio histórico”.
El historiador Gabriel Di Meglio, exdirector del MHN, calificó la medida de “espantosa” y un “desprecio muy grande por el MHN”. Subrayó que el museo es el lugar adecuado para la conservación y exhibición de la pieza, garantizando el acceso público y su interpretación en un contexto histórico amplio, no militar. Para Di Meglio, quitarle al museo su pieza más importante para privilegiar al Ejército es una “herida fuerte”.
Beatriz Bragoni, otra destacada historiadora, interpreta la decisión como una “batalla cultural” que “politiza la reliquia” y la “despega del MHN”, adscribiéndola a un actor particular como el Ejército. Esto, según Bragoni, despoja al sable de sus “sentidos e interpelaciones ciudadanas plurales” y reactualiza un “nacionalismo militar”.
José Emilio Burucúa, por su parte, la considera una medida “irreflexiva”.
El traslado del sable corvo de San Martín, programado para el 7 de febrero en San Lorenzo, Santa Fe, pone de manifiesto la tensión entre la seguridad de un objeto de valor incalculable y su significado como patrimonio cultural.
Mientras el Gobierno y sus partidarios enfatizan la “protección y el simbolismo militar”, los historiadores y críticos alertan sobre la despatrimonialización y la politización de un emblema que, para muchos, debe permanecer en un ámbito civil y accesible a todos los ciudadanos, como testimonio de una historia compartida y no de una visión particular.
